MAUSOLEO DE DELFIN GALLO, EN LA RECOLETA (arriba der). AVISO DE LA APARICION DE “SUD AMERICA”.(abajo)
18 Septiembre 2005 Seguir en 

A veces, durante periódicas caminatas por el cementerio de La Recoleta, me da por mirar un rato el busto de Delfín Gallo. Está en lo alto de un impresionante mausoleo, entre seis columnas dispuestas en círculo. Una caperuza neoclásica ha preservado en algo, a ese mármol, de la negrura y la carcoma que afectan a otros. No sé que nadie sepa quién era ni qué hizo este tucumano. Para la inmensa mayoría de los argentinos, Delfín Gallo no es más que el nombre de calles, de escuelas o de un decaído pueblo azucarero. Sin embargo, hubo bastante más que eso. Fue un hombre de la Generación del 80: una romántica figura de político con valores verdaderos y dotado del coraje para jugarse por ellos.
Nació en esta ciudad, en 1845. El padre, Vicente Gallo, era un santiagueño que prefirió afincarse en la tierra del azúcar. Aquí se casó con Delfina Terán y tuvieron siete hijos. Delfín, el mayor, estudió en el Colegio San Miguel. El director Amadeo Jacques, en su informe al gobierno en 1858, decía que los jóvenes Delfín Gallo, Sisto Terán, Ezequiel Molina, Alejandro Olmos y Eudoro Avellaneda -en ese orden- eran "superiores a todo elogio, tanto por su docilidad y aplicación, como por su inteligencia y rápidos adelantos". Es más: "con ellos se honraría cualquiera de los grandes establecimientos de instrucción pública de Europa".
Estudió Derecho en Buenos Aires. La Facultad lo saludó abogado y doctor en Jurisprudencia en 1867, con la tesis Estudio sobre la complicidad. Como todos los hombres de su tiempo, fue naturalmente periodista. Escribió en La Prensa y en El Nacional. Volvió un tiempo a Tucumán. Gobernaba entonces Federico Helguera. Tolerante y respetuoso de las ideas, don Federico aseguró que, al contrario de lo habitual, en la próxima elección de diputado nacional no ganaría necesariamente el "caballo del comisario", sino quien tuviera más votos. En Los que pasaban, Paul Groussac cuenta que la garantía movió a los jóvenes a proclamar un "candidato de la juventud", en la persona de Gallo. El gobernador toleró que el diario del gobierno, La Unión -que Groussac dirigía- pujase por ese nombre.
Y Gallo salió elegido, lo que significó la derrota del postulante oficial, que era todo un personaje: nada menos que el ex gobernador Uladislao Frías. Cuenta Groussac las consecuencias: "tan imprevista y nueva fue nuestra victoria, que en las ?esferas oficiales? causó escándalo, como un pistoletazo en una iglesia: el ministro Sisto Terán, primo de Gallo, tuvo que abandonar la cartera, y el casi imberbe periodista, su harto fogosa Unión"...
Así fue como el joven se sentó en el Congreso de la Nación, como diputado nacional por Tucumán, hasta 1876. Fue luego subsecretario del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, que desempeñaba Nicolás Avellaneda. En 1884, lo reelegirán diputado, por Buenos Aires, hasta 1884, año en que vendrá un tercer mandato, otra vez por Tucumán, hasta 1888.
En 1884, junto con Carlos Pellegrini, Lucio V. López, Roque Sáenz Peña y Groussac, había fundado el diario Sud América. El propósito de este consorcio liberal era defender al gobierno de Roca de los ataques del grupo católico, puesto que ya había estallado la "guerra de religión". Gallo, con Pellegrini y Sáenz Peña, se encargaban de la redacción política. El diario daba y pegaba fuerte, contra sus contrincantes de La Unión y El Diario. "Polémicas y lances personales se sucedían por tanda -dice Groussac- no dejando de tocar sino a Delfín Gallo quien, como dice Cervantes, por ser gordo era pacífico". La sociedad editora de Sud América duró hasta 1885. En la campaña presidencial de ese año, Pellegrini, López y Sáenz Peña se inclinaron por Miguel Juárez Celman, el candidato oficial, mientras Groussac y Gallo prefirieron a Bernardo de Irigoyen. Al fin, cuenta Groussac, en junio, para evitar la inminente "bolsa de gatos", llegaron a un acuerdo, "y salimos Gallo y yo, junto con otros disidentes que también consideraban más seguros los destinos del país en manos del doctor Irigoyen".
