
No puedo pretender, ni mucho menos, que mi experiencia tenga valor universal. Pero desde hace 11 años soy correctora, y siento muchas veces que es una tarea ingrata. Suelo compararla con la del ama de casa: sólo se nota cuando está mal hecha. Inclusive, diría que es más ingrata: después de todo, las madres pueden llegar a escuchar un "¡qué rico!", de vez en cuando...
Se sabe: en un diario, tradicionalmente los periodistas son estrellas; todas las puertas se abren ante una credencial que diga Prensa. Por otro lado, y con el auge de la imagen, fotógrafos y diseñadores van pisándoles los talones. También hay premios internacionales para ellos. El reconocimiento al acto creativo suele llegar, tarde o temprano. Pero difícilmente alguien se acuerde del corrector cuando lea una crónica bien escrita; a primera vista, nada hay de creativo en la corrección de algo realizado por otro.
Pero esto no es todo: a más de ser una tarea ingrata, la del corrector (al menos la del que trabaja como nosotras, contra reloj y leyendo en una computadora) es una tarea paradojal. Exige un ejercicio que fuerza el funcionamiento normal (para llamarlo de alguna manera) de la percepción. La cosa es así: con el vértigo que exige la producción de la noticia, los textos que hay que corregir van apareciendo en nuestras pantallas y, a toda velocidad -pues los horarios de cierre apremian- debemos deslizar nuestra mirada sobre ellos. Y al tiempo que hay que detectar errores -ortográficos, de tipiado-, debemos permanecer atentas al sentido e inclusive a la precisión de los datos. De lo contrario, corremos el riesgo de que en un diario de 2005 salga publicado algo así como "El presidente Alfonsín dijo que hay que botar a López Murphy", en lugar de "El ex presidente Alfonsín dijo que no hay que votar a López Murphy". Resulta evidente que hasta contando con un eficiente corrector ortográfico este problema no lo resuelve una computadora por sí misma. Así las cosas, la tarea de un corrector consiste, por un lado, en descomponer las palabras en sus elementos (lo que llamamos deletrear) y al mismo tiempo seguir manteniendo sus Gestalten, para poder descifrar el sentido de cada frase. Todo esto, a la máxima velocidad posible. Es cierto; dicho así no parece gran cosa. Pero podría llegar a demostrarse lo contrario.
La Gestalt
La hipótesis es que leer letra por letra es antinatural. La escuela de la Gestalt, cuyos padres fueron Köhler y Koffka, se dedicó a estudiar la Psicología de la Percepción. Lo que sigue son algunas explicaciones que dan fundamento a mi hipótesis. La organización en un campo sensorial es un hecho característico del sistema nervioso. Los sujetos no experimentan sensaciones simples y luego las combinan para formar otras más complejas, sino que perciben directamente configuraciones complejas como una totalidad; el análisis de los elementos es posterior. Este fenómeno es totalmente a priori y tiene fines adaptativos. El intento de analizar por separado los componentes de una estructura siempre requiere un esfuerzo e inclusive un aprendizaje: es necesario invertir el proceso inconsciente y automático de organizar. El transcurso del tiempo y la experiencia aumentan la constancia perceptual porque se incrementa la capacidad de organización de los estímulos según los patrones adquiridos. Es esta característica lo que hace posible que el mundo sensorial se transforme en algo con significado. En pocas palabras, podríamos decir que la tendencia natural es captar los mensajes de las palabras aun cuando estas no estén correctamente escritas, ya sea por trasposición de elementos, porque falten letras o se hayan colocado las que no corresponden (el típico error de ortografía o de tipiado). El fenómeno lo explican los gestaltistas con la llamada Ley de cierre, que da cuenta de por qué las figuras incompletas tienden a percibirse como figuras completas. Y como si esto fuera poco, la experiencia, las emociones, las motivaciones y las actitudes son variables intervinientes que