
Hace poco tiempo y cargado de años, llegaba al fin de su vida el padre de un entrañable amigo, también fallecido. Nos incomodan por lo personales estas referencias, pero son necesarias para darle valor testimonial a lo que intentaremos aquí decir.
El hombre en cuestión era un espléndido e incansable lector, y a lo largo de su prolongada existencia se había perfeccionado en tal hábito con una siempre renovada frescura que, tal vez por esto mismo, iba afilando de un modo cada vez más preciso su capacidad crítica como leyente.
Ahora, entre la multitud de libros leídos, releídos o nunca abandonados, eligió siempre, y con una absoluta fidelidad, El Quijote como su libro de cabecera. Iba por cierto más allá de una preferencia o una frecuencia de lectura: lo incorporaba a sus decires, sus ocurrencias, sus juicios y sus reflexiones. Había hecho suyo, en el sentido más cabal de la expresión, el libro de Cervantes. Ni su pasatiempo favorito ni tampoco su maniático delirio: inteligencia desposada con su objeto.
Esa verdadera compenetración entre una vida y un libro, cuando es genuina y añejada, coloca tal afición a una distancia enorme por ejemplo de, digamos, un vocinglero predicador religioso encomiando su Biblia en las plazas. Y por otra parte, le da una capacidad de contagio tan poco aparatosa como silenciosamente eficaz. No es un "efecto multiplicador" mecánico y sólo cuantificable, sino algo con verdadera vida, que llamaríamos vigor fecundante si nos apuran. Quien tuviese un mínimo trato con este lector quedaba desde entonces con la deuda abierta hacia un libro por abrir o por volverlo a hacer de nuevo para descubrir allí lo que aún no se le había entregado: recibía las palabras mágicas de invocación para suscitar también en él ese hechizo.
Pero había veces en que este lector nuestro, en su conversación, hacía en realidad citas implícitas y desapercibidas de El Quijote, transmitiendo entonces a sus interlocutores lo verdaderamente medular de tal obra sin la necesidad que algunos tienen -a veces maniática, cuando no pedante por lo inoportuna- de lucir las tapas del libro.
Notemos que, tras el decir ingenioso o la agudeza humorística hay en las páginas de Cervantes toda una mansa y sabia madurez otoñal sobre la vida y los hombres, una algo cansada pero benigna indulgencia sobre el género humano que pareciera resultar, más que del experimentado conocer a la gente, del rendido y penitencial conocimiento de la propia vida vivida y sus flaquezas. (Es, dicho sea de paso, la distancia que separa a Cervantes de Quevedo, aun concediendo que el autor de Los sueños pueda caer en la burla impiadosa hacia los prójimos por la pendiente de sus infinitos juegos verbales antes que por misantropía.)
Y resulta que este era el mayor valor del contagio que hacía con su libro este lector del que hablamos. El servicio esencial que, siempre hemos insistido, ha de prestarnos la literatura: adensar nuestra humanidad. Por esta razón, en una comunidad como las nuestras, cuyo delicado e inestable equilibrio cultural padece los azarosos remezones sudamericanos, la ausencia de un añoso lector cabal resiente todo el tejido social en alguna dimensión imprecisable. No nos inquietemos solamente cuando se vayan yendo de esta vida nuestros creadores. Tal cual lo decía en este Tucumán el filósofo Alberto Rougés: "Los creadores de cultura y su público se implican recíprocamente, se complementan, forman un todo, una estructura, que es la cultura viviente de una sociedad. Público y creador son los dos únicos protagonistas del drama de la cultura, no hay otros."
También los lectores, los buenos lectores, hacen entonces a esta "cultura viviente de una sociedad". Por eso urge restañar la herida, cubrir el vacío. Otro lector de El Quijote, se necesita. (c) LA GACETA







