16 Octubre 2005 Seguir en 

Llamo el "silencio de la metafísica" a la imposibilidad de apresar con estructuras con- conceptuales de la razón lo verdaderamente metafísico, la totalidad. En pos de su comprensión es bueno distinguir entre la metafísica como disciplina y lo metafísico como aquello de lo que habla esa disciplina. Entonces, hay dos caminos posibles cultivar la metafísica a través de argumentaciones -cientos de libros dan testimonio de ello- o apelar al silencio de los conceptos ante la intuición de lo metafísico. El objeto metafísico nunca será un ente del mundo, por elevada que fuese su jerarquía; lo metafísico es, por el contrario, aquello que mantiene en vilo el pensar desde siempre y que se resiste a ser apresado con el lenguaje; es la totalidad. Y cuando hablamos de totalidad ya estamos haciendo un uso inadecuado del lenguaje porque nada puede ser dicho, desde la finitud del hombre, sobre esa totalidad. No hay adecuación posible entre el concepto y lo metafísico: Dios, el yo, el universo, el tiempo.
La filosofía, apoyada en la razón, construyó objetos metafísicos como entes de razón, tal como se esperaba de ella. Con gran confianza en sí misma quiso demostrar la existencia de Dios con argumentos racionales; tarea infructuosa, sin duda, pero sirvió para pensar la distinción entre el Dios de los filósofos, un concepto supremo, y el Dios vivo, mysterium tremendum. Sin embargo, en contra de todas estas prescripciones, el pensamiento se ha permitido algunos escándalos, es decir, ante la imposibilidad de una limpia resolución racional, recurrir a paradojas para mentar lo metafísico. Estos argumentos contrarios a la opinión corriente, las aporías, cosas que maravillan, son, más sencillamente, dificultades lógicas insalvables.
¿Por qué insiste el hombre, entonces, en arremeter contra los límites de la razón y del lenguaje en pos de lo metafísico? ¿Qué lo mueve a escapar de lo finito e internarse en lo infinito? ¿Por qué decir algo fuera de la lógica, si no añade nada al conocimiento y arriesga el sinsentido? Las respuestas nunca serán taxativas; quizás la condición humana cobija un profundo deseo metafísico, muchas veces inconfesado; un afán de comprender la totalidad y articular una palabra de plenitud, siempre vedada para el hombre.
Me detendré en dos pensadores del siglo XX que supieron de límites en su trato con el lenguaje. Borges y Wittgenstein. Uno desde la lengua poética y el otro, desde lo escueto de la lógica, señalaron hacia la metafísica en la dirección del silencio. Borges, haciendo uso de las paradojas. Wittgenstein, eludiéndola. Para ellos, la metafísica no podía ser un saber especulativo sino puras perplejidades para la razón; zona misteriosa esta, rica, en la que el lenguaje resultaba siempre escaso, exiguo, inadecuado; entonces, el silencio o la poesía.
Sin embargo, el concepto de silencio se carga de sentidos diferentes en cada uno de ellos. En el Wittgenstein del inicio del Tractatus el silencio es casi una sentencia de muerte de la metafísica; anuncia que se trata de una verdad definitiva expresada por un lenguaje preciso, un espejo de los hechos del mundo; sostiene que hay un límite para el pensamiento y su expresión sobre el que no es posible avanzar; todo intento de sobrepasarlo nos conduce al sinsentido. Las expresiones metafísicas, en tanto carecen de sentido, no pueden ir más allá del mundo, del lenguaje significativo. Hacia el final del libro reconoce que, sobre esos asuntos, mejor es callar. Pero este silencio de Wittgenstein puede ser leído no sólo como una simple negación de la metafísica, como se hizo, sino también como la aceptación de Otra realidad de la que, si bien nada puede decirse, puede experimentarse. Y quizás por esto los hombres han arrinconado el lenguaje hasta sus límites lógicos, sabiendo que es una "empresa absolutamente desesperanzada", y en el límite, en el silencio, la experiencia de lo metafísico.
