18 Septiembre 2005 Seguir en 

Un libro como Horizonte, de Manuela Fernández, plantea al lector distintos interrogantes de difícil respuesta. El primero, quizá el más arduo, es el siguiente: ¿qué hace que un libro de poemas escrito con sinceridad y sentimiento alcance un valor estético, y no quede, en cambio, en malograda confesión personal en versos? Luego, ¿por qué implacable justicia histórica un poema que sesenta o setenta años atrás podría haber estado a tono con el estilo de la época hoy nos suena irremediablemente anticuado? Y también: un poema que hoy nos parece poéticamente gastado, ¿hubiera tenido valor sesenta o setenta años atrás? Por otra parte, si el lector en cuestión es eventualmente un crítico que debe opinar públicamente -vale decir, responsablemente- sobre el mérito de un libro, ¿corresponde exponer con franqueza el propio juicio negativo sobre la obra, para no herir a su autor, que ha puesto en ella la sangre, el sudor y las lágrimas de episodios de la propia vida, o debe por el contrario eludir la valoración y referirse a los temas, las imágenes, la métrica, como si se analizara un texto realmente irreprochable?
Manuela Fernández es tucumana, maestra normal nacional y profesora en sedas y oro; ha estudiado pintura y diseño y ha expuesto miniaturas bordadas en seda y pinturas sobre porcelana en el país y en el exterior, algunas de las cuales ilustran este libro. Horizonte reúne veintisiete poemas, cuyos motivos son el amor a los padres y a los hijos, las alegrías y dolores de la vida, la patria, la recuperación de las Malvinas y una religiosidad que recorre los versos como un soplo de sentido cuando la existencia pareciera ahogarse de insensatez. La delicadeza técnica que se advierte en las obras de porcelana reproducidas en las láminas del volumen, no tienen su equivalente en el arte de la palabra poética, que manifiestan una evidente ingenuidad e impericia estilística. Leamos, entre muchos otros ejemplos posibles, el poema "Diego", con que se abre el libro: "Con D de Dios, con i de increíble, con e de esperanza, / con g de gracias, con o de obstinación; así viniste, mi Diego. / Desde ese rincón del alma allí donde ocultan los más íntimos / anhelos, las voces de mi soledad te llamaban / quedamente, o gritaban enronquecidas de clamor sin eco. / ¡Dormiste tanto tiempo en mis sueños! / Con i de increíble, fue el día que auguró en mis oídos tu llegada / con alegría en llanto, volando en la e de esperanza / venías, a iluminar una vida que el dolor muchas veces / quiso romper. / Con o de obstinación llegaste a salvarme... / Y hoy puedo embelesarme en tu carita de piel sonrosada, / conversar contigo incomprensibles idiomas de querubín y / llegar hasta tus ojos de inquisitiva mirada. / Porque ahuyentaste las tinieblas de mi vida y tal vez de / otras vidas, por eso Diego, en verdad tu nombre se escribe / con D de Dios y de g de gracias."
Lamentablemente, hay páginas que valen más en un cuaderno privado que se lega a los hijos como un testimonio de nuestro amor de padres, que en un libro expuesto públicamente a la lectura de quienes no necesariamente tienen que sentir el valor de tal testimonio personal. Tal es el caso de este libro, donde son raros los textos que logran la necesaria autonomía estética. Uno de ellos, a mi juicio, es el poema "Préstamo", donde la humildad de la expresión condice -y hace incluso aceptable ciertos ripios y tropiezos estilísticos- con la humildad del sentido: "Te presto, dijo Dios a esta alma mía / para vivir en el mundo, de momento / un cuerpo que será sólo lamento, / límite y muro de esa tu alegría. // Salvo dolor, no me fue dado nada en demasía; / ni dicha, ni belleza, ni talento. / Por eso tuve, siempre tuve el sentimiento / de estar viviendo aquella profecía."
Por último, no se puede coincidir con la definición del libro como una "joyita", según se lee en el emotivo prólogo de Ruth Fernández: el cuidado puesto en la reproducción de las obras plásticas de Manuela Fernández no ha sido acompañado por la atención editorial a los textos, en los cuales campean demasiados errores ortográficos, sintácticos y tipográficos.
También esas minucias, cuando se trata de un arte que trabaja con el valor de cada sílaba, tienen que ver con la calidad estética de la obra. (c) LA GACETA
Manuela Fernández es tucumana, maestra normal nacional y profesora en sedas y oro; ha estudiado pintura y diseño y ha expuesto miniaturas bordadas en seda y pinturas sobre porcelana en el país y en el exterior, algunas de las cuales ilustran este libro. Horizonte reúne veintisiete poemas, cuyos motivos son el amor a los padres y a los hijos, las alegrías y dolores de la vida, la patria, la recuperación de las Malvinas y una religiosidad que recorre los versos como un soplo de sentido cuando la existencia pareciera ahogarse de insensatez. La delicadeza técnica que se advierte en las obras de porcelana reproducidas en las láminas del volumen, no tienen su equivalente en el arte de la palabra poética, que manifiestan una evidente ingenuidad e impericia estilística. Leamos, entre muchos otros ejemplos posibles, el poema "Diego", con que se abre el libro: "Con D de Dios, con i de increíble, con e de esperanza, / con g de gracias, con o de obstinación; así viniste, mi Diego. / Desde ese rincón del alma allí donde ocultan los más íntimos / anhelos, las voces de mi soledad te llamaban / quedamente, o gritaban enronquecidas de clamor sin eco. / ¡Dormiste tanto tiempo en mis sueños! / Con i de increíble, fue el día que auguró en mis oídos tu llegada / con alegría en llanto, volando en la e de esperanza / venías, a iluminar una vida que el dolor muchas veces / quiso romper. / Con o de obstinación llegaste a salvarme... / Y hoy puedo embelesarme en tu carita de piel sonrosada, / conversar contigo incomprensibles idiomas de querubín y / llegar hasta tus ojos de inquisitiva mirada. / Porque ahuyentaste las tinieblas de mi vida y tal vez de / otras vidas, por eso Diego, en verdad tu nombre se escribe / con D de Dios y de g de gracias."
Lamentablemente, hay páginas que valen más en un cuaderno privado que se lega a los hijos como un testimonio de nuestro amor de padres, que en un libro expuesto públicamente a la lectura de quienes no necesariamente tienen que sentir el valor de tal testimonio personal. Tal es el caso de este libro, donde son raros los textos que logran la necesaria autonomía estética. Uno de ellos, a mi juicio, es el poema "Préstamo", donde la humildad de la expresión condice -y hace incluso aceptable ciertos ripios y tropiezos estilísticos- con la humildad del sentido: "Te presto, dijo Dios a esta alma mía / para vivir en el mundo, de momento / un cuerpo que será sólo lamento, / límite y muro de esa tu alegría. // Salvo dolor, no me fue dado nada en demasía; / ni dicha, ni belleza, ni talento. / Por eso tuve, siempre tuve el sentimiento / de estar viviendo aquella profecía."
Por último, no se puede coincidir con la definición del libro como una "joyita", según se lee en el emotivo prólogo de Ruth Fernández: el cuidado puesto en la reproducción de las obras plásticas de Manuela Fernández no ha sido acompañado por la atención editorial a los textos, en los cuales campean demasiados errores ortográficos, sintácticos y tipográficos.
También esas minucias, cuando se trata de un arte que trabaja con el valor de cada sílaba, tienen que ver con la calidad estética de la obra. (c) LA GACETA
Lo más popular







