09 Octubre 2005 Seguir en 

Es un libro de filosofía sobre la Argentina. Pero apenas si se menciona a filósofos. ¿Y la filosofía como la disciplina de las citas y las sesudas notas a pie de página? Para Rozitchner la filosofía no es una disciplina, sino una indisciplina. La aventura filosófica es la afirmación de un deseo personal, desplegado en el trabajo de un pensamiento que ansía llegar hasta las últimas consecuencias.
"Yo fui un niño trotskista; el Reloj me corrigió el rumbo" (el Reloj era un conjunto de rock cuando Alejandro estaba en el colegio secundario).Más de treinta años después, aquel niño, ahora licenciado en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela, ofrece lo que él se propuso fuese un texto de ideas, una herramienta de trabajo para hacer un aporte al tema nacional: ¿qué queremos ser y cómo lo haremos? Varios textos suyos le sirven de precedente, sobre todo Ideas Falsas y Argentina Impotencia.
Insumiso y valiente, con ironía infrecuente en nuestro mundo filosófico, el pensamiento alejandrino se derrama en setenta y seis tesis.
Sólo puedo acá mostrar sucintamente algunas. Ya en el prólogo dice que la sociedad no debe ser más correcta, debe ser más plena.
¿Y la opinión pública? Las ideas que circulan en la opinión pública sólo buscan del modo más rápido descargar la frustración social y el resultado es un basurero de sentido.
La Argentina nunca fue un gran país, dice el autor, y esto no es una tragedia. Para crecer, necesitamos superar nuestra melancolía que siempre exclama: "¡Qué gran país fue la Argentina!"; no ser un gran país puede ser un paso para llegar a serlo.
¿Y el pueblo? El pueblo no existe. El pueblo es el personaje imaginario de todo planteo fascista y, en general, totalitario. Es posible que la masa sea una experiencia inevitable de la vida social, pero introducirla como la clave de la operatoria política es un gran paso que no debiera darse. La democracia es la forma sutil y abierta de tratar con los individuos que arman un país, donde hay proyectos particulares, desacuerdos y conflictos. La democracia no elimina los conflictos, los promueve.
¿No basta la historia de las últimas décadas, pregunta el autor, para saber que el pueblo no está en ningún lado? La izquierda es reaccionaria; levanta la bandera de la libertad, pero la destruye en cada paso que da. Lo que no implica volcarse a la derecha. Izquierda y derecha ya no dicen nada.
La crisis argentina, dice Rozitchner, es la realización de un hermoso fracaso, el goce perverso del no poder y del no querer poder, "tangueros hasta el final". Demasiado preocupados en producir y difundir el bien, apenas si dejamos espacio para un pensamiento que no sea moralizador.
"Para ser éticos, y lograrlo con eficacia, el primer paso es no hablar obsesivamente de la ética. La ética es acción, no dedo digno que señala culpables. Abandonemos la Cámara Argentina de Denunciantes" (tesis 31).
La lucha contra la corrupción no es una lucha moral y creerla existente sólo en la política es mala fe, pues la corrupción inunda el cuerpo de toda nuestra sociedad.
No podemos ignorar la pobreza. Por cierto, pero ser pobre no es ser bueno, es ser pobre; y ser rico no es ser malo, es disponer de riqueza. La cultura del pobrismo, al sacralizar la indigencia, termina inmovilizando a la sociedad.
Hay que terminar con el melodrama de la dominación. Los aglutinantes de la sociedad son fuerzas crudas y consistentes, expansiones afectivas y utilidades inmediatas.
La nueva política no aparece... y no aparecerá si la idea es comenzar todo de nuevo. Tom Peters aconseja dejar esa obsesión por la excelencia, que está en boca de casi todos, y percibir que la salida es hacer cosas adecuadas al momento.
¿Hacemos entonces una revolución? La revolución es el mal matrimonio de la extrema racionalidad con la extrema violencia; finge querer la vida, pero se relaciona con la muerte.
¿Y la memoria? Se hace hincapié de una manera delirante en la memoria; se invierte energía y tiempo en sacralizar el pasado, tanto el pasado supuestamente glorioso como el ominoso. Es mejor usar esa energía para el desarrollo de nuevos talentos y estrategias de invención. La única memoria útil es la espontánea.
"No necesitamos personas que renuncien a sus deseos sino todo lo contrario" (58). "El nosotros no se funda en la igualdad sino en la comunidad de intereses" (64). "La desigualdad no puede ser evitada, debe ser promovida y reglamentada" (65).
En el fondo, viene a decir Rozitchner, hay en nuestro país un debate entre dos culturas: los productores de crisis frente a los productores de país. Los primeros se gozan en el fracaso; los segundos están movidos por el entusiasmo. Aquí está el centro del libro, una teoría del entusiasmo.
Una persona entusiasmada es ella misma un cauce, con el entusiasmo se navega. Es un estar adentro de todo por el mero hecho de estar involucrado plenamente en algo. Y puesto que los argentinos somos individualistas, hay que darle a esta pasión un carácter constructivo. Late en el libro la impronta del pragmatismo.
