11 Septiembre 2005 Seguir en 

Las "vistas de pasado" (según la fórmula de Benveniste) son construcciones.
Precisamente porque el tiempo del pasado es ineliminable, un perseguidor que esclaviza o libera, su irrupción en el presente es comprensible en la medida en que se lo organice mediante los procedimientos de la narración y, por ellos, de una ideología que ponga de manifiesto un continuum significativo e interpretable de tiempo. Del pasado se habla sin suspender el presente y, muchas veces, implicando también el futuro. Se recuerda, se narra o se remite al pasado a través de un tipo de relato, de personajes, de relación entre sus acciones voluntarias e involuntarias, abiertas y secretas, definidas por objetivos o inconscientes; los personajes articulan grupos que pueden presentarse como más o menos favorables a la independencia respecto de factores externos a su dominio. Estas modalidades del discurso implican una concepción de lo social, y eventualmente también de la naturaleza. Introducen una tonalidad dominante en las "vistas de pasado".
En las narraciones históricas de circulación masiva, un cerrado círculo hermenéutico une la reconstrucción de los hechos con la interpretación de sus sentidos y garantiza visiones globales, aquellas que, en la ambición de los grandes historiadores del siglo XIX, fueron las síntesis que hoy se consideran a veces imposibles, a veces indeseables y, por lo general, conceptualmente erróneas. Si, como dijo hace ya cuarenta años Hans-Robert Jauss, nadie se propondría escribir la historia general de una literatura, como fue el proyecto de los filólogos e historiadores del XIX, las historias no académicas, dirigidas a un público formado por no especialistas, presuponen siempre una síntesis.
Las reglas del método de la disciplina histórica (incluidas sus luchas de poder académico) supervisan los modos de reconstrucción del pasado, o, por lo menos, consideran que ese es un ideal epistemológico que asegura una aceptable artesanía de sus productos. La discusión de las modalidades reconstructivas es explícita, lo cual no quiere decir que a partir de ella se alcance una historia de gran interés público. Eso más bien depende de la escritura y de temas que no sólo llamen la atención de los especialistas; depende también de que el historiador académico no se empecine en probar de modo obtuso su aquiescencia a las reglas del método, sino que demuestre que ellas son importantes precisamente porque permiten hacer una historia mejor.
La historia de circulación masiva, en cambio, es sensible a las estrategias con que el presente vuelve funcional el asalto del pasado y considera que es completamente legítimo ponerlo en evidencia. Si no encuentra respuesta en la esfera pública actual, ha fracasado y carece completamente de interés. La modalidad no académica (aunque sea un historiador de formación académica quien la practique) escucha los sentidos comunes del presente, atiende las creencias de su público y se orienta en función de ellas. Eso no la vuelve lisa y llanamente falsa, sino conectada con el imaginario social contemporáneo, cuyas presiones recibe y acepta más como ventaja que como límite.
Esa historia masiva de impacto público recurre a una misma fórmula explicativa, un principio teleológico que asegura origen y causalidad, aplicable a todos los fragmentos de pasado, independientemente de la pertinencia que demuestre para cada uno de los fragmentos en concreto. Un principio organizador simple ejerce su soberanía sobre acontecimientos que la historia académica considera influidos por principios múltiples. Esta reducción del campo de las hipótesis sostiene el interés público y produce una nitidez argumentativa y narrativa de la que carece la historia académica. No sólo recurre al relato sino que no puede prescindir de él (a diferencia del abandono frecuente y deliberado del relato en la historia académica); por lo tanto, impone unidad sobre las discontinuidades, ofreciendo una "línea de tiempo" consolidada en sus nudos y desenlaces.