Esta idea, notablemente, la comparten Wittgenstein y Borges. Mientras el vienés habla, muy sucintamente, de la experiencia metafísica del asombro de la existencia del mundo, es decir de una totalidad, el argentino narra, en clave poética, una experiencia de eternidad: "Esto es lo mismo de hace veinte años [...] Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo, más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad".
Borges nos advirtió sobre la existencia de palabras que, cuando se las pronuncia, "estallan": eternidad, infinito; estupenda imagen para mostrar que la inmensidad de sus sentidos no cabe en la razón humana. El trato con un lenguaje al que siente insuficiente, pobre, y el inclaudicable deseo metafísico que lo mueve, condujo a Borges a su empresa poética. Wittgenstein, si bien niega la legitimidad de la metafísica como conocimiento, percibe su importancia. Más allá del insuficiente logos, allí donde las palabras no alcanzan, algo se muestra a sí mismo lejos de las especulaciones teóricas. Y, cuando calla el lenguaje, será posible la experiencia de lo metafísico.
Entre Wittgenstein y Borges hay semejanzas y también grandes diferencias. Sostiene Wittgenstein que si hubiera un hipotético libro que contuviera todo el saber del mundo, no contendría un solo juicio ético, es decir, un juicio metafísico, porque todo lo metafísico queda fuera del mundo (mundo como lenguaje). No hay un bien absoluto en el mundo, pero somos proclives a hablar de algo absoluto. Borges, a su vez, imagina una Biblioteca que compendia todo el saber y un libro que sería la cifra del universo: "El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales [...] la biblioteca es total y sus anaqueles registran [...] todo lo que es dable expresar". (La biblioteca de Babel)Pero he aquí que, mientras Wittgenstein dice no hay enigmas, para aseverar la claridad con la que debe moverse la lógica, descubrimos en Borges un fantástico creador de enigmas, un osado y genial buscador de sentidos. Su poética se agiganta cuando combate con los límites del lenguaje, no porque vaya a aceptarlos, sino porque intenta, una y mil veces, casi siempre sin éxito, coartadas para evadirlos. "Cabe sospechar que no hay un universo en sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito: falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios". (El idioma analítico de J. Wilkins)
Este argentino "extraviado en la metafísica" renuncia a la pretensión de un decir de todo decir, de la totalidad, y se enmascara en sus ficciones. El absoluto queda fuera del alcance de cualquier pensamiento racional, lo sabe, pero no ceja en su búsqueda. Y entonces un libro de arena, donde se unen lo finito y lo infinito, o el aleph, esa mínima porción de materia que encierra el universo entero, son ficciones que esconden, para no alarmar a la lógica, potentes aporías de la razón.Ambos autores asumen una posición semejante ante la metafísica, pero no tienen la misma respuesta. Oscilan entre el rechazo de la metafísica como disciplina que pretende hablar de cosas extramundanas con lenguaje del mundo y, al mismo tiempo, la fascinación por "otra realidad", lo metafísico, que llama a silencio. El lenguaje es demasiado limitado para intentarlo, piensa Wittgenstein. "El lenguaje [...]; no es hábil para razonar lo eterno, lo intemporal", confirma Borges. (Nueva refutación del tiempo)
El silencio de la metafísica es, en ambos, el reconocimiento de una realidad trascendente. Que ella esté más allá del alcance de la argumentación lógica, ya se sabe, pero que un lógico y un poeta coincidan en buscarla lejos de la tradición especulativa de Occidente es sorprendente. Borges lo hace con la gracia y la elegancia de su poética; Wittgenstein, con la fuerza argumentativa de sus proposiciones. Desear desde lo más íntimo poner en palabras esa extraña conjunción de lo absoluto y lo relativo, lo finito y lo infinito, el tiempo y la eternidad, dar vida a lo paradójico, es una tarea que la lógica ha prohibido y, sin embargo, los hombres insisten y, sin claudicaciones ni agotamientos buscan, con fe siempre renovada, un atajo que la haga posible. Lo que Wittgenstein quizás no pensó, pero Borges sí, es que el religioso, no el teólogo especulativo, vive el dolor de las aporías. Sabe que nada de lo que diga o haga le permitirá apresar lo divino en una palabra o en un objeto; sin embargo, sabe también que sólo ese lenguaje de aporías podrá señalar algo en el mundo, como una cruz o un gesto de perdón que cobijen, por un instante, lo sagrado, la eternidad. Y eso lo sostiene. El silencio de la metafísica -del que intentamos decir algo- semeja el pensamiento del sacerdote de Tzinacan: "Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud". (La escritura del Dios)
(c) LA GACETA
Cristina Bulacio - Doctora en Filosofía, escritora, profesora titular de Antropología y Filosofía de la UNT.
