Inspector que es casi tan extravagante como Sherlock Holmes

Por María Eugenia Valentié. Morse tiene también su doctor Watson, y los diálogos entre ambos están entre lo más logrado del libro.

02 Octubre 2005
En las viejas novelas policiales, el detective era un personaje muy especial, inteligente, culto y más bien extravagante. Sherlock Holmes o Philo Vance tenían fortuna personal y actuaban gracias a su habilidad para describir crímenes y a su gusto por descifrar enigmas. Luego empezaron a aparecer los detectives privados: el más famoso fue Hércules Poirot, creado por Agatha Christie. Los protagonistas de las novelas, en las series inglesas como en la novela negra norteamericana, eran profesionales cuya habilidad superaba siempre los intentos de los policías oficiales. Pero, en las últimas obras del género, los protagonistas empiezan a ser investigadores oficiales. Los tiempos han cambiado y el investigador ya no actúa solo, sino que forma parte de una organización, que posee importantes medios tecnológicos y una serie de especialistas que se ocupan de los distintos aspectos del crimen. Sin embargo, el detective continúa siendo un protagonista absoluto, que reaparece en las distintas obras del autor. Tal es el caso del inspector Morse, de Colin Dexter; de Adam Dalgliesh, de P.D. James, o de Kart Wallander, de Henning Mankell.
El inspector Morse es tan inteligente, tan ególatra y casi tan extravagante como Sherlock Holmes, pero mucho más irónico. También tiene su doctor Watson, en este caso el sargento Lewis, cuyo sentido común contrasta con la erudición y la imaginación de Morse. Sus diálogos constituyen unos de los elementos más logrados del libro. Por supuesto, todo ocurre en Oxford, y la trama tiene que ver con la rivalidad entre dos profesores que aspiran al cargo de director de un college. Entre sus personajes, se encuentra un especialista en el aoristo subjuntivo del griego antiguo. Hay también muchas reflexiones e indicaciones sobre la sintaxis y el uso de la coma en el idioma inglés. Por supuesto, esto dificulta la traducción a nuestro idioma. Y, además, provoca el melancólico recuerdo de la colección de "El séptimo círculo", dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, cuyas obras eran traducidas por excelentes autores argentinos.
En el libro no sólo se cuenta el curso de la investigación policíaca, sino también los avatares de la vida del protagonista. En este tomo le ocurren dos cosas desagradables: descubre que tiene diabetes y debe pasar unos días internado en una clínica. Además, recibe una carta de su antigua novia, en la que le dice que, cansada de esperarlo, se ha casado con otro. Pero nada es tan terrible, el inspector mejora y vuelve a su trabajo después de haber conocido a una atractiva y amable enfermera. También en sus nuevas y exitosas investigaciones aparecerán nuevas figuras femeninas, que contribuirán a su restablecimiento.
Cada capítulo del libro va precedido por una cita que acentúa el tono irónico de la obra. Algunas merecen citarse, por ejemplo: "En vez de ser arrestado, como manifestábamos, por haber tirado a su esposa por la escalera de un puntapié y haberle arrojado una lámpara de kerosene encendida, el reverendo James J. Wellman murió célibe hace cuatro años", (de un diario norteamericano citado por Burne-Jones en una carta a lady Horner). O esta otra: "Enfrentar a los medios es más difícil que bañar a un leproso" (Madre Teresa de Calcuta). O esta: "Una corbata bien hecha es el primer paso serio en la vida". (Oscar Wilde)
No es seguro que estas citas sean auténticas. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios