11 Septiembre 2005 Seguir en 

Con seguridad estaba soñando profundamente. Caminaba por la avenida desierta, que se alargaba hasta donde se perdía la vista. El aire era caliente y denso, y dificultaba la respiración. Marchaba distraídamente y a tientas en la oscuridad casi total. En la alta madrugada casi todos los globos de luces habían sido apagados.
Un envoltorio se movió a mi frente. Me acerqué despacio. Entonces hizo su aparición. Era joven, delgada y alta, y vestía un traje de color rojo subido. "Te estaba esperando", me dijo: "sé que a estas horas paseás por la avenida". Quiso tomarme de la mano; noté que las tenía arrugadas y consumidas, lo cual no coincidía con la juventud de su rostro.
"Salí a airearme un poco -le contesté-; comencé a escribir un cuento y estoy atrapado por su tema; no puedo dormir".
Ella soltó una risa cristalina: "¿un cuento? ¿Y qué tipo de cuento?", preguntó. "Oh, un cuento de los llamados fantásticos", comenté. "Aunque bien mirado es probable que sea un relato del todo realista -añadí-. Veremos qué sale". E intenté sonreír.
Un súbito remolino nos envolvió. Se acercó a mí y puso mi mano en su pecho. La acaricié con desgano un instante. Mi corazón golpeaba con el ruido sordo de un tambor. "Espero a alguien como vos, desde hace tiempo", me susurró al oído.
Sentí que otra vez el aire me faltaba e hice esfuerzos para respirar a fondo. "Puede venir la policía", dije mirando a ambos lados con creciente angustia. "No te preocupes", me dijo apretándose aún más contra mí: "muchos de ellos me conocen, y de sobra".
Caminamos despacio, ella aferrada con todas sus fuerzas a mi brazo, con la cabeza muy erguida, al modo de alguien que en su aburrimiento hubiera por fin hecho una conquista demasiado preciosa. Su brazo envolvía ahora mi cintura.
Esa mujer era excitante, naturalmente, aunque hasta unos minutos antes yo había estado totalmente concentrado en el tema de mi cuento. Como si adivinara mi pensamiento habló de pronto: "¿qué te deja escribir un cuento? ¿Vale la pena el esfuerzo?". Usaba un perfume seguramente caro, aunque olía a rancio. El vaho de su cercanía me inundó la cara. Entrecerré los párpados.
"No sé", le contesté; "dicen que escribir cuentos salva de morir en la víspera", agregué. Hizo un mohín de inteligencia: "ah, sí, eso sí que es interesante. Más tarde, con más tiempo, me lo contás mejor".
Marchamos un par de cuadras más. "Hemos llegado", sentenció. Era un hotel antiguo, con una lámpara de luz violeta que pendía de la entrada. El reflejo irradiante me deslumbró por un instante; del fondo de sus ojos otro color violeta, duro y acerado, me penetraba el rostro. Subimos por una escalera destartalada. Ya en la habitación, ella empezó a desvestirse. Me senté cansado en el borde de la cama y me puse a explicarle que yo había salido a caminar por esa avenida nada más que para pensar en mi cuento. Me observó detenidamente: "no importa", declaró; "es seguro que tu maldito cuento se está escribiendo ahora".
Un intenso sentido de irrealidad me iba colmando. Sacudí la cabeza. Había gotas de transpiración helada en mi frente. Caminó hasta el baño y se encerró. "Voy a cumplir con mis rituales femeninos", dijo antes de entrar. Oí que canturreaba una canción antigua, que yo había escuchado cuando niño.
Un suave oleaje comenzó a mover toda la habitación. Era un vaivén siniestro. Ondulaba la cama, el ropero, el espejo, el diván. Sentí que iba a desplomarme. Entonces, algo o alguien (ahora que ha pasado el tiempo puedo decir con propiedad que era Alguien) me fue empujando y conduciendo suavemente hacia la puerta. Esta se abrió sola.
Bajé los escalones aferrado a la baranda. Al llegar al rellano oí el portazo y su voz agónicamente histérica que me gritaba: "¡puede ser que hoy no! Pero te encontraré la próxima y serás mío, mío".
Apuré el paso tambaleante. Llegué a la vereda y cerca de una plaza subí a un taxi. Di mi dirección y pedí al chofer que acelerara. Dentro del vehículo percibí como una presencia invisible, una emanación rojiza que hacía esfuerzos por apretar mi garganta hasta ahogarme. Al llegar a casa, el chofer dio una brusca frenada, una frenada desesperada que acompañó el ruido sordo y espeluznante de un cuerpo atropellado. Me desvanecí en el asiento.
Surgí de mi sueño con la luz del día. Mi cama estaba revuelta. Di una ojeada a la hora. Ya había que levantarse. Allá adelante algo atrajo mi mirada. Me incorporé a medias y entonces hice conciencia con horror creciente: alta y alargada, despojada de su vestido rojo y con la cara magullada, la muerte yacía en el piso a la entrada de mi cuarto.
