El día en que Pinter estrenó en Tucumán

Por Juan Carlos Di Lullo, para LA GACETA -TUCUMAN. Junio de 1974: en nuestra ciudad se realizó la première mundial de un monólogo que el hoy Premio Nobel de Literatura había entregado, en forma exclusiva, al actor y director Jorge Petraglia.

23 Octubre 2005
Era otro Tucumán. El otoño de 1974 se presentaba particularmente frío y destemplado en los primeros días de mayo, cuando Jorge Petraglia intensificaba los ensayos de su puesta en escena de "La alondra", de Jean Anouilh, con el elenco del Teatro Estable de la Provincia. Era otro Tucumán, en el que por las noches, la zona de la avenida Sarmiento cercana al teatro San Martín tenía una vida nocturna tan intensa que sorprendía a quienes llegaban a nuestra ciudad. En la esquina de Sarmiento y Maipú, las mesas de Amín, de La Ruletita o de San Remo Notte se poblaban de noctámbulos que gastaban las horas en todo tipo de charlas y discusiones hasta que, a veces, el amanecer ponía punto final a la tertulia. O le buscaba otro destino: por ejemplo, en el céntrico bar El Buen Gusto, ya con carácter oficial de desayuno. Era otro Tucumán, en el que a veces, la charla nocturna era interrumpida por el zumbido de los motores de los helicópteros del Ejército, que buscaban campamentos de guerrilleros en las laderas de los cerros. Era otro Tucumán.

Petraglia estaba verdaderamente entusiasmado con el grupo humano que había encontrado en el elenco oficial. Los ensayos se prolongaban en las mesas de café, y el debate excedía al autor y a la pieza que se estaba trabajando. El tema era el teatro, y allí y entonces, muchas veces el teatro era Pinter. Eramos un grupo de jóvenes actores, deslumbrados por el genio del dramaturgo británico, cuyos memorables guiones para películas como "El sirviente", "Extraño accidente" o "El mensajero del amor" habíamos visto con la unción propia de incondicionales admiradores. En nuestro entrenamiento actoral, habíamos tenido contacto directo con textos de Pinter como "El amante" o "El montaplatos", que nos habían permitido disfrutar del placer de asomarnos a los cambios fundamentales en la estructura dramática que caracterizan al teatro del escritor londinense. Y ahora lo podíamos charlar con Petraglia, quien apenas dos años antes nos había golpeado con la versión de "El cuidador" que presentó en la sala de la Biblioteca Alberdi. Jorge era un verdadero hombre de teatro, pero adornado por una modestia infrecuente entre los actores. Nos escuchaba hablar y teorizar largamente sobre el teatro de Pinter, y hasta intervenía con valiosos aportes, pero nunca nos dijo abiertamente que su conocimiento sobre la obra del dramaturgo británico tenía una fuente insuperable: su amistad personal con el hoy Premio Nobel de Literatura. Por eso nos sorprendió cuando anunció su intención de presentar un espectáculo inmediatamente después del estreno de "La Alondra". Sería un unipersonal integrado por "Krapp, o la última cinta", de Samuel Beckett, y un "Monólogo", de Harold Pinter. Y la sorpresa se convirtió en emoción profunda cuando nos confió que el soliloquio sería un estreno mundial, ya que el autor británico lo había hecho único depositario del manuscrito.

Pasados los avatares de nuestro estreno con el teatro Estable, dedicamos todas nuestras energías a colaborar con Petraglia para el armado de su espectáculo. No quiso anticiparnos el texto porque, actor al fin, esperaba que recibiéramos el impacto de apreciarlo a través de su interpretación, "con las luces y en el escenario". Las necesidades escénicas para el monólogo eran mínimas: dos sillas (de plástico naranja con patas metálicas negras), un spot de luz sobre cada una y una tenue iluminación general sobre el resto de la escena.

Faltaba algo. Un par de días antes del estreno, Jorge pasó por mi casa; cuando volví al living con los dos cafés que había ido a preparar, lo encontré parado frente al tocadiscos -los centros musicales eran todavía ajenos a ese tiempo, o al menos a mi presupuesto- y levantando una mano para pedirme silencio. Estaba escuchando "See you in September", una balada con una melodía nostálgica y dulzona, que vaya uno a saber cómo había ido a parar entre mis discos (de vinilo, claro). Muy conmovido, Petraglia fue desvaneciendo el volumen del aparato y me dijo que por fin había encontrado el efecto de sonido para el final del monólogo. Los cafés quedaron enfriándose sobre la mesa mientras yo manoteaba rápidamente un abrigo para salir detrás de Jorge, que ya había enfundado el disco y se lo llevaba debajo del brazo. Ahora sí está todo listo, repetía.

