Una crónica tan abrumadora como esclarecedora

La prensa nacional, desde la romántica visión de Mariano Moreno hasta hoy. Por Federico Abel.

25 Septiembre 2005
El adolescente que hoy navega despreocupadamente por Internet, que otea -cuando lo hace- las últimas noticias en las versiones digitales de los diarios o que las lee mediante las placas rojas con las que asusta la televisión, seguramente se sorprendería si le dijeran que este estado de cosas "machluhiano", tan virtualmente natural para él, no tiene más de 15 años de vida. Tan reciente es esto que, en la primera y recordada edición de La Gazeta de Buenos Aires, de 1810, el inolvidable Mariano Moreno se sorprendía como un niño por el avance de la libertad. Aún le parecía algo extraño. "Rara felicidad de los tiempos en los que se puede sentir lo que se quiere y decir lo que se siente", intuía en lo que pronto iba a ser el lema del medio considerado el buque insignia de la historia periodística argentina.Esta corazonada moreniana, nunca está de más aclararlo, fue difícil de consolidar en nuestro país debido a los innumerables cercenamientos contra el derecho de expresión (de la sociedad) que hubo, producto de infinitos quiebres institucionales. No obstante, hoy es una verdad -y una garantía- incuestionable, que está protegida por la propia Constitución nacional. Pero, más importante aún, es una realidad inescamoteable.
En la nueva edición de "Paren las rotativas: diarios, revistas y periodistas", que consta de dos tomos (1920-1969 y 1970-2000), Carlos Ulanovsky cronica los avatares que sufrió la prensa nacional desde aquella romántica visión del secretario del primer gobierno patrio, como enseñan en la escuela, hasta la hiperrealidad del niño que, antes de desayunar, enciende la computadora. Se trata de una obra de consulta que, pese al antetítulo ("Historia de los medios de comunicación en la Argentina", correspondiente a la colección de la editorial Emecé, puesto en letras pequeñas), no es un sesudo estudio histórico, sino el trabajo de recopilación de un periodista que se ha puesto a indagar sobre sus orígenes. Y lo hace con el entusiasmo del reportero que no quiere perderse detalle y que después escribe de corrido, casi sin corregir, con la única premisa de no dejar nada fuera de la página. Por ello, no hay una explícita línea argumental que sirva para fraccionar -y ordenar- los diferentes períodos de este zigzagueante derrotero. ¡No! El relato es casi cronológico, por décadas -el autor ya está trabajando en el ciclo 1997-2006-, de manera que los cambios se van haciendo evidentes página tras página. No hace falta resaltarlos, como sucede con las buenas y parcas crónicas. Ya se sabe: el periodismo es la primera lectura de la historia.
Un periodista, si quiere saber por qué su oficio es como es en la Argentina, no puede no tener en su mesita de luz -ni hojearla todas las noches- esta intensa recopilación, que comienza verdaderamente en 1867, con el vespertino rosarino La Capital. Hasta entonces, el periodismo había sido la continuación gráfica de las luchas políticas facciosas. Por primera vez un diario era voceado en las calles y quería abrir sus columnas a la gente. Allí empieza (Ulanovsky) un recorrido vertiginoso, tan abrumador como esclarecedor. Por eso, no hay que leerlo de un solo tirón, sino por décadas o según el indispensable índice de nombres y de medios. Además, hay interesantes despieces (como se les llama en las redacciones) con informaciones breves sobre los medios y numerosos "en primera persona", espacio dedicado a que conocidos periodistas cuenten cómo se enamoraron de informar mediante las inextricables palabras, que nunca terminan de revelar (nos) sus secretos, como le gusta decir al español Eduardo Haro Tecglen, de El País.
La falta de una segmentación, quizás, sea la explicación de por qué los principales medios gráficos del interior -incluida LA GACETA- tienen escasas referencias frente al abundante espacio con que cuentan publicaciones porteñas que hoy no existen. Pero esta omisión -aún susceptible de ser subsanada en ediciones posteriores- no invalida el trabajo.
Se va acabando esta reseña, seguramente imprecisa e incompleta. Los párrafos anteriores parecen haber sido un largo prólogo -una excusa- para llegar al corazón del libro y de la reciente historia argentina: sí, los años 70. Con la ventaja que otorga la distancia, da escalofrío el titular de La Razón del 23 de marzo de 1976: "Es inminente el final. Todo está dicho". Intimida aún más el triste comunicado 19 de la Junta Militar: "será reprimido con reclusión de hasta 10 años el que, por cualquier medio, difundiere, divulgare o propagare comunicados o imágenes con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar la actividad de las Fuerzas Armadas, de seguridad o policiales". Al periodismo (a los periodistas), entonces, los acongojaba este dilema: el calvario o la reproducción de lo que otros ordenaban que era la realidad. No había márgenes. Para lo segundo, como recuerda Rodolfo Terragno, funcionaba en la Casa Rosada (el mismo esquema se reproducía en las provincias) un servicio gratuito de lectura previa de los diarios (antes de que fueran impresos), forma eufemística de llamar a las oficinas de censura. Sí había libertad informativa -permiso más bien- para difundir los amoríos entre Susana Giménez y Carlos Monzón; para seguir la esquizofrénica vida del dólar o especular con la tablita de José Alfredo Martínez de Hoz (un diario fue fundado específicamente para esto); para filmar los goles de Mario Kempes durante el Mundial de 1978 y para, durante el conflicto bélico por las Malvinas (1982), comunicar: "no tenemos bajas", "estamos ganando", "esta es la guerra de todos". A la libertad había que ganarla, con la vida misma, con los aguijonazos elípticos del humor o en inglés (como hacía The Buenos Aires Herald). Por suerte, hoy, al niño del comienzo de este texto le resultaría impensable que pudieran indicarle a qué sitios de Internet puede entrar (la web termina siendo un gran escollo contra las pretensiones controladoras de los autoritarios). Pero Moreno, nuestro primer periodista, si leyera la larga crónica de Ulanovsky, seguramente seguiría pensando que es tan rara como impagable la felicidad de poder escribir (y en una tipografía de tamaño 54) lo que uno piensa. (c) LA GACETA

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