11 Septiembre 2005 Seguir en 

La reedición de este libro, fruto de la fecunda labor del doctor De Marco, resulta útil y oportuna, porque no es mucho lo que se sabe del papel que los corsarios asumieron en la Independencia y luego en la guerra contra el imperio del Brasil.
Tras señalar la diferencia entre piratas y corsarios (a menudo confundidos por la literatura y el cine), el autor recuerda a famosos corsarios, por lo general ingleses u holandeses. Así, Drake, John y Richard Hawkins, Thomas Cavendish y el célebre Morgan. Algunos, como el primero, legaron su nombre a mares, islas o puertos.
Producido el movimiento emancipador, las nuevas provincias, aún no organizadas políticamente, carecían de fuerzas navales para oponerse a las españolas. Los recursos disponibles se destinaban a los ejércitos, tanto en el Norte como en el sitio de Montevideo. De ahí que los gobernantes otorgaran patentes de corso a marinos audaces, casi siempre extranjeros, para que burlaran el bloqueo español y hostigaran sus navíos. Así surgieron las primeras escuadrillas, comandadas por Juan Bautista Azopardo y por Hipólito Bouchard. El heroico comportamiento capturó muchas presas, aunque no bastó para vencer en el combate de San Nicolás. El corso por ambas partes alcanzó incluso a los ríos, de ahí el estreno de San Martín y sus granaderos en San Lorenzo. Una vez hecho cargo Brown del mando, se activaron las operaciones navales contra Montevideo y creció la escuadra. Sin embargo, tomada la plaza, los esfuerzos para mantenerla se abandonaron, a fin de proveer lo necesario para el ejército de los Andes.Lo que sigue es la historia heroica y hasta novelesca de los corsarios al servicio de la Argentina, tanto en el Pacífico como en el Atlántico. Brown, Toll, Bouchard y Russell, entre otros, se destacaron en el primero, y no sólo en las costas de Sudamérica (como en la toma de Guayaquil), sino en California, Filipinas y hasta Hawai. No menos fecunda fue la tarea de los corsarios que operaron en el Atlántico, con base a menudo en apostaderos norteamericanos o en los refugios que desde siempre brindó el Caribe.La acción del Brasil para anexarse el Uruguay, continuación de la política portuguesa desde la época colonial, provocó el levantamiento de los 33 Orientales y la guerra contra el imperio. La situación que se vivió fue semejante a la del período de la Independencia: victorias en tierra, escasez de recursos para romper el bloqueo naval sobre Buenos Aires. El almirante Brown, llamado nuevamente a servicio, cumplió con valor sin igual la tarea encomendada. Secundado por brillantes capitanes, como Rosales, Espora, Bynon, Drummond, Seguí y otros, mostró su arrojo en el combate de Los Pozos (a vista de Buenos Aires) y la decisiva victoria de Juncal. En materia de corso, entre varias figuras, se destacó por su eficacia el francés César Fournier. Con la colaboración de todos, el país pudo afrontar la evidente inferioridad numérica y material en que se encontraba, hasta que se llegó a la paz que, tras oscuras negociaciones bajo la férula británica, otorgó la independencia a lo que hoy es el Uruguay.Todo lo evoca con puntual precisión el doctor De Marco. De tal modo rinde un merecido homenaje a los hombres que debieron improvisar armamentos y tripulaciones para combatir a enemigos siempre mejor equipados. Añade el autor una lista de términos náuticos, ilustraciones, mapas y la transcripción de algunas patentes de corso.Cabe recordar que el pueblo de Adrogué, cabeza del partido de Almirante Brown (provincia de Buenos Aires) bautizó a la mayoría de sus calles con los apellidos de los marinos que participaron en aquellas heroicas campañas. (c) LA GACETA
Tras señalar la diferencia entre piratas y corsarios (a menudo confundidos por la literatura y el cine), el autor recuerda a famosos corsarios, por lo general ingleses u holandeses. Así, Drake, John y Richard Hawkins, Thomas Cavendish y el célebre Morgan. Algunos, como el primero, legaron su nombre a mares, islas o puertos.
Producido el movimiento emancipador, las nuevas provincias, aún no organizadas políticamente, carecían de fuerzas navales para oponerse a las españolas. Los recursos disponibles se destinaban a los ejércitos, tanto en el Norte como en el sitio de Montevideo. De ahí que los gobernantes otorgaran patentes de corso a marinos audaces, casi siempre extranjeros, para que burlaran el bloqueo español y hostigaran sus navíos. Así surgieron las primeras escuadrillas, comandadas por Juan Bautista Azopardo y por Hipólito Bouchard. El heroico comportamiento capturó muchas presas, aunque no bastó para vencer en el combate de San Nicolás. El corso por ambas partes alcanzó incluso a los ríos, de ahí el estreno de San Martín y sus granaderos en San Lorenzo. Una vez hecho cargo Brown del mando, se activaron las operaciones navales contra Montevideo y creció la escuadra. Sin embargo, tomada la plaza, los esfuerzos para mantenerla se abandonaron, a fin de proveer lo necesario para el ejército de los Andes.Lo que sigue es la historia heroica y hasta novelesca de los corsarios al servicio de la Argentina, tanto en el Pacífico como en el Atlántico. Brown, Toll, Bouchard y Russell, entre otros, se destacaron en el primero, y no sólo en las costas de Sudamérica (como en la toma de Guayaquil), sino en California, Filipinas y hasta Hawai. No menos fecunda fue la tarea de los corsarios que operaron en el Atlántico, con base a menudo en apostaderos norteamericanos o en los refugios que desde siempre brindó el Caribe.La acción del Brasil para anexarse el Uruguay, continuación de la política portuguesa desde la época colonial, provocó el levantamiento de los 33 Orientales y la guerra contra el imperio. La situación que se vivió fue semejante a la del período de la Independencia: victorias en tierra, escasez de recursos para romper el bloqueo naval sobre Buenos Aires. El almirante Brown, llamado nuevamente a servicio, cumplió con valor sin igual la tarea encomendada. Secundado por brillantes capitanes, como Rosales, Espora, Bynon, Drummond, Seguí y otros, mostró su arrojo en el combate de Los Pozos (a vista de Buenos Aires) y la decisiva victoria de Juncal. En materia de corso, entre varias figuras, se destacó por su eficacia el francés César Fournier. Con la colaboración de todos, el país pudo afrontar la evidente inferioridad numérica y material en que se encontraba, hasta que se llegó a la paz que, tras oscuras negociaciones bajo la férula británica, otorgó la independencia a lo que hoy es el Uruguay.Todo lo evoca con puntual precisión el doctor De Marco. De tal modo rinde un merecido homenaje a los hombres que debieron improvisar armamentos y tripulaciones para combatir a enemigos siempre mejor equipados. Añade el autor una lista de términos náuticos, ilustraciones, mapas y la transcripción de algunas patentes de corso.Cabe recordar que el pueblo de Adrogué, cabeza del partido de Almirante Brown (provincia de Buenos Aires) bautizó a la mayoría de sus calles con los apellidos de los marinos que participaron en aquellas heroicas campañas. (c) LA GACETA
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