El estreno se produjo el 6 de junio, un jueves; era la única oportunidad de ver el espectáculo que teníamos los integrantes del elenco de "La Alondra", porque las demás presentaciones de Petraglia coincidirían con nuestras funciones del viernes, sábado y domingo. La noche fría sobre Tucumán no intimidó a los espectadores que fueron llenando la pequeña sala en las instalaciones de un banco, en la calle Crisóstomo Alvarez al 500. El "Monólogo" abría el unipersonal, y la pieza de Beckett lo completaba después de un entreacto que permitía la caracterización de Petraglia para encarnar a Krapp. Un haz de luz descubrió una silla vacía. Inmediatamente, otro reflector iluminó al actor, sentado en la otra silla.
Después de una larga pausa, que comenzó a cargar dramáticamente el ambiente, la voz levemente nasal de Petraglia dejó caer las primeras palabras del texto de Pinter: "Creo que voy a dar una vuelta por el salón de juegos..."

Si el tiempo puede medirse con relojes, el soliloquio dura menos de diez minutos. Pero el arte se ríe de los patrones rígidos, ignora las mediciones estrictas de las que se sirven las ciencias e impone sus propias reglas de juego. La confesión, el reproche, la exposición calmada de hechos cotidianos que abren un universo con límites tan vastos como los de la naturaleza humana fluyeron en los tonos íntimos vertidos en la escena por Petraglia, hasta la gran pausa en la que surge la melodía, en una dimensión nueva y única, conferida por las resonancias del texto de Pinter. Las luces fueron desvaneciéndose sobre los últimos parlamentos, hasta que la frase final quedó dicha casi sobre la oscuridad y la presencia exclusiva de la música. Tal vez un par de segundos de silencio absoluto dieron la medida de la emoción que el actor había volcado sobre el público a través de un texto nada convencional. Y entonces, los aplausos. Habíamos asistido a la milagrosa ceremonia del teatro.

En el breve entreacto, estuve detrás del escenario para colaborar con la preparación de los elementos necesarios para la representación de la pieza de Beckett, un verdadero clásico del repertorio de Petraglia. Me asomé a su improvisado camarín, en el que Jorge estaba valiéndose del maquillaje para cambiar su cara por la de Krapp. Creo que le dije "gracias", o algo así. Petraglia me miró en el reflejo del espejo y me dijo "ahora viene Beckett", con la admirable serenidad del actor que acaba de conmoverse y de emocionar a la audiencia, y que sabe que dos minutos después tiene que volver a salir para "enfrentar al toro".

Después de la función tuvimos oportunidad de desmenuzar concienzudamente lo que habíamos visto, en un ejercicio intelectual que nos apasionaba, pero que en poco se compara con la experiencia emocional de vivir el hecho teatral. Coincidimos en señalar que una vez más, Pinter trabajaba con maestría las situaciones con pocos personajes -en este caso, menos, imposible-, y con un tratamiento del lenguaje que revaloriza el peso del texto en el teatro. También subrayamos que en este monólogo podía advertirse claramente otra de las características salientes de la obra del autor: la potencia de las cosas que los personajes no dicen, pero que surgen por alusión de las que dicen. Pinter siempre fue un maestro a la hora de mantener la atención del público por las "capas" de verdad que pueden irse atravesando para descubrir la esencia profunda de sus criaturas.

Petraglia quedó más entusiasmado que nunca después de este estreno, al punto que comenzó a trazar planes para mantener un contacto fluido con nuestro medio. Pero debía volver inmediatamente a Buenos Aires, donde se seguía representando con enorme éxito su puesta en escena de "Orquesta de Señoritas". Tres semanas después de su partida moría el entonces presidente Juan Domingo Perón y María Estela Martínez asumía la presidencia, con José López Rega plantado a menos de un metro de distancia. Muchos proyectos cambiaron por aquellos tiempos. Petraglia no volvió a trabajar en nuestra provincia.
El jueves 6 de junio de 1974, se produjo en Tucumán el estreno mundial de "Monólogo", de Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura 2005. Era otro Tucumán. (c) LA GACETA

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