Una voz interior, casi inaudible, me habló al oído: "tu cuento te ha salvado. Dalo por terminado". (c) LA GACETA
Un envoltorio se movió a mi frente. Me acerqué despacio. Entonces hizo su aparición. Era joven, delgada y alta, y vestía un traje de color rojo subido. "Te estaba esperando", me dijo: "sé que a estas horas paseás por la avenida". Quiso tomarme de la mano; noté que las tenía arrugadas y consumidas, lo cual no coincidía con la juventud de su rostro.
"Salí a airearme un poco -le contesté-; comencé a escribir un cuento y estoy atrapado por su tema; no puedo dormir".
Ella soltó una risa cristalina: "¿un cuento? ¿Y qué tipo de cuento?", preguntó. "Oh, un cuento de los llamados fantásticos", comenté. "Aunque bien mirado es probable que sea un relato del todo realista -añadí-. Veremos qué sale". E intenté sonreír.
Un súbito remolino nos envolvió. Se acercó a mí y puso mi mano en su pecho. La acaricié con desgano un instante. Mi corazón golpeaba con el ruido sordo de un tambor. "Espero a alguien como vos, desde hace tiempo", me susurró al oído.
Sentí que otra vez el aire me faltaba e hice esfuerzos para respirar a fondo. "Puede venir la policía", dije mirando a ambos lados con creciente angustia. "No te preocupes", me dijo apretándose aún más contra mí: "muchos de ellos me conocen, y de sobra".
Caminamos despacio, ella aferrada con todas sus fuerzas a mi brazo, con la cabeza muy erguida, al modo de alguien que en su aburrimiento hubiera por fin hecho una conquista demasiado preciosa. Su brazo envolvía ahora mi cintura.
Esa mujer era excitante, naturalmente, aunque hasta unos minutos antes yo había estado totalmente concentrado en el tema de mi cuento. Como si adivinara mi pensamiento habló de pronto: "¿qué te deja escribir un cuento? ¿Vale la pena el esfuerzo?". Usaba un perfume seguramente caro, aunque olía a rancio. El vaho de su cercanía me inundó la cara. Entrecerré los párpados.
"No sé", le contesté; "dicen que escribir cuentos salva de morir en la víspera", agregué. Hizo un mohín de inteligencia: "ah, sí, eso sí que es interesante. Más tarde, con más tiempo, me lo contás mejor".
Marchamos un par de cuadras más. "Hemos llegado", sentenció. Era un hotel antiguo, con una lámpara de luz violeta que pendía de la entrada. El reflejo irradiante me deslumbró por un instante; del fondo de sus ojos otro color violeta, duro y acerado, me penetraba el rostro. Subimos por una escalera destartalada. Ya en la habitación, ella empezó a desvestirse. Me senté cansado en el borde de la cama y me puse a explicarle que yo había salido a caminar por esa avenida nada más que para pensar en mi cuento. Me observó detenidamente: "no importa", declaró; "es seguro que tu maldito cuento se está escribiendo ahora".
Un intenso sentido de irrealidad me iba colmando. Sacudí la cabeza. Había gotas de transpiración helada en mi frente. Caminó hasta el baño y se encerró. "Voy a cumplir con mis rituales femeninos", dijo antes de entrar. Oí que canturreaba una canción antigua, que yo había escuchado cuando niño.
Un suave oleaje comenzó a mover toda la habitación. Era un vaivén siniestro. Ondulaba la cama, el ropero, el espejo, el diván. Sentí que iba a desplomarme. Entonces, algo o alguien (ahora que ha pasado el tiempo puedo decir con propiedad que era Alguien) me fue empujando y conduciendo suavemente hacia la puerta. Esta se abrió sola.
Bajé los escalones aferrado a la baranda. Al llegar al rellano oí el portazo y su voz agónicamente histérica que me gritaba: "¡puede ser que hoy no! Pero te encontraré la próxima y serás mío, mío".
Apuré el paso tambaleante. Llegué a la vereda y cerca de una plaza subí a un taxi. Di mi dirección y pedí al chofer que acelerara. Dentro del vehículo percibí como una presencia invisible, una emanación rojiza que hacía esfuerzos por apretar mi garganta hasta ahogarme. Al llegar a casa, el chofer dio una brusca frenada, una frenada desesperada que acompañó el ruido sordo y espeluznante de un cuerpo atropellado. Me desvanecí en el asiento.
Surgí de mi sueño con la luz del día. Mi cama estaba revuelta. Di una ojeada a la hora. Ya había que levantarse. Allá adelante algo atrajo mi mirada. Me incorporé a medias y entonces hice conciencia con horror creciente: alta y alargada, despojada de su vestido rojo y con la cara magullada, la muerte yacía en el piso a la entrada de mi cuarto.
Una voz interior, casi inaudible, me habló al oído: "tu cuento te ha salvado. Dalo por terminado". (c) LA GACETA
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