Desde su banca, Gallo participó en los debates más sonados. Quienes se han ocupado de su tarea exaltan en los grandes discursos pronunciados en 1883, durante el debate de la Ley de Educación, cuando lidió con adversarios del Estado Mayor católico, como Pedro Goyena y Tristán Achával Rodríguez. Prefiero, con mucho, el de defensa de las instituciones republicanas de Tucumán, en las sesiones de 1887.
Creo sabido que, en esos tiempos, Tucumán era la única provincia opositora a Juárez Celman, por lo cual la Casa Rosada le apuntaba los cañones. En junio de 1887, el presidente consumaría la jugada final: apoyó sin disimulo una revolución armada, que derrocó al gobernador Juan Posse. El hecho pasó a tratamiento del Congreso, donde había amplia mayoría para una intervención federal en Tucumán. Pero la intervención no iba a reponer a Posse sino, en una vergonzosa maniobra, amañar todo para elegir un nuevo gobernador, adicto al régimen.
Delfín Gallo se batió solo contra la unanimidad oficialista. "El caso de Tucumán es un escándalo sin nombre", afirmó. Y que "una revolución hecha por empleados de la Nación, con las fuerzas de la Nación, autorizada, consentida y aplaudida por el Presidente", era un espectáculo "que hasta ahora no había presenciado la República Argentina". Deploró que el espíritu público se pervirtiera hasta el extremo de que "a todo es necesario esperarlo del Presidente de la República, que es el Dios que reparte los favores, y ¡ay de aquel que llegue a exponerse a su venganza!". Analizó punto por punto todos los detalles de la cuestión, y remató con un cierre contundente: "El país queda apercibido, después de los escándalos de Tucumán, que es el régimen de la fuerza el único que impera en la República Argentina. Y desgraciado de aquel, con cierta influencia material, que se atreva a levantarse contra la opinión, diré más, contra las simpatías del Presidente de la República. Tucumán era la única nota discordante... Queda ahora sólo el coro armonioso y uniforme. ¡Muy bien!. Queda el coro armonioso y uniforme para cantar laudas a Júpiter".
La misma postura mantuvo Gallo para cuestionar a fondo otras intervenciones federales dictadas por el congreso "juarista", en Corrientes, Santiago, Salta, La Rioja.
Defendió las autonomías provinciales contra las que llamaba "usurpaciones lentas" del poder central. No consiguió, por supuesto, cambiar las votaciones; pero dijo todo lo que le dictaba su conciencia. Su desdén por el "unicato" lo haría sumarse, lógicamente, a la oposición en las calles, ni bien dejó la banca. Así, estuvo entre los oradores del famoso mitin del Jardín Florida, el 1 de setiembre de 1889. Allí ofreció a la juventud todo el concurso de su experiencia.
Hizo, además, otras cosas en su vida. Tuvo altos cargos en el directorio de bancos, de empresas ferroviarias y azucareras y, como abogado, su estudio fue el favorito de muchos clientes poderosos. Pero, sobre todo, era un republicano consecuente con sus ideales. Bernardo de Irigoyen, quien le tuvo gran estima, decía que "la perseverancia en las convicciones" era una de las grandes virtudes de Gallo. "No desfallecía bajo el peso de los contrastes ni bajo la influencia de los eclipses que sufrieron las libertades públicas". Era optimista. Aseguraba que "la fuerza de los principios es tan grande y tan irresistible, que los mismos que los han vulnerado suelen ser más tarde los artífices encargados de levantarlos y sostenerlos". Y creía que a los principios había que defenderlos. "Dondequiera que hay lucha, hay vida, y la esperanza de un porvenir mejor, mientras que el quietismo es la más oprobiosa de las muertes", afirmaba.
En 1886, hizo una última visita a Tucumán. En los renglones que estampó en el álbum de la Sociedad Sarmiento confesó que lo maravillaban no sólo el progreso material, sino también el intelectual de su provincia. Treinta años atrás, sólo había un par de escuelas y unos 200 alumnos. Ahora, encontraba que 10.000 niños asistían a 110 escuelas. Se congratulaba de esa "luz que avanza sin cesar" y que disipaba las sombras: "sólo la pasión o la ceguedad del hombre pueden detenerla"¨.
Se casó en Buenos Aires con Aniceta Lagos, lo que lo convirtió en concuñado de Pellegrini, esposo de Carolina Lagos. Un biógrafo dice que era "bajo, rubio, de pupilas claras, transparentes, de hablar pausado y olvidado de la tonada de su ciudad natal, alegre, bonachón, sociable, gran aficionado a la música, a las flores y a la astronomía".
