La espera

Por María Eugenia Bestani, para LA GACETA - TUCUMAN.

09 Octubre 2005
Riega las plantas y habla con los pájaros con acento andaluz. Dice que sabe curar "de palabra" y que en una Semana Santa con lluvia, si tiene vida, sólo a ella le va a enseñar, que después de todo es su nieta, que algo de él debe de haber heredado.
Su madre lo ha recibido en casa, pero se mantiene a la distancia. Jamás le va a perdonar el traslado desde su ciudad natal a esta tierra voraz de cañaverales a la que le costó acostumbrarse, ni el abandono en la niñez, ni la sordidez de la casa de su tía, donde terminó de crecer. Ahora que ha aparecido enjuto y enfermo, después de cuatro décadas, su madre siente que cumple con un deber filial, pero quererlo, quererlo es otra cosa. Busca evitarlo, esquivar sus charlas de perro viejo que invariablemente conducen a esa pregunta que le destroza el alma:
-¿No ha vuelto la gringa?

Le arreglan la habitación con los muebles que han traído de la otra casa. Aunque ahora la ocupe este cuerpo supino, largo y correoso, puede reconocer las vetas en la antigua cama de cedro. Puede reconocer la mesa de luz con el cajón de esquinas torneadas. Apoya sus dedos en las puntas hasta que duelen. Sin embargo, cómo le cuesta reconocer sus rasgos o los rasgos de su madre en esa piel cuarteada.

Y ahora, toda la luz robada a las imágenes de color sepia de su habitación se derrama sobre una pequeña taza de porcelana.

El hombre sostiene la bandeja con su merienda. Dice querer pero ya no poder hablar. Retira con cuidado la espuma del café, la deposita en una servilleta y se toma de a sorbos el líquido.
¿Es todo en lo que puedo ayudarlo, abuelo?

Ella mira la espuma que se enfría; siente náuseas.

La puerta está abierta. El viejo agoniza y en el delirio lanza un gemido, dice que se la llevan a la gringa, que se la llevan descalza.

Oye su respiración y siente el pulso de la sangre en las propias sienes.

Cuando está a su lado se imagina que a su piel le crecen escamas duras, y ya no le duele más su presencia. Ahora es un pez que nada en el aire. Nada hacia la palmera del fondo donde las lechuzas tejen sus nidos de hojas y semillas de dátiles. Sobrevuela los jardines y tejados vecinos. A las manos pequeñas les brotan membranas y con ellas barrena el aire como en las aguas de un mar espeso.

Su madre le cuenta que se lo han llevado con las manos nudosas tiesas sobre el pecho. Luego, ella arranca las sábanas de un tirón y las arroja en la batea de lavar. Pronto, se deshace de los muebles, de la cama ancha, de la mesa de luz y del cajón de puntas torneadas.

Pronto, también, llega el tiempo en que su madre se sienta en el jardín, con los brazos vacíos sobre el regazo, como la virgen de la piedad pero sin el cuerpo del hijo, impasiva, a mirar cómo el viento mece las ramas. (c) LA GACETA

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