A LA DERECHA ARRIBA, ORTEGA, de perfil, CON ENRIQUE LARRETA (DE BLANCO), Máximo Etchecopar (sentado) y otros, en Buenos Aires, 1941. ABAJO, Ortega con su esposa e hijos.

El 18 de octubre de 1955 -se cumplió pues ya medio siglo- moría en su Madrid natal Ortega y Gasset. Fue el filósofo de mayor envergadura que dio nuestra lengua, desde Francisco Suárez en el siglo XVI. Su "sistema abierto", como con precisión lo denominó José Ferrater Mora, nos sigue aún fascinando por su exuberancia vital, por la notable variedad de los temas que abarcó -en ese sentido puede afirmarse que ninguno de los problemas de su hora le fue indiferente- y quizá, sobre todo, por la plasticidad y belleza de su estilo literario, ya que Ortega fue además un formidable escritor que ha enriquecido y ha modernizado como pocos en su siglo el idioma castellano.
Por ello, resulta sorprendente tomar cualquier página de su vasta obra para comprobar que no sólo por el enfoque de los temas que tratan, sino también por el lenguaje utilizado, adquieren una impresionante actualidad. Y es que los análisis que formuló sobre lo que lo preocupaba en su tiempo -en especial las reflexiones políticas y sociales- aún conservan plena vigencia.
En lo que hace a la Argentina, la deuda de gratitud que con él tenemos, es inmensa. Tuvo con nosotros una vinculación sincera y constante, pero -adelantémosnos a decirlo- también difícil y hasta tensa. Pero fue un caso singular, ya que no es frecuente que un hombre de pensamiento de sus quilates, acompañe la trayectoria de un pueblo con la única forma en que la amistad es verdadera: aquella que marca los errores, sin mengua del afecto.
Ortega reconoció siempre esa relación especial que lo unió a nuestro país; "no podrá escribirse mi biografía, dado que ella tuviese algún interés -afirmó- sin dedicar algunos capítulos centrales a la Argentina, es decir que yo debo, ni más ni menos, toda una porción de mi vida -situación, emociones, hondas experiencias, pensamientos- a ese país. Así, absolutamente así". Y la causa que a mi entender enturbia y explica las vicisitudes de esa amistad es que ella se desenvuelve en el lapso en que la Argentina pasa de ser una esperanza en el mundo, a "la gran decepción del siglo XX", al decir de Raymond Aron.
Pero Ortega no sólo acompasa ese proceso de decadencia, sino que con ojo zahorí lo vislumbra y con impagable probidad intelectual y amistad verdadera, nos lo advierte para que nos rectifiquemos, para que retomemos el rumbo perdido. Pero Argentina, o mejor dicho la sociedad argentina, no le hizo caso, no vio -o no quiso ver- la decadencia en la que nos precipitábamos y, además de no reaccionar a tiempo, terminó irritándose con Ortega, con lo que se demuestra inequívocamente, porque nos deslizábamos en ese plano inclinado.
Las visitas a nuestro país
Recordemos que Ortega nos visitó tres veces: en 1916, en 1928 y en 1939, en esta última oportunidad, hasta el 9 de febrero de 1942. Y la sola mención de las fechas sirve para determinar momentos históricos distintos del país. En la primera oportunidad desembarcó en Buenos Aires el 22 de julio de 1916; tiene, a la sazón, 33 años. Era entonces un joven intelectual español que sólo había publicado un libro, "Meditaciones del Quijote". No era un hombre famoso, pero era toda una promesa, ya que seis años antes había ganado la titularidad de la cátedra de Metafísica en la Universidad de Madrid.
Tuvo, desde el comienzo, un éxito espectacular. Dio en total nueve lecciones en la Universidad -en realidad clases magistrales-; pronunció conferencias públicas; dictó seminarios; analizó los textos capitales de la "Crítica de la razón pura", de Kant -que hoy todos reconocen, fue un verdadero revulsivo en la chatura positivista de la época-; y recorrió el interior del país, pronunciando conferencias en Córdoba, en Mendoza y en Tucumán, donde lo presentó Alberto Rougés, y a quien Ortega elogió como a uno de los jóvenes argentinos más inteligentes.