Tal vez cuando escudriñaba los astros con su anteojo, percibió algún signo indicador de la brevedad de su vida. Por eso en el mitin del Jardín Florida, a pesar de que tenía 44 años, sintió que era necesario despedirse. "Nosotros principiamos a desaparecer del escenario. Ahora llegáis vosotros y el país os espera", dijo a los jóvenes. El pálpito no lo engañaba. Murió tres meses más tarde, el 8 de diciembre de 1889. (c) LA GACETA
Nació en esta ciudad, en 1845. El padre, Vicente Gallo, era un santiagueño que prefirió afincarse en la tierra del azúcar. Aquí se casó con Delfina Terán y tuvieron siete hijos. Delfín, el mayor, estudió en el Colegio San Miguel. El director Amadeo Jacques, en su informe al gobierno en 1858, decía que los jóvenes Delfín Gallo, Sisto Terán, Ezequiel Molina, Alejandro Olmos y Eudoro Avellaneda -en ese orden- eran "superiores a todo elogio, tanto por su docilidad y aplicación, como por su inteligencia y rápidos adelantos". Es más: "con ellos se honraría cualquiera de los grandes establecimientos de instrucción pública de Europa".
Estudió Derecho en Buenos Aires. La Facultad lo saludó abogado y doctor en Jurisprudencia en 1867, con la tesis Estudio sobre la complicidad. Como todos los hombres de su tiempo, fue naturalmente periodista. Escribió en La Prensa y en El Nacional. Volvió un tiempo a Tucumán. Gobernaba entonces Federico Helguera. Tolerante y respetuoso de las ideas, don Federico aseguró que, al contrario de lo habitual, en la próxima elección de diputado nacional no ganaría necesariamente el "caballo del comisario", sino quien tuviera más votos. En Los que pasaban, Paul Groussac cuenta que la garantía movió a los jóvenes a proclamar un "candidato de la juventud", en la persona de Gallo. El gobernador toleró que el diario del gobierno, La Unión -que Groussac dirigía- pujase por ese nombre.
Y Gallo salió elegido, lo que significó la derrota del postulante oficial, que era todo un personaje: nada menos que el ex gobernador Uladislao Frías. Cuenta Groussac las consecuencias: "tan imprevista y nueva fue nuestra victoria, que en las ?esferas oficiales? causó escándalo, como un pistoletazo en una iglesia: el ministro Sisto Terán, primo de Gallo, tuvo que abandonar la cartera, y el casi imberbe periodista, su harto fogosa Unión"...
Así fue como el joven se sentó en el Congreso de la Nación, como diputado nacional por Tucumán, hasta 1876. Fue luego subsecretario del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, que desempeñaba Nicolás Avellaneda. En 1884, lo reelegirán diputado, por Buenos Aires, hasta 1884, año en que vendrá un tercer mandato, otra vez por Tucumán, hasta 1888.
En 1884, junto con Carlos Pellegrini, Lucio V. López, Roque Sáenz Peña y Groussac, había fundado el diario Sud América. El propósito de este consorcio liberal era defender al gobierno de Roca de los ataques del grupo católico, puesto que ya había estallado la "guerra de religión". Gallo, con Pellegrini y Sáenz Peña, se encargaban de la redacción política. El diario daba y pegaba fuerte, contra sus contrincantes de La Unión y El Diario. "Polémicas y lances personales se sucedían por tanda -dice Groussac- no dejando de tocar sino a Delfín Gallo quien, como dice Cervantes, por ser gordo era pacífico". La sociedad editora de Sud América duró hasta 1885. En la campaña presidencial de ese año, Pellegrini, López y Sáenz Peña se inclinaron por Miguel Juárez Celman, el candidato oficial, mientras Groussac y Gallo prefirieron a Bernardo de Irigoyen. Al fin, cuenta Groussac, en junio, para evitar la inminente "bolsa de gatos", llegaron a un acuerdo, "y salimos Gallo y yo, junto con otros disidentes que también consideraban más seguros los destinos del país en manos del doctor Irigoyen".
Desde su banca, Gallo participó en los debates más sonados. Quienes se han ocupado de su tarea exaltan en los grandes discursos pronunciados en 1883, durante el debate de la Ley de Educación, cuando lidió con adversarios del Estado Mayor católico, como Pedro Goyena y Tristán Achával Rodríguez. Prefiero, con mucho, el de defensa de las instituciones republicanas de Tucumán, en las sesiones de 1887.