La filosofía, apoyada en la razón, construyó objetos metafísicos como entes de razón, tal como se esperaba de ella. Con gran confianza en sí misma quiso demostrar la existencia de Dios con argumentos racionales; tarea infructuosa, sin duda, pero sirvió para pensar la distinción entre el Dios de los filósofos, un concepto supremo, y el Dios vivo, mysterium tremendum. Sin embargo, en contra de todas estas prescripciones, el pensamiento se ha permitido algunos escándalos, es decir, ante la imposibilidad de una limpia resolución racional, recurrir a paradojas para mentar lo metafísico. Estos argumentos contrarios a la opinión corriente, las aporías, cosas que maravillan, son, más sencillamente, dificultades lógicas insalvables.
¿Por qué insiste el hombre, entonces, en arremeter contra los límites de la razón y del lenguaje en pos de lo metafísico? ¿Qué lo mueve a escapar de lo finito e internarse en lo infinito? ¿Por qué decir algo fuera de la lógica, si no añade nada al conocimiento y arriesga el sinsentido? Las respuestas nunca serán taxativas; quizás la condición humana cobija un profundo deseo metafísico, muchas veces inconfesado; un afán de comprender la totalidad y articular una palabra de plenitud, siempre vedada para el hombre.
Me detendré en dos pensadores del siglo XX que supieron de límites en su trato con el lenguaje. Borges y Wittgenstein. Uno desde la lengua poética y el otro, desde lo escueto de la lógica, señalaron hacia la metafísica en la dirección del silencio. Borges, haciendo uso de las paradojas. Wittgenstein, eludiéndola. Para ellos, la metafísica no podía ser un saber especulativo sino puras perplejidades para la razón; zona misteriosa esta, rica, en la que el lenguaje resultaba siempre escaso, exiguo, inadecuado; entonces, el silencio o la poesía.
Sin embargo, el concepto de silencio se carga de sentidos diferentes en cada uno de ellos. En el Wittgenstein del inicio del Tractatus el silencio es casi una sentencia de muerte de la metafísica; anuncia que se trata de una verdad definitiva expresada por un lenguaje preciso, un espejo de los hechos del mundo; sostiene que hay un límite para el pensamiento y su expresión sobre el que no es posible avanzar; todo intento de sobrepasarlo nos conduce al sinsentido. Las expresiones metafísicas, en tanto carecen de sentido, no pueden ir más allá del mundo, del lenguaje significativo. Hacia el final del libro reconoce que, sobre esos asuntos, mejor es callar. Pero este silencio de Wittgenstein puede ser leído no sólo como una simple negación de la metafísica, como se hizo, sino también como la aceptación de Otra realidad de la que, si bien nada puede decirse, puede experimentarse. Y quizás por esto los hombres han arrinconado el lenguaje hasta sus límites lógicos, sabiendo que es una "empresa absolutamente desesperanzada", y en el límite, en el silencio, la experiencia de lo metafísico.
Esta idea, notablemente, la comparten Wittgenstein y Borges. Mientras el vienés habla, muy sucintamente, de la experiencia metafísica del asombro de la existencia del mundo, es decir de una totalidad, el argentino narra, en clave poética, una experiencia de eternidad: "Esto es lo mismo de hace veinte años [...] Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo, más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad".