determinan en cierto sentido qué y cómo se percibe. Entonces, un segundo de distracción en la lectura puede resultar fatal. Porque aunque el texto diga "La primera dama tenía un mono en la cabeza", uno vio lo que sabía que tenía que decir: "La primera dama tenía un moño en la cabeza". ¿Se imaginan la cara del jefe de Redacción al día siguiente? Y no nos engañemos: a lo largo de una jornada laboral los segundos de distracción pueden ser muchos; después de todo, los correctores somos humanos, ¿no?Pero nuestros tropiezos no terminan aquí. Hay también una cuestión que se sumerge en el ámbito de lo intersubjetivo: la corrección suele ser vivida como herida narcisística. Supongo que se remonta a la originaria reprimenda paterna, pero lo cierto es que son pocas las personas que están dispuestas a aceptar la necesidad de que un tercero revise sus textos. Y esas pocas suelen tener un fuerte espíritu socrático -el famoso "sólo sé que no sé nada"-, que les permite aceptar los límites que impone su humanidad y reconocer que su saber específico es diferente del saber del corrector; y que ambos saberes se complementan. Así las cosas, a la experiencia de la naturaleza humana forzada por la praxis se suma la de una suerte de rencor mudo contra lo que algunos colegas periodistas llaman "la tiranía de las correctoras". Y la correctora, cuya tarea sin embargo es noble, queda en el medio. Digo que es noble porque, de algún modo, su función es tratar de proteger y lograr el mejor uso posible de ese legado invalorable que es para los hablantes -y escribientes- la lengua, en nuestro caso, la española. Defensoras de pobres parecemos a veces; las agresiones a las que la lengua es sometida por nosotros, sus usuarios, pueden llegar a ser sangrientas. Y en general, poca gente se preocupa por ello. "Se entiende igual", suele escucharse y suena a fastidio... y una vez más, la correctora, en el medio.Morgana
La protagonista femenina de "En los límites del aire, de Haroldo Cuevas" -hermosa nouvelle de Rogelio Ramos Signes (1)- se llama Morgana. Morgana trabaja en una imprenta como correctora de pruebas. Morgana es una extraña analfabeta: no sabe leer, pero es capaz de repetir de memoria libros completos. Y eso no es todo: Morgana es una "operaria"; lo que podríamos llamar una androide. ¿No es fascinante? Entre las cosas que suceden con Morgana está el hecho de que le enseñan a leer, y para ello utilizan un libro que, por supuesto, ha sido corregido por ella. Pero antes de todo esto a Morgana le han sucedido otras cosas: se ha enamorado -y, para colmo, de un humano-; y cuando en la imprenta descubren que está embarazada matan a su niño y la esterilizan. Mientras tanto, se le han "escapado" unas erratas, y termina expulsada de "La Gran Fábrica". Ramos Signes no lo dice. Pero me gusta pensar -y al mismo tiempo me duele pensarlo- que mientras Morgana se limitó a ser sólo una "operaria" fue una correctora eficientísima; pero se enamoró, y cuando comenzó a humanizarse se le escapó el error...
Sí, ya sé; es sólo una de las muchas interpretaciones posibles de esta parte de la historia de Morgana. Pero me sirve para pensar mi práctica. Ser corrector pone al ser humano en el punto de forzar su naturaleza; más precisamente, la estructura misma del sistema nervioso, según explica la Psicología de la Gestalt. Quizás sea ese, entonces, el acto creativo cotidiano de las correctoras: el de construirnos día a día humanas intentando ser tan eficientes como una "operaria", aunque sabemos que no lo lograremos nunca; comprensivas -aunque a veces perdamos la paciencia; perdón por ello- con la susceptibilidad y hasta con la paranoia de nuestros semejantes; y con la tranquilidad de saber que nuestra mayor recompensa será la satisfacción íntima y silenciosa que nos da leer, al día siguiente, nuestro trabajo. Aunque los demás no sepan que también es nuestro. (c) LA GACETA
NOTAS
1) Ramos Signes, Rogelio, En los límites del aire, de Haroldo Cuevas. Revista El Péndulo Nº 13, Buenos Aires, 1986.







