
Belleza, ternura e ironía se conjugan armoniosamente en este hermoso libro.
Desde su tapa, en la que aparece, contrastando con la inmensidad de la montaña, un corderito que nos mira, enfundado en una camiseta con los colores patrios.
Inmediatamente después nos encontramos con la ironía y la gracia de esas sentencias "copiadas de paragolpes de camiones". Cito algunas: "El sueño y las mujeres no se dominan". "No intentar algo por no equivocarse es como suicidarse por miedo de morir". "Si llegas a leer esto es porque estás demasiado cerca". "Las ideas no se matan... se afanan". "Cuando se muere un viejo se cierra un libro".
El libro tiene tres prólogos, cada uno en idioma diferente: castellano, francés e inglés. Allí justifica el subtítulo: "Colores", afirmando que en la Argentina, "ese país que está lejos de todos lados", hay infinitos colores, en sus montañas, en sus ríos, en su fauna y su flora, hasta en su gente, originaria de tantas etnias distintas.
También al comienzo hay una página que dice: "El texto del libro queda a cargo del lector". En consecuencia, son poquísimas las fotografías que tienen alguna indicación del lugar en que fueron tomadas. Entonces, uno empieza a querer imaginar: esto debe ser de Purmamarca, la de los cerros de siete colores; esta otra, del Valle de la Luna, de El Calafate, o de las Cataratas, etcétera...
Posiblemente nos equivoquemos o nuestros recuerdos nos engañen. No importa, las fotos son lo suficientemente bellas como para justificarse por sí mismas.
También son muy variadas: la luz haciendo brillar las hojas de los árboles; la delicada ternura del rostro de una niña colla; el estallido de color de un manojo de flores; los rostros curtidos por el sol; un árbol solitario en una dilatada llanura; las alas de las mariposas y las serpientes reptando entre los pastos; los rosados flamencos en el borde de una laguna; los pájaros posados en las ramas de los árboles; los signos y las pinturas que hombres prehistóricos han dejado en las rocas; el paso de los suris y los zorros; todo es bello y significativo.
En la última página, en grandes letras, la autora declara: "A esta altura de mi vida no tengo por qué dar explicaciones". A nosotros nos corresponde darle las gracias. Los argentinos, muy agradecidos por su libro. (c) LA GACETA







