Vigésima primera novela de una destacada escritora

"Tumba de jaguares". Críticas de libros, por Willy G. Bouillion. Libro complejo, donde se utilizan distintos estilos tipográficos y de puntuación.

16 Octubre 2005
Esta es la 21ª novela de Angélica Gorodischer, una de las escritoras más importantes de la Argentina, en cuya cúspide ella sitúa sin vacilar a Griselda Gambaro. Tiene algunas similitudes con la autora de La malasangre, como un estado de alerta frente al alma y a las contingencias -absurdas o dramáticas- las que solemos padecer los humanos, pero se diferencia por una actitud vital a la que "deja" inmiscuirse en su obra, con un objetivo que roza lo catártico. Y por un posicionamiento intelectual cotidiano, más vigoroso, desafiante y manifiesto que en Gambaro, impulsor, por ejemplo, de su sostenida militancia feminista o de los inconformismos expresados durante su participación en el Congreso de la Lengua, celebrado el año pasado en Rosario, ciudad en la que vive, aunque nació en Buenos Aires, en 1928.Admiradora de Ursula K. LeGuin (con quien, curiosamente, tiene cierto parecido fisonómico), empezó publicando notables libros de ciencia ficción, que fueron elogiados tanto por la escritora norteamericana, especialista en el género, como por la crítica internacional. También desarrolló tramas policiales, pero su más reciente etapa está integrada por la novelística de amplio espectro, que conjuga lo social y lo político, lo psicológico, la presencia inexorablemente abrumadora del pasado (a la manera de la tragedia griega, textura esencial de la bibliografía de Faulkner) y hasta el texto en el que asoman no pocos trazos exhumados de la propia experiencia, sin ser absolutamente autobiográficos, caso que sí se presenta con plenitud en su libro anterior, Historia de mi madre.
El nexo común entre aquella obra y esta que comentamos es la casi obsesiva frecuentación de la literatura como un hacer inseparable de los intereses definitivos de Gorodischer, que en Tumba de jaguares se presenta en la persistente indagación sobre el acto de escribir, en el que inclusive aparece la poesía como asignatura no pendiente sino concretamente irrealizable. Sin embargo, lo poético no escasea en sus textos. "El sueño -se lee en un párrafo de la novela- es como un salto, pasa por encima de los acontecimientos, incólume, envuelto en esa bolsa germinal que es su propio silencio".
Libro complejo, para el que su autora utilizó tres estilos tipográficos y puntuación, comienzos, fin y enganches de frase nada ortodoxos; su contenido lo estructura el relato que vierten tres escritores: Bruno Seguer, Celina y Eveline Harrington, que por momentos parece un personaje de la anterior.
Entre la realidad y la imaginación, los tres escriben sobre alguien que está escribiendo -como una caja china literaria y recurso similar al usado en un caso por Samuel Beckett- y coinciden en una excesiva y por momentos torva ajenidad respecto del espacio geográfico que ha tocado en suerte, una suerte de síndrome de "angustia literaria" y estadios que pasan por el desasosiego, el desencuentro pasional, el cuestionamiento por narrar sobre aquello que no recorrió el propio pie (¿la legitimidad de la fantasía?) o, por el contrario, la fuerte vivencia de episodios en un campo de concentración, durante la última dictadura militar, paisaje imborrable, que cincela mortalmente la memoria y que es, por último, el que da título al libro.
(c) LA GACETA

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