
Cada vez que tengo que hacer la reseña de un cuento infantil, después de leerlo con los ojos y con el alma -para ver si logro recuperar pedazos de mi infancia perdida-, lo someto a un instrumento que no falla, el aceptómetro: dos niñas -Paula y Mariana, de cinco y de tres años respectivamente-. Sus rostros dicen todo: cara larga (no comprendo, no me interesa, no me gusta); grandes bostezos, mirar para otra parte, distraerse en otro tema (dejá de leer esa cosa aburrida); silencio atento (dale, que vamos bien); ojos brillantes, participación gestual (¡eso es lo nuestro! Volemos juntos).
En el libro que nos ocupa, ni siquiera desplegaron las alas; los ojitos estaban lejos y, de vez en cuando, sobre el curso de la lectura que intentaba ser entusiasta, se divertían tirándole la cola al gato.Eso sí, les gustaron las ilustraciones de María Wernicke. (c) LA GACETA