¿Si recomiendo Amor y País? Hay personas de epidermis irritable ante un texto con reiteraciones y este las tiene. Si no se milita entre tales personas y se acepta que el estilo es el hombre, lo recomiendo. No serán penas de amor perdidas, sino alegrías de amor ganadas. (c) LA GACETA
"Yo fui un niño trotskista; el Reloj me corrigió el rumbo" (el Reloj era un conjunto de rock cuando Alejandro estaba en el colegio secundario).Más de treinta años después, aquel niño, ahora licenciado en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela, ofrece lo que él se propuso fuese un texto de ideas, una herramienta de trabajo para hacer un aporte al tema nacional: ¿qué queremos ser y cómo lo haremos? Varios textos suyos le sirven de precedente, sobre todo Ideas Falsas y Argentina Impotencia.
Insumiso y valiente, con ironía infrecuente en nuestro mundo filosófico, el pensamiento alejandrino se derrama en setenta y seis tesis.
Sólo puedo acá mostrar sucintamente algunas. Ya en el prólogo dice que la sociedad no debe ser más correcta, debe ser más plena.
¿Y la opinión pública? Las ideas que circulan en la opinión pública sólo buscan del modo más rápido descargar la frustración social y el resultado es un basurero de sentido.
La Argentina nunca fue un gran país, dice el autor, y esto no es una tragedia. Para crecer, necesitamos superar nuestra melancolía que siempre exclama: "¡Qué gran país fue la Argentina!"; no ser un gran país puede ser un paso para llegar a serlo.
¿Y el pueblo? El pueblo no existe. El pueblo es el personaje imaginario de todo planteo fascista y, en general, totalitario. Es posible que la masa sea una experiencia inevitable de la vida social, pero introducirla como la clave de la operatoria política es un gran paso que no debiera darse. La democracia es la forma sutil y abierta de tratar con los individuos que arman un país, donde hay proyectos particulares, desacuerdos y conflictos. La democracia no elimina los conflictos, los promueve.
¿No basta la historia de las últimas décadas, pregunta el autor, para saber que el pueblo no está en ningún lado? La izquierda es reaccionaria; levanta la bandera de la libertad, pero la destruye en cada paso que da. Lo que no implica volcarse a la derecha. Izquierda y derecha ya no dicen nada.
La crisis argentina, dice Rozitchner, es la realización de un hermoso fracaso, el goce perverso del no poder y del no querer poder, "tangueros hasta el final". Demasiado preocupados en producir y difundir el bien, apenas si dejamos espacio para un pensamiento que no sea moralizador.
"Para ser éticos, y lograrlo con eficacia, el primer paso es no hablar obsesivamente de la ética. La ética es acción, no dedo digno que señala culpables. Abandonemos la Cámara Argentina de Denunciantes" (tesis 31).
La lucha contra la corrupción no es una lucha moral y creerla existente sólo en la política es mala fe, pues la corrupción inunda el cuerpo de toda nuestra sociedad.
No podemos ignorar la pobreza. Por cierto, pero ser pobre no es ser bueno, es ser pobre; y ser rico no es ser malo, es disponer de riqueza. La cultura del pobrismo, al sacralizar la indigencia, termina inmovilizando a la sociedad.
Hay que terminar con el melodrama de la dominación. Los aglutinantes de la sociedad son fuerzas crudas y consistentes, expansiones afectivas y utilidades inmediatas.
La nueva política no aparece... y no aparecerá si la idea es comenzar todo de nuevo. Tom Peters aconseja dejar esa obsesión por la excelencia, que está en boca de casi todos, y percibir que la salida es hacer cosas adecuadas al momento.
¿Hacemos entonces una revolución? La revolución es el mal matrimonio de la extrema racionalidad con la extrema violencia; finge querer la vida, pero se relaciona con la muerte.
¿Y la memoria? Se hace hincapié de una manera delirante en la memoria; se invierte energía y tiempo en sacralizar el pasado, tanto el pasado supuestamente glorioso como el ominoso. Es mejor usar esa energía para el desarrollo de nuevos talentos y estrategias de invención. La única memoria útil es la espontánea.
"No necesitamos personas que renuncien a sus deseos sino todo lo contrario" (58). "El nosotros no se funda en la igualdad sino en la comunidad de intereses" (64). "La desigualdad no puede ser evitada, debe ser promovida y reglamentada" (65).
En el fondo, viene a decir Rozitchner, hay en nuestro país un debate entre dos culturas: los productores de crisis frente a los productores de país. Los primeros se gozan en el fracaso; los segundos están movidos por el entusiasmo. Aquí está el centro del libro, una teoría del entusiasmo.
Una persona entusiasmada es ella misma un cauce, con el entusiasmo se navega. Es un estar adentro de todo por el mero hecho de estar involucrado plenamente en algo. Y puesto que los argentinos somos individualistas, hay que darle a esta pasión un carácter constructivo. Late en el libro la impronta del pragmatismo.
¿Si recomiendo Amor y País? Hay personas de epidermis irritable ante un texto con reiteraciones y este las tiene. Si no se milita entre tales personas y se acepta que el estilo es el hombre, lo recomiendo. No serán penas de amor perdidas, sino alegrías de amor ganadas. (c) LA GACETA
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