Argentina ocupaba entonces un lugar destacadísimo en el mundo. Habíamos recibido gigantescas oleadas inmigratorias de Europa, y Buenos Aires era ya una ciudad populosa. Hubo entonces una fascinación mutua entre Ortega y la Argentina, que le hizo decir que éramos "el pueblo con resortes históricos más fuertes que hoy existe... lleno de afanes, libre de envidias y con un destino prócer". Pero, al despedirse el 6 de diciembre en el "Instituto Popular de Conferencias", del diario "La Prensa" -donde pronuncia un discurso de excepcional factura formal y hondura conceptual-, ya nos formula algunas admoniciones: encuentra por ejemplo, anquilosada nuestra Universidad y escasos nuestros adelantos técnicos. Además, siete años más tarde, en 1923, comienza Ortega otro magisterio, no menos fecundo que el personal: una comunicación permanente con el pueblo argentino a través de sus colaboraciones en el diario "La Nación", de Buenos Aires.
En 1928 nos visita por segunda vez. Han pasado sólo 12 años desde su primer viaje y Ortega ya es un pensador famoso, y ha publicado obras de reconocido valor que se han traducido, inclusive, a varios idiomas. En realidad es otro Ortega, pero la Argentina era también otra Argentina.
Su actividad se proyecta entonces en dos niveles: sus clases magistrales en la Universidad y sus charlas en la sociedad "Amigos del Arte", entidad esta de gran importancia cultural en la década del treinta.Pero Ortega, que estaba entonces en la plenitud de su capacidad creadora, empieza a ver aspectos que ya no funcionan en la sociedad argentina, y fruto de esta visita, son algunos penetrantes ensayos sobre nuestro perfil espiritual. Ahí están, por ejemplo, sus denuncias en "La pampa... promesas", "Intimidades" o "Por qué escribí ?El hombre a la defensiva"?, donde comienza a calar en nuestros males. Con ruda franqueza, nos denomina "factoría" y considera que como "el argentino tiende a resbalar sobre toda ocupación o destino concreto, es inevitable que se parezca al europeo superlativamente frívolo"; además, su vanidad hace que "se guste a sí mismo", y por eso, "un joven argentino -casi, casi todo joven argentino- se ve como un posible gran escritor".
Todo esto iba a despertar malestar y duras críticas entre nuestros escritores, a los que Ortega les responde que como tiene una deuda muy seria con la Argentina, ha resuelto "pagar, no menos en serio. Ya he empezado. Las páginas irritantes son sus primeras monedas". Reconoce que "son drásticas, son enojosas, son antipáticas" y que más simples serían los elogios fáciles, pero su obligación como escritor era operar "como un alcaloide sobre el alma argentina, incluyendo la de los jóvenes literatos que me dedican el homenaje de un insulto". Y si bien continuaba enviando sus artículos a "La Nación", en 1937, con motivo de una nota que considero muy crítica sobre su persona, interrumpió por un tiempo las colaboraciones, pese a los esfuerzos de sus amigos y de la dirección del diario.
Un exilio accidentado
Durante la trágica Guerra Civil española (1936-1939), Ortega había vivido exiliado en el exterior -Francia y Portugal-, y como toda la situación política europea era muy complicada, en agosto de 1939 decide trasladarse con su esposa y con su hija Soledad, a la Argentina, para radicarse o vivir por lo menos largo tiempo entre nosotros. Así, por tercera y última vez, desembarca en Buenos Aires cuando la Segunda Guerra Mundial recién estallaba.
