25 Septiembre 2005 Seguir en 

No sabemos en qué punto de la trayectoria vital humana nace el cuento, pero sí sabemos que allá, unos treinta, o más, siglos antes de Cristo, ya había relatos breves, grabados con elementos punzantes, en tabletas de arcilla.Sabemos también que luego aparecieron los relatos en sarta, como las cuentas de un collar, y que estos, a pesar de su autonomía, tenían elementos estructurales que permitían verlos como parte de un todo: son los casos del Pantschatantra, del Calila e Dimna, de Las Mil y una noches, de El Conde Lucanor, entre otros.
El librito que hoy nos ocupa nos remite a aquellas lejanías: un narrador que va enhebrando cuentos; elementos estructurales representados por un relator (en este caso, el sapo, pariente no lejano de aquel que con Javier Villafañe narraba sus sueños a un auditorio cada vez mayor, en la huerta), un mismo espacio literario (el Impenetrable chaqueño, con todas sus características de flora, fauna y encanto) y un nexo que sobre el final del cuento, eslabona el inicio de otro.
En estos cuentos, los animales hablan, dan ejemplos de vida y de conducta (sin que el autor se haya propuesto didactismo ni moralejas, por suerte), gozan del paisaje, aman el mundo, la vida y a sus semejantes.A lo largo de los relatos, y de vez en cuando, perfectamente dosificados, el autor esparce brillos líricos, como si se hubiera atomizado la luna.
Da gusto leerlos (aun a los adultos). Embelesan la sencillez, la inocencia, la lograda espontaneidad y la pureza del discurso. Es como si volviéramos al quinto día de la Creación, cuando los animales empezaron a llenar el aire con sus variadas voces.
Cierra el libro una breve autobiografía del autor (aparentemente chaqueño), en perfecta consonancia con el resto del libro. (c) LA GACETA
El librito que hoy nos ocupa nos remite a aquellas lejanías: un narrador que va enhebrando cuentos; elementos estructurales representados por un relator (en este caso, el sapo, pariente no lejano de aquel que con Javier Villafañe narraba sus sueños a un auditorio cada vez mayor, en la huerta), un mismo espacio literario (el Impenetrable chaqueño, con todas sus características de flora, fauna y encanto) y un nexo que sobre el final del cuento, eslabona el inicio de otro.
En estos cuentos, los animales hablan, dan ejemplos de vida y de conducta (sin que el autor se haya propuesto didactismo ni moralejas, por suerte), gozan del paisaje, aman el mundo, la vida y a sus semejantes.A lo largo de los relatos, y de vez en cuando, perfectamente dosificados, el autor esparce brillos líricos, como si se hubiera atomizado la luna.
Da gusto leerlos (aun a los adultos). Embelesan la sencillez, la inocencia, la lograda espontaneidad y la pureza del discurso. Es como si volviéramos al quinto día de la Creación, cuando los animales empezaron a llenar el aire con sus variadas voces.
Cierra el libro una breve autobiografía del autor (aparentemente chaqueño), en perfecta consonancia con el resto del libro. (c) LA GACETA
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