La apasionada mirada de Kundera.

Las novelas de Kundera tienen el atractivo particular de conciliar la trama narrativa con la reflexión, el argumento de sus historias con la argumentación pensada.
No sorprende, pues, su libro reciente (El telón, Tusquets, Buenos Aires 2005), que consiste en una mirada apasionada sobre la naturaleza de la novela misma. De sus páginas puede decirse lo que Kundera atribuye a la teoría de la novela de Fielding: "teoría ágil y placentera; porque es así como teoriza un novelista: conservando celosamente su propio lenguaje, huyendo como de la peste de la jerga de los eruditos". El conflicto potencial entre reflexión y narrativa arriesga que la novela se torne meditativa y que sus personajes se conviertan en ilustración de las ideas del autor. Sin embargo, la incorporación de la reflexión exigente es -entiende Kundera- "una de las innovaciones más ambiciosas a las que un novelista se haya atrevido en la época del arte moderno". Pero tal reflexión es "ferozmente independiente de ideas preconcebidas"... "se nutre y se justifica por la vida de los personajes".
A su juicio, las artes acceden al mundo desde puertas muy diferentes. En este sentido la novela no es un "género literario" sino un arte cuya competencia es exclusiva: "llegar al alma de las cosas", "describir la naturaleza humana", arrimarse al "enigma existencial". Como Fielding, Kundera defiende a la novela por el terreno de realidad que ella debe descubrir, no por su forma: "(Fielding) se defiende por adelantado contra todas las normas que quisieran imponerle esos ?funcionarios de la literatura? que para él son los críticos... su forma, en cambio, apela a una libertad que nadie puede limitar y cuya evolución será una perpetua sorpresa".
Recordemos, a propósito de esas normas, lo que Don Quijote explica a Sancho antes de morir: Homero y Virgilio no describieron a sus personajes "como ellos fueron, sino como habían de ser para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes". Mérito temprano de Cervantes ha sido construir su Quijote como lo que sea, menos un ejemplo a seguir. "Los personajes novelescos -agregará Kundera- no piden que se les admire por sus virtudes. Piden que se les comprenda, lo cual es algo completamente distinto... Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Esta es la razón de ser del arte de la novela". En contraste con la epopeya, que exalta figuras ejemplares, la novela se acerca a la insignificancia de la condición humana.
El narrador relata la ocurrencia de un pasado, y un problema central de la novela es que la vida -su blanco- es siempre tiempo presente. El pasado se hace abstracto, "pierde su carácter concreto y se vuelve silueta"... "Pero ¿cómo contar los acontecimientos pasados y restituirles el tiempo presente que han perdido? El arte de la novela ha encontrado la respuesta: presentando el pasado en escenas. La escena, contada inclusive en pasado gramatical, es, ontológicamente, el presente: la vemos y la oímos; tiene lugar delante de nosotros, aquí y ahora". En El idiota, por ejemplo, Dostoievski nos hace vivir el sortilegio de un extendido presente de quince horas, en no más de cuatro escenas que le toman unas doscientas cincuenta páginas del libro. De ahí la paradoja: "el novelista quiere mantener toda la verosimilitud de la prosa de la vida, pero la escena pasa a ser tan rica en acontecimientos, tan desbordante de coincidencias, que pierde tanto su carácter prosaico como su verosimilitud".
La prosa de la vida está escrita por lo cotidiano, y este suele ser reiterativo, aburrido, sin relieves. Virtud de la novela es rescatar la belleza que esconde lo cotidiano. Una atmósfera, por ejemplo. La llovizna otoñal que empapa nuestro ánimo en la melancolía; el perfume de café recién molido que percibimos desde nuestra mesa entornada por el murmullo de charlas que apenas si intentamos descifrar, pero cuyo sentido nos envuelve. "Sólo la novela supo descubrir el inmenso y misterioso poder de lo fútil". Y nótese las consecuencias de este hallazgo. Mientras la historia de Edipo construye la condición trágica de cada escena (la convivencia de Edipo con su madre, por ejemplo) desde la lógica interna trazada en las escenas anteriores, la novela suele recurrir a lo fútil para desencadenar el dramatismo en las acciones de sus personajes.
"¿Por qué se suicida Ana Karenina?", se pregunta Kundera. Al ver a Yocasta ahorcada y enterarse de su verdadera identidad, Edipo se arranca los ojos. Entre su nacimiento y ese acto final hay una rigurosa forzosidad causal reclamada por la tragedia clásica. Ana Karenina, por el contrario, despierta a la idea de su propia muerte en ocasión de un recuerdo trivial: "Atormentada después de una discusión con Vronski, recuerda de repente la frase que dijo, en plena excitación, poco tiempo después de dar a luz: ?¿Por qué no me habré muerto?? y se detiene largamente en ella (Notemos: no es ella quien, al buscar una salida a la trampa en que ha caído, llega con toda lógica a la idea de la muerte; es un recuerdo el que, suavemente, la incita)". A la lógica simplificada de la tragedia, Tolstoi opone su crónica del suicidio de Ana Karenina desde un monólogo interior de su personaje, deshilvanado, ilógico. Y a juicio de Kundera, Tolstoi ejecuta así una hazaña "que no tiene parangón en la historia de la novela, ni nunca lo tendrá". Pues no cayó en la tentación de explicar el extremo dramatismo desde una lógica argumental que abandona lo concreto y olvida así la prosa ilógica de la vida humana.
En contra de la difundida ideología del "compromiso" (promovida, entre otros, por Sartre), Kundera defiende la novela como un oficio rebelde destinado a rasgar el disfraz de la "preinterpretación": "Un telón mágico, tejido de leyendas, colgaba ante el mundo.
Cervantes envió de viaje a Don Quijote y rasgó el telón. El mundo se abrió ante el caballero andante en toda la desnudez cómica de su prosa"... "Cervantes puso en marcha ese arte nuevo; su gesto destructor se refleja y se prolonga en cualquier novela digna de ese nombre; es la seña de identidad del arte de la novela".
La búsqueda de precisiones significativas en cualquier rama del arte es asunto difícil. ¿Y qué tarea humana no lo es cuando se la empuja hasta sus límites? El esfuerzo de Kundera por descifrar la naturaleza de la novela merece leerse por su vivacidad creativa, por su cercanía con el fenómeno y sus imprevisibles intuiciones de novelista. (c) LA GACETA