Borges nos advirtió sobre la existencia de palabras que, cuando se las pronuncia, "estallan": eternidad, infinito; estupenda imagen para mostrar que la inmensidad de sus sentidos no cabe en la razón humana. El trato con un lenguaje al que siente insuficiente, pobre, y el inclaudicable deseo metafísico que lo mueve, condujo a Borges a su empresa poética. Wittgenstein, si bien niega la legitimidad de la metafísica como conocimiento, percibe su importancia. Más allá del insuficiente logos, allí donde las palabras no alcanzan, algo se muestra a sí mismo lejos de las especulaciones teóricas. Y, cuando calla el lenguaje, será posible la experiencia de lo metafísico.
Entre Wittgenstein y Borges hay semejanzas y también grandes diferencias. Sostiene Wittgenstein que si hubiera un hipotético libro que contuviera todo el saber del mundo, no contendría un solo juicio ético, es decir, un juicio metafísico, porque todo lo metafísico queda fuera del mundo (mundo como lenguaje). No hay un bien absoluto en el mundo, pero somos proclives a hablar de algo absoluto. Borges, a su vez, imagina una Biblioteca que compendia todo el saber y un libro que sería la cifra del universo: "El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales [...] la biblioteca es total y sus anaqueles registran [...] todo lo que es dable expresar". (La biblioteca de Babel)Pero he aquí que, mientras Wittgenstein dice no hay enigmas, para aseverar la claridad con la que debe moverse la lógica, descubrimos en Borges un fantástico creador de enigmas, un osado y genial buscador de sentidos. Su poética se agiganta cuando combate con los límites del lenguaje, no porque vaya a aceptarlos, sino porque intenta, una y mil veces, casi siempre sin éxito, coartadas para evadirlos. "Cabe sospechar que no hay un universo en sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito: falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios". (El idioma analítico de J. Wilkins)
Este argentino "extraviado en la metafísica" renuncia a la pretensión de un decir de todo decir, de la totalidad, y se enmascara en sus ficciones. El absoluto queda fuera del alcance de cualquier pensamiento racional, lo sabe, pero no ceja en su búsqueda. Y entonces un libro de arena, donde se unen lo finito y lo infinito, o el aleph, esa mínima porción de materia que encierra el universo entero, son ficciones que esconden, para no alarmar a la lógica, potentes aporías de la razón.Ambos autores asumen una posición semejante ante la metafísica, pero no tienen la misma respuesta. Oscilan entre el rechazo de la metafísica como disciplina que pretende hablar de cosas extramundanas con lenguaje del mundo y, al mismo tiempo, la fascinación por "otra realidad", lo metafísico, que llama a silencio. El lenguaje es demasiado limitado para intentarlo, piensa Wittgenstein. "El lenguaje [...]; no es hábil para razonar lo eterno, lo intemporal", confirma Borges. (Nueva refutación del tiempo)
El silencio de la metafísica es, en ambos, el reconocimiento de una realidad trascendente. Que ella esté más allá del alcance de la argumentación lógica, ya se sabe, pero que un lógico y un poeta coincidan en buscarla lejos de la tradición especulativa de Occidente es sorprendente. Borges lo hace con la gracia y la elegancia de su poética; Wittgenstein, con la fuerza argumentativa de sus proposiciones. Desear desde lo más íntimo poner en palabras esa extraña conjunción de lo absoluto y lo relativo, lo finito y lo infinito, el tiempo y la eternidad, dar vida a lo paradójico, es una tarea que la lógica ha prohibido y, sin embargo, los hombres insisten y, sin claudicaciones ni agotamientos buscan, con fe siempre renovada, un atajo que la haga posible. Lo que Wittgenstein quizás no pensó, pero Borges sí, es que el religioso, no el teólogo especulativo, vive el dolor de las aporías. Sabe que nada de lo que diga o haga le permitirá apresar lo divino en una palabra o en un objeto; sin embargo, sabe también que sólo ese lenguaje de aporías podrá señalar algo en el mundo, como una cruz o un gesto de perdón que cobijen, por un instante, lo sagrado, la eternidad. Y eso lo sostiene. El silencio de la metafísica -del que intentamos decir algo- semeja el pensamiento del sacerdote de Tzinacan: "Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud". (La escritura del Dios)
(c) LA GACETA
Cristina Bulacio - Doctora en Filosofía, escritora, profesora titular de Antropología y Filosofía de la UNT.
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