Desde el punto de vista económico, nuestro país -neutral en la contienda- seguía en una situación privilegiada. Sin embargo social y espiritualmente, la Argentina había cambiado completamente. Y si bien en "Amigos del Arte" pronunció conferencias que serían la base de su libro "El hombre y la gente", en la Universidad de Buenos Aires dictaría clases que luego formarían parte de otro de sus trabajos capitales, "La razón histórica", y por radio leería su fino ensayo "Meditación de la criolla", un cerco de hostilidad comenzó a notarse en torno de su persona y de su obra.Por lo pronto y a pesar de que no era ya sólo un gran filósofo español, sino la filosofía española, la Universidad no lo incorporó a sus claustros; sus proyectos editoriales naufragaban por disputas con editores españoles aquí radicados y por su posición de equidistancia en la contienda civil de su patria, la colonia de exiliados españoles, que estaba muy dividida, le hizo un gran vacío.
Un distinguido tucumano, Máximo Etchecopar -que entonces, siendo muy joven, lo conoció y luego fue un amigo y discípulo entrañable- nos recuerda que "a medida que se prolongaba la permanencia de Ortega, crecía también su convicción del magro reconocimiento público que su labor intelectual y su presencia misma suscitaban. Por eso, no puede extrañar que con un dejo de amargura haya afirmado: "no he tenido ocasión de conocer, aparte contadísimas excepciones, a los intelectuales de Buenos Aires"; o que en carta a su admirada, en todo sentido, Victoria Ocampo, le haya confesado el 9 de octubre de 1941: "...atravieso la etapa más dura de mi vida. Muchas veces, en estos meses he temido morirme en el sentido más literal y físico, pero en una muerte de angustia".
El mismo Etchecopar nos cuenta que en las largas conversaciones que mantenía con Ortega, le preocupaba la vida fácil argentina. "Nada bueno obtendrán ustedes hasta que no se convenzan que la principal riqueza de un pueblo la constituye el trabajo", y luego de recalcar la necesidad del sacrificio y una disciplina solidaria, remataba: "...en caso contrario, la pasarán ustedes muy mal", y no se equivocó. Ese clima de hostilidad manifiesta y de incomprensión lo decide entonces a abandonar nuestro país y radicarse en Portugal, lo que concreta, junto a su esposa, el 9 de febrero de 1942. Lo despiden sólo seis personas, entre ellas los argentinos Elena Sansinena de Elizalde y el propio Máximo Etchecopar, que luego reconocería: "ese adiós que le dijimos, hubo de provocar entre los que lo despedimos el malestar secreto de una mala acción".
Hoy, en perspectiva, sus viajes son una suerte de termómetro que marca los grados de nuestra decadencia y de la confusión en que estaba sumida una sociedad que deja partir a Ortega, pero poco meses más tarde le abre la puerta al responsable de un populismo devastador. Por ello, si bien estas visitas de Ortega y su contribución al desarrollo cultural de nuestro país han sido, y siguen siendo, objeto de numerosos ensayos y artículos, cuando se hunde el escalpelo, para quien lo hace es también una suerte de catarsis.
Pero a pesar de la crisis en la que estamos sumergidos, no debemos perder las esperanzas, porque seguimos conservando muchas de las virtudes que nos descubrió Ortega. Y así como España -alejada de Europa y decadente de su tiempo- ahora se ha recuperado e impostado en el progreso y en la libertad, gracias a las nuevas generaciones, que entre otras cosas escucharon a Ortega, nosotros también podemos y debemos instar a nuestros jóvenes a que lean al maestro, sigan sus reflexiones y consejos y, tomando los puestos de vanguardia, desalojen a los que nos condujeron a esta encrucijada para iniciar, de una vez por todas, el camino de la recuperación.
Hay pues que tener confianza, porque además está visto que Ortega, como el Cid, gana también las batallas después de muerto. (c) LA GACETA
Referencias
Ortega y Gasset, José: "Obras Completas", Revista de Occidente, Madrid, 1983.
Etchecopar, Máximo: "Ortega en la Argentina", Ediciones del Instituto Ortega y Gasset; Buenos Aires, 1983.







