09 Octubre 2005 Seguir en 

Todos sabemos por experiencia lo que es el riesgo; todos sabemos que nos exponemos a un peligro cuando acometemos una empresa riesgosa. Y no se nos oculta tampoco que la índole del peligro depende de la índole del riesgo. Un ladrón arriesga su vida; un político arriesga su triunfo si utiliza una campaña temeraria; un estudiante arriesga la aprobación de una materia con su preparación insuficiente. Y he aquí que para asomarse a las perplejidades, las contradicciones y los abismos de la condición humana, la inquisición filosófica ha tomado como blanco, unas veces, la esperanza, otras veces, la angustia o la desesperación, sin reparar en un rasgo que pone de relieve su constitutiva fragilidad, el riesgo. Nos movemos, en efecto, en el seno de mil acechanzas, asediados a cada instante por peligros remediables o irremediables, inermes muchas veces ante la insidia caprichosa del azar. No hay paso que demos, por seguro que sea, que pueda precaver la incertidumbre o la eclosión trágica del siguiente. Pende sobre cada uno de nosotros la posibilidad patética del infortunio, la posibilidad de que asome en nuestras vidas el impiadoso rostro del accidente. El accidente, según la etimología latina -lo que cae encima, lo que acaece- constituye el nombre de la imprevisibilidad, de aquello ante lo cual nos hallamos impotentes para conjurar.
Pero es claro que no podemos pensar constantemente en los riesgos que nos circundan porque de tenerlos siempre presentes estaríamos condenados a la inacción. De allí nuestra actitud esquiva: esquivamos la conciencia de los riesgos que entraña el vivir, reprimimos esta idea -a la manera que reprimimos la idea de la muerte según Scheler- a fin de que el ánimo esté abierto al instante afortunado y dispuesto a forjar las perspectivas esperanzadas y creadoras. No hay ámbito en el que el riesgo no asiente sus reales, y esto a tal punto que desde esta perspectiva la cultura se presenta como una forma de domeñar los riesgos -suerte de malestar freudiano-, si bien es cierto que muchos de ellos son generados por la propia cultura, insatisfecha siempre de sí misma. Así, el afán de dominar el espacio aéreo ha inventado la aviación, pero al precio de multiplicar los riesgos de sucumbir a un accidente, como si fuera la exaltación paradójica de una gloria que esconde en su seno el probable estallido de la desgracia humana. Y, a la vez, el propósito de evitar el nuevo riesgo o reducir sus probabilidades se convierte en el acicate para el logro de nuevas tecnologías. Esta suerte de exorcismo del riesgo y del azar tiene por raíz el pensamiento, porque, como dice Pascal, basta una gota de aire para hacer perecer al hombre, pero este aventaja a la naturaleza porque sabe que muere o, con palabras del célebre filósofo: "el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa".
Ahora bien, mucho de lo que entendemos por cultura no habría visto la luz de no mediar el permanente desafío de la severidad del riesgo. El hombre busca certezas, certidumbres que lo salven de la inseguridad, de los riesgos, de las variadas amenazas que se abren ante sí. Y el de sucumbir físicamente no es el único riesgo; también el orbe intelectual y moral saben de estos asedios. ¿No es acaso la ignorancia el nombre de uno de los riesgos que debilita o anula las mejores tendencias de la formación humana? Por ello, la educación es la gran empresa, el acto heroico de liberar al espíritu de la férrea coerción de los riesgos que entraña la ignorancia, gestora de incontables males.
No sólo la educación sino la cultura en general se fragua enfrentándose con los peligros que conlleva el riesgo: la medicina combate los temibles riesgos de la enfermedad; la arquitectura hace de la casa el refugio placentero ante posibles embates de la naturaleza. Hay más, el mundo espiritual es también fruto del combate que sostenemos con los riesgos de la vida. En la experiencia religiosa, el logro de la salvación es la forma perfecta, el dominio absoluto de los riesgos de las seducciones del pecado; la filosofía es un combate sin término para librarnos de los riesgos de la incertidumbre intelectual en la incesante búsqueda de la verdad definitiva; en el arte asistimos a las mil formas de plasmar los rostros de la flaqueza humana, su vocación aleatoria o contingente. La historia, la sociedad traducen las vicisitudes de los pueblos en su afán de someter a su arbitrio los riesgos del poder político. La ciencia -que amplía nuestro saber del mundo- y la tecnología ostentan en nuestra época los mayores galardones en este combate sin tregua contra las consecuencias de los riesgos con el fin de extirparlos o reducir, al menos, sus dominios.Vivir es arriesgarse y cada uno debe asumir a su manera sus propios riesgos. En definitiva, y tras las aseveraciones precedentes, cabe alentar la idea de que la cultura es el conjunto de medios, formas y actitudes tendientes a limitar o someter a su arbitrio el dominio imperial de los riesgos a que está sometida permanentemente la condición humana. (c) LA GACETA.
