25 Septiembre 2005 Seguir en 

Para plasmar cuanto le importa, Marta Braier construye pequeñas escenas o dibuja escenarios mínimos que insinúan o sugieren mucho más de lo que efectivamente dicen. Y es esta capacidad de acotar la enunciación, de velar en parte para hacer en parte evidente, lo que constituye el arte cabal de esta poeta tucumana.
"Sueño con cierto pudor / tomo siempre el mismo atajo / la misma calle oscura // El venía en bicicleta / conversábamos // Hay un caballo muerto / detrás de la ventana / y un pianista que no deja de tocar // Uno esgrime razones / tristes redes // (...) Antes era fácil creer / El venía en bicicleta / conversábamos".La poesía de Marta Braier propone una especie de antirretórica. Lejos de alentar el flujo de la abundancia o el pronunciamiento asentado en imágenes frondosas, sus palabras, más que interesadas en decir parecen empeñadas en preservar lo indecible. Y si no buscan acallar pareciera que lo callado sin cesar las busca. Se diría, por eso, que cada una de ellas cae sobre el papel como si goteara desde una emoción que las va dictando con lenta precisión. Pese a este procedimiento cauteloso, las veintisiete piezas del texto se despliegan sin perder frescura. La concisión se afirma, así, conciliada con la fluidez, y el resultado es un pronunciamiento en el que lo tácito se hace oír siempre con fuerza a través de unos pocos indicios.
Marta Braier es, como poeta, una exploradora de secretos bien guardados, secretos que no son los que ella tiene sino los que la tienen a ella, aquellos en cuyas manos está y a los que no se cansa de interrogar. La suya es una batalla librada simultáneamente contra el silencio y a favor de él; de un silencio que desata en ella la palabra y la amordaza a la vez.
"Trepa la calle / el aire raspa cerca del parque // briznas de sentido quiere / y no este día dando vueltas / Vueltas // (...) dan pena estas hamacas quietas".
Al operar en esa región ambigua, donde el sentimiento de la vida linda con una irremediable incomprensión última de su sentido, la voz termina por comulgar con el mutismo y la claridad de las formas visibles, con la oscuridad de su significado. Una fatigada lucidez, a la que la emoción de existir impide caer en la resignación y el abandono, recorre este libro con el que Marta Braier ha sabido encontrar su lugar en la poesía argentina. (c) LA GACETA
"Sueño con cierto pudor / tomo siempre el mismo atajo / la misma calle oscura // El venía en bicicleta / conversábamos // Hay un caballo muerto / detrás de la ventana / y un pianista que no deja de tocar // Uno esgrime razones / tristes redes // (...) Antes era fácil creer / El venía en bicicleta / conversábamos".La poesía de Marta Braier propone una especie de antirretórica. Lejos de alentar el flujo de la abundancia o el pronunciamiento asentado en imágenes frondosas, sus palabras, más que interesadas en decir parecen empeñadas en preservar lo indecible. Y si no buscan acallar pareciera que lo callado sin cesar las busca. Se diría, por eso, que cada una de ellas cae sobre el papel como si goteara desde una emoción que las va dictando con lenta precisión. Pese a este procedimiento cauteloso, las veintisiete piezas del texto se despliegan sin perder frescura. La concisión se afirma, así, conciliada con la fluidez, y el resultado es un pronunciamiento en el que lo tácito se hace oír siempre con fuerza a través de unos pocos indicios.
Marta Braier es, como poeta, una exploradora de secretos bien guardados, secretos que no son los que ella tiene sino los que la tienen a ella, aquellos en cuyas manos está y a los que no se cansa de interrogar. La suya es una batalla librada simultáneamente contra el silencio y a favor de él; de un silencio que desata en ella la palabra y la amordaza a la vez.
"Trepa la calle / el aire raspa cerca del parque // briznas de sentido quiere / y no este día dando vueltas / Vueltas // (...) dan pena estas hamacas quietas".
Al operar en esa región ambigua, donde el sentimiento de la vida linda con una irremediable incomprensión última de su sentido, la voz termina por comulgar con el mutismo y la claridad de las formas visibles, con la oscuridad de su significado. Una fatigada lucidez, a la que la emoción de existir impide caer en la resignación y el abandono, recorre este libro con el que Marta Braier ha sabido encontrar su lugar en la poesía argentina. (c) LA GACETA
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