Creo sabido que, en esos tiempos, Tucumán era la única provincia opositora a Juárez Celman, por lo cual la Casa Rosada le apuntaba los cañones. En junio de 1887, el presidente consumaría la jugada final: apoyó sin disimulo una revolución armada, que derrocó al gobernador Juan Posse. El hecho pasó a tratamiento del Congreso, donde había amplia mayoría para una intervención federal en Tucumán. Pero la intervención no iba a reponer a Posse sino, en una vergonzosa maniobra, amañar todo para elegir un nuevo gobernador, adicto al régimen.
Delfín Gallo se batió solo contra la unanimidad oficialista. "El caso de Tucumán es un escándalo sin nombre", afirmó. Y que "una revolución hecha por empleados de la Nación, con las fuerzas de la Nación, autorizada, consentida y aplaudida por el Presidente", era un espectáculo "que hasta ahora no había presenciado la República Argentina". Deploró que el espíritu público se pervirtiera hasta el extremo de que "a todo es necesario esperarlo del Presidente de la República, que es el Dios que reparte los favores, y ¡ay de aquel que llegue a exponerse a su venganza!". Analizó punto por punto todos los detalles de la cuestión, y remató con un cierre contundente: "El país queda apercibido, después de los escándalos de Tucumán, que es el régimen de la fuerza el único que impera en la República Argentina. Y desgraciado de aquel, con cierta influencia material, que se atreva a levantarse contra la opinión, diré más, contra las simpatías del Presidente de la República. Tucumán era la única nota discordante... Queda ahora sólo el coro armonioso y uniforme. ¡Muy bien!. Queda el coro armonioso y uniforme para cantar laudas a Júpiter".
La misma postura mantuvo Gallo para cuestionar a fondo otras intervenciones federales dictadas por el congreso "juarista", en Corrientes, Santiago, Salta, La Rioja.
Defendió las autonomías provinciales contra las que llamaba "usurpaciones lentas" del poder central. No consiguió, por supuesto, cambiar las votaciones; pero dijo todo lo que le dictaba su conciencia. Su desdén por el "unicato" lo haría sumarse, lógicamente, a la oposición en las calles, ni bien dejó la banca. Así, estuvo entre los oradores del famoso mitin del Jardín Florida, el 1 de setiembre de 1889. Allí ofreció a la juventud todo el concurso de su experiencia.
Hizo, además, otras cosas en su vida. Tuvo altos cargos en el directorio de bancos, de empresas ferroviarias y azucareras y, como abogado, su estudio fue el favorito de muchos clientes poderosos. Pero, sobre todo, era un republicano consecuente con sus ideales. Bernardo de Irigoyen, quien le tuvo gran estima, decía que "la perseverancia en las convicciones" era una de las grandes virtudes de Gallo. "No desfallecía bajo el peso de los contrastes ni bajo la influencia de los eclipses que sufrieron las libertades públicas". Era optimista. Aseguraba que "la fuerza de los principios es tan grande y tan irresistible, que los mismos que los han vulnerado suelen ser más tarde los artífices encargados de levantarlos y sostenerlos". Y creía que a los principios había que defenderlos. "Dondequiera que hay lucha, hay vida, y la esperanza de un porvenir mejor, mientras que el quietismo es la más oprobiosa de las muertes", afirmaba.
En 1886, hizo una última visita a Tucumán. En los renglones que estampó en el álbum de la Sociedad Sarmiento confesó que lo maravillaban no sólo el progreso material, sino también el intelectual de su provincia. Treinta años atrás, sólo había un par de escuelas y unos 200 alumnos. Ahora, encontraba que 10.000 niños asistían a 110 escuelas. Se congratulaba de esa "luz que avanza sin cesar" y que disipaba las sombras: "sólo la pasión o la ceguedad del hombre pueden detenerla"¨.
Se casó en Buenos Aires con Aniceta Lagos, lo que lo convirtió en concuñado de Pellegrini, esposo de Carolina Lagos. Un biógrafo dice que era "bajo, rubio, de pupilas claras, transparentes, de hablar pausado y olvidado de la tonada de su ciudad natal, alegre, bonachón, sociable, gran aficionado a la música, a las flores y a la astronomía".
Tal vez cuando escudriñaba los astros con su anteojo, percibió algún signo indicador de la brevedad de su vida. Por eso en el mitin del Jardín Florida, a pesar de que tenía 44 años, sintió que era necesario despedirse. "Nosotros principiamos a desaparecer del escenario. Ahora llegáis vosotros y el país os espera", dijo a los jóvenes. El pálpito no lo engañaba. Murió tres meses más tarde, el 8 de diciembre de 1889. (c) LA GACETA
Lo más popular