Pero es claro que no podemos pensar constantemente en los riesgos que nos circundan porque de tenerlos siempre presentes estaríamos condenados a la inacción. De allí nuestra actitud esquiva: esquivamos la conciencia de los riesgos que entraña el vivir, reprimimos esta idea -a la manera que reprimimos la idea de la muerte según Scheler- a fin de que el ánimo esté abierto al instante afortunado y dispuesto a forjar las perspectivas esperanzadas y creadoras. No hay ámbito en el que el riesgo no asiente sus reales, y esto a tal punto que desde esta perspectiva la cultura se presenta como una forma de domeñar los riesgos -suerte de malestar freudiano-, si bien es cierto que muchos de ellos son generados por la propia cultura, insatisfecha siempre de sí misma. Así, el afán de dominar el espacio aéreo ha inventado la aviación, pero al precio de multiplicar los riesgos de sucumbir a un accidente, como si fuera la exaltación paradójica de una gloria que esconde en su seno el probable estallido de la desgracia humana. Y, a la vez, el propósito de evitar el nuevo riesgo o reducir sus probabilidades se convierte en el acicate para el logro de nuevas tecnologías. Esta suerte de exorcismo del riesgo y del azar tiene por raíz el pensamiento, porque, como dice Pascal, basta una gota de aire para hacer perecer al hombre, pero este aventaja a la naturaleza porque sabe que muere o, con palabras del célebre filósofo: "el hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa".
Ahora bien, mucho de lo que entendemos por cultura no habría visto la luz de no mediar el permanente desafío de la severidad del riesgo. El hombre busca certezas, certidumbres que lo salven de la inseguridad, de los riesgos, de las variadas amenazas que se abren ante sí. Y el de sucumbir físicamente no es el único riesgo; también el orbe intelectual y moral saben de estos asedios. ¿No es acaso la ignorancia el nombre de uno de los riesgos que debilita o anula las mejores tendencias de la formación humana? Por ello, la educación es la gran empresa, el acto heroico de liberar al espíritu de la férrea coerción de los riesgos que entraña la ignorancia, gestora de incontables males.
No sólo la educación sino la cultura en general se fragua enfrentándose con los peligros que conlleva el riesgo: la medicina combate los temibles riesgos de la enfermedad; la arquitectura hace de la casa el refugio placentero ante posibles embates de la naturaleza. Hay más, el mundo espiritual es también fruto del combate que sostenemos con los riesgos de la vida. En la experiencia religiosa, el logro de la salvación es la forma perfecta, el dominio absoluto de los riesgos de las seducciones del pecado; la filosofía es un combate sin término para librarnos de los riesgos de la incertidumbre intelectual en la incesante búsqueda de la verdad definitiva; en el arte asistimos a las mil formas de plasmar los rostros de la flaqueza humana, su vocación aleatoria o contingente. La historia, la sociedad traducen las vicisitudes de los pueblos en su afán de someter a su arbitrio los riesgos del poder político. La ciencia -que amplía nuestro saber del mundo- y la tecnología ostentan en nuestra época los mayores galardones en este combate sin tregua contra las consecuencias de los riesgos con el fin de extirparlos o reducir, al menos, sus dominios.Vivir es arriesgarse y cada uno debe asumir a su manera sus propios riesgos. En definitiva, y tras las aseveraciones precedentes, cabe alentar la idea de que la cultura es el conjunto de medios, formas y actitudes tendientes a limitar o someter a su arbitrio el dominio imperial de los riesgos a que está sometida permanentemente la condición humana. (c) LA GACETA.
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