Para refrescar la memoria de la tragedia de Paysandú

Por Federico Peltzer. Crueles episodios novelados de una guerra inicua.

09 Octubre 2005
El autor de esta novela histórica nació en 1949, en Florida, Uruguay. Ha publicado cinco novelas y dos libros de cuentos. Ganó el Premio Juan Rulfo, instituido por Radio Francia Internacional, y sus obras se han difundido en varios países. Confiesa que la presente le demandó diez años, lo que no es de extrañar por la minuciosa reconstrucción histórica que contiene.
Quienes conocemos algo de la historia de esta parte del continente, sabemos, hasta por haberla oído en boca de los mayores, lo que fue la tragedia de Paysandú, tranquila ciudad uruguaya edificada cerca de la costa del río Uruguay, salvajemente destruida por el odio faccioso de Venancio Flores y por la ambición imperial brasileña, deseosa de erigirse en árbitro del país vecino. Ello con la complicidad del gobierno de Buenos Aires, desempeñado por Bartolomé Mitre, y sobre todo mediante las intrigas pro brasileñas de su ministro Rufino de Elizalde. Sería largo repasar los antecedentes del conflicto, aunque no se puede silenciar la ayuda argentina a Flores -el carnicero de Cañada de Gómez- cuando cruzó a la otra orilla y amenazó a su legítimo gobierno. A partir de ahí, con nuestro visto bueno, el Brasil intervino para castigar supuestos desmanes en su frontera.
Paysandú fue sitiada en noviembre de 1864 por una fuerza de unos 20.000 hombres, más la escuadra comandada por el almirante Tamandaré, futuro responsable del desastre de Curupaytí. La pequeña guarnición y los civiles armados (poco más de 1.000 hombres), resistieron durante treinta y un días las embestidas del adversario. Destruida la ciudad, muertos casi todos los defensores, asesinados, prisioneros y vejados los sobrevivientes, el Brasil fue el primer beneficiario. Con su ayuda, Flores se hizo presidente del Uruguay y ambos arrastraron a la Argentina a la guerra contra el Paraguay, uno de los conflictos más dolorosos de nuestra América. Tan vergonzosa conjura aniquiló a un pueblo, desangró a otros tres y mereció la condena unánime de todo el continente. Flores terminó asesinado, como era de prever.
El autor toma partido por los blancos, cuyo caudillo, Leandro Gómez, se nos presenta como un hombre de valor y entereza sin igual. Defiende la ley y la Constitución, y no ahorra ningún sacrificio ante las maniobras del enemigo. Su integridad resalta hasta último momento, cuando lo fusila un oficial subalterno, violando las garantías otorgadas. El panorama de esos días terribles, entre el hambre, la enfermedad, la escasez de armas, la vana esperanza de un socorro que nunca llega, está descripto con crudo verismo e inclina las simpatías del lector por los vencidos. Delgado Aparain pone en boca de un andaluz aventurero, Martín Zamora (salvado del merecido fusilamiento por sus picardías anteriores), la mayor parte de la narración. La completan cartas, documentos auténticos y diálogos entre los participantes. De su versión surge la política doble de Mitre y de Elizalde, la sinuosa diplomacia brasileña, las vacilaciones de López y de Urquiza, sobre todo la soberbia de Tamandaré, cuyos desplantes presagian su futura actitud en la guerra del Paraguay. Quizá no se condena bastante a Flores, sin duda porque el autor es uruguayo y la memoria de aquel conserva aún cierto prestigio entre algunos compatriotas.
En resumen: una novela histórica veraz que desnuda los más crueles episodios de una guerra inicua y resalta las figuras de sus participantes. Entre estos asoma la abnegada silueta de Mercedes Osorio, primera luchadora, enfermera después, con cuya bella persona parece quedarse finalmente el afortunado Zamora. (c) LA GACETA

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