18 Septiembre 2005 Seguir en 

Vigésima novela. Sumando los volúmenes de cuentos y ensayos, llegamos al medio centenar. No todos estos libros pueden ser maravillosos, pero no dejan de ser interesantes. Updike sigue haciendo lo que tan bien sabe hacer: encontrar en el fárrago de la cultura de su país y de su tiempo -nació en 1932- esas líneas significativas que marcan la interacción implacable entre la historia, la cultura y los destinos individuales de hombres y mujeres de clase media, por lo general intelectuales, o casi. Esta vez aborda la historia del arte estadounidense del siglo XX usando un recurso que recuerda al que Saul Bellow usó en Ravelstein: hacer biografía convirtiéndola en materia ficcional, ocultando inclusive el nombre del biografiado, potenciando así su libertad para flexibilizar incidentes y datos según convenga al efecto que quiere lograr.
Hope Chafetz tiene casi setenta y nueve años, es pintora y recibe en su casa a una periodista que va a escribir un artículo sobre ella. El "racconto" resultante es, como ya lo sugiere el título de la novela, un viaje de autoexploración que parte de su infancia de niña cuáquera para llegar a la joven rebelde, esposa sucesiva de dos artistas geniales tras cuyos nombres se ocultan sólo en parte Jackson Pollock (1912-1955) y Andy Warhol (1928-1987). Hubo un tercer esposo, ya fallecido, con el que Hope logra reencontrarse con su vocación perdida de pintora justamente por no tratarse de un pintor... sutil comentario sobre la tendencia canibalesca y egocéntrica del genio.
Mientras narra sus años junto a Zack McCoy -McCoy es el segundo nombre del padre de Pollock-, podemos ver en esta anciana lúcida y creativa una ficcionalización de Lee Krasner (1908-1984), esposa del creador del "dripping" y otras técnicas revolucionarias. Pero, tras enviudar, Updike la hace casarse con Guy Holloway, alter ego de Andy Warhol, parte de cuya carrera artística seguimos. La vida del personaje llega al siglo XXI y con ello se convierte en una suerte de símbolo cuyo referente se enriquece por su propia ambigüedad: esta "Hope", ¿es la "esperanza", como su nombre lo sugiere? ¿Es el arte? ¿Es la mujer en el mundo del arte? ¿Es LA mujer en la sociedad moderna buscando su rostro, el rostro que ha estado oculto tras los hombres a cuya sombra ha vivido?Para quien se interesa por el arte en EE.UU., particularmente el momento en que la exposición itinerante de Nuevos Pintores Norteamericanos de 1959 muestra a Europa la potencia creadora que anima a muchos de sus artistas, este texto es un interesante paneo sobre ese momento bisagra en el que la pintura olvida la forma y convierte al color en protagonista absoluto, logrando "prescindir de la imagen y pintar nada más que pintura" (130). EE.UU. crea sus propias tendencias, y ya no habrá un yanqui como el de Henry James en La protesta, que va a Europa a comprar cualquier cuadro, siempre que sea caro. La historia del arte se desliza en la novela entre alusiones a la historia política y a la de la protagonista, revestida por Updike de un criterio moderado al juzgar y de una amplia información en cuanto a nombres y tendencias.
Si el relato es sólo un diálogo sostenido puede volverse pesado. Updike lo sabe, y lo matiza con momentos de introspección de ambos personajes y con una ocasional voz narradora que narra, comenta, o reflexiona. Hay también breves descripciones de interiores y exteriores de la casa de Hope. Algo interesante: el exterior, jardín y cielo otoñales, se ve prácticamente siempre a través de ventanas, evocando una neta asociación pictórica. Amigo de esas pistas sutiles que desafían al lector, aunque su elucidación no sea imprescindible para la comprensión de lo narrado, Updike le da a la cronista el significativo apellido "D?Angelo", con lo que la entrevista configura una especie de Anunciación. En las últimas páginas, una referencia a la Anunciación pintada por Fra Angélico en la celda del convento florentino de San Marco confirma tal simbolismo.
A medio camino entre lo histórico y la parábola, con su prosa, a un tiempo sólida y ágil, John Updike, correctamente traducido por Jordi Fibla, logra atrapar a los amantes del arte y de su historia. (c) LA GACETA
Hope Chafetz tiene casi setenta y nueve años, es pintora y recibe en su casa a una periodista que va a escribir un artículo sobre ella. El "racconto" resultante es, como ya lo sugiere el título de la novela, un viaje de autoexploración que parte de su infancia de niña cuáquera para llegar a la joven rebelde, esposa sucesiva de dos artistas geniales tras cuyos nombres se ocultan sólo en parte Jackson Pollock (1912-1955) y Andy Warhol (1928-1987). Hubo un tercer esposo, ya fallecido, con el que Hope logra reencontrarse con su vocación perdida de pintora justamente por no tratarse de un pintor... sutil comentario sobre la tendencia canibalesca y egocéntrica del genio.
Mientras narra sus años junto a Zack McCoy -McCoy es el segundo nombre del padre de Pollock-, podemos ver en esta anciana lúcida y creativa una ficcionalización de Lee Krasner (1908-1984), esposa del creador del "dripping" y otras técnicas revolucionarias. Pero, tras enviudar, Updike la hace casarse con Guy Holloway, alter ego de Andy Warhol, parte de cuya carrera artística seguimos. La vida del personaje llega al siglo XXI y con ello se convierte en una suerte de símbolo cuyo referente se enriquece por su propia ambigüedad: esta "Hope", ¿es la "esperanza", como su nombre lo sugiere? ¿Es el arte? ¿Es la mujer en el mundo del arte? ¿Es LA mujer en la sociedad moderna buscando su rostro, el rostro que ha estado oculto tras los hombres a cuya sombra ha vivido?Para quien se interesa por el arte en EE.UU., particularmente el momento en que la exposición itinerante de Nuevos Pintores Norteamericanos de 1959 muestra a Europa la potencia creadora que anima a muchos de sus artistas, este texto es un interesante paneo sobre ese momento bisagra en el que la pintura olvida la forma y convierte al color en protagonista absoluto, logrando "prescindir de la imagen y pintar nada más que pintura" (130). EE.UU. crea sus propias tendencias, y ya no habrá un yanqui como el de Henry James en La protesta, que va a Europa a comprar cualquier cuadro, siempre que sea caro. La historia del arte se desliza en la novela entre alusiones a la historia política y a la de la protagonista, revestida por Updike de un criterio moderado al juzgar y de una amplia información en cuanto a nombres y tendencias.
Si el relato es sólo un diálogo sostenido puede volverse pesado. Updike lo sabe, y lo matiza con momentos de introspección de ambos personajes y con una ocasional voz narradora que narra, comenta, o reflexiona. Hay también breves descripciones de interiores y exteriores de la casa de Hope. Algo interesante: el exterior, jardín y cielo otoñales, se ve prácticamente siempre a través de ventanas, evocando una neta asociación pictórica. Amigo de esas pistas sutiles que desafían al lector, aunque su elucidación no sea imprescindible para la comprensión de lo narrado, Updike le da a la cronista el significativo apellido "D?Angelo", con lo que la entrevista configura una especie de Anunciación. En las últimas páginas, una referencia a la Anunciación pintada por Fra Angélico en la celda del convento florentino de San Marco confirma tal simbolismo.
A medio camino entre lo histórico y la parábola, con su prosa, a un tiempo sólida y ágil, John Updike, correctamente traducido por Jordi Fibla, logra atrapar a los amantes del arte y de su historia. (c) LA GACETA
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