Sus grandes esquemas explicativos son relativamente independientes de la materia del pasado sobre la que imponen una línea superior de significados. La potencia organizadora de estos esquemas se alimenta del "sentido común" con el que coincide. A este modelo también respondieron las "historias nacionales" de difusión escolar: un panteón de héroes, un grupo de excluidos y réprobos, una línea de desarrollo unitario que conducía hasta el presente. La quiebra de la legitimidad de las instituciones escolares en algunos países, y la incorporación de nuevas perspectivas y nuevos sujetos, en otros, afectó también las "historias nacionales" de estilo tradicional.Las modalidades no académicas de escritura encaran el asalto del pasado de modo menos regulado por el oficio y el método, en función de necesidades presentes, intelectuales, afectivas, morales o políticas. Mucho de lo escrito sobre las décadas de 1960 y 1970 en la Argentina (y también en otros países de América Latina), en especial las reconstrucciones basadas en fuentes testimoniales, pertenece a ese estilo. Son versiones que se sostienen en la esfera pública porque parecen responder plenamente las preguntas sobre el pasado. Aseguran un sentido, y por eso pueden ofrecer consuelo o sostener la acción. Sus principios simples reduplican modos de percepción de lo social y no plantean contradicciones con el sentido común de sus lectores, sino que lo sostienen y se sostienen en él. A diferencia de la buena historia académica no ofrecen un sistema de hipótesis sino certezas.
Estos modos de la historia responden a la inseguridad perturbadora que causa el pasado en ausencia de un principio explicativo fuerte y con capacidad incluyente. Es cierto que las modalidades comerciales (porque esa es su circulación en las sociedades mediatizadas) despiertan la desconfianza, la crítica y también la envidia rencorosa de aquellos profesionales que fundan su práctica solamente en la rutina del método. Como la dimensión simbólica de las sociedades en que vivimos está organizada por el mercado, los criterios son el éxito y la puesta en línea con el sentido común de los consumidores. En esa competencia, la historia académica pierde por razones de método, pero también por sus propias restricciones formales e institucionales, que la vuelven más preocupada por reglas internas que por la búsqueda de legitimaciones exteriores que, sin son alcanzadas por un historiador académico, pueden incluso originar la desconfianza de sus pares. Las historias de circulación masiva, en cambio, reconocen en la repercusión pública de mercado su legitimidad. (c) LA GACETA
Precisamente porque el tiempo del pasado es ineliminable, un perseguidor que esclaviza o libera, su irrupción en el presente es comprensible en la medida en que se lo organice mediante los procedimientos de la narración y, por ellos, de una ideología que ponga de manifiesto un continuum significativo e interpretable de tiempo. Del pasado se habla sin suspender el presente y, muchas veces, implicando también el futuro. Se recuerda, se narra o se remite al pasado a través de un tipo de relato, de personajes, de relación entre sus acciones voluntarias e involuntarias, abiertas y secretas, definidas por objetivos o inconscientes; los personajes articulan grupos que pueden presentarse como más o menos favorables a la independencia respecto de factores externos a su dominio. Estas modalidades del discurso implican una concepción de lo social, y eventualmente también de la naturaleza. Introducen una tonalidad dominante en las "vistas de pasado".
En las narraciones históricas de circulación masiva, un cerrado círculo hermenéutico une la reconstrucción de los hechos con la interpretación de sus sentidos y garantiza visiones globales, aquellas que, en la ambición de los grandes historiadores del siglo XIX, fueron las síntesis que hoy se consideran a veces imposibles, a veces indeseables y, por lo general, conceptualmente erróneas. Si, como dijo hace ya cuarenta años Hans-Robert Jauss, nadie se propondría escribir la historia general de una literatura, como fue el proyecto de los filólogos e historiadores del XIX, las historias no académicas, dirigidas a un público formado por no especialistas, presuponen siempre una síntesis.
Las reglas del método de la disciplina histórica (incluidas sus luchas de poder académico) supervisan los modos de reconstrucción del pasado, o, por lo menos, consideran que ese es un ideal epistemológico que asegura una aceptable artesanía de sus productos. La discusión de las modalidades reconstructivas es explícita, lo cual no quiere decir que a partir de ella se alcance una historia de gran interés público. Eso más bien depende de la escritura y de temas que no sólo llamen la atención de los especialistas; depende también de que el historiador académico no se empecine en probar de modo obtuso su aquiescencia a las reglas del método, sino que demuestre que ellas son importantes precisamente porque permiten hacer una historia mejor.
La historia de circulación masiva, en cambio, es sensible a las estrategias con que el presente vuelve funcional el asalto del pasado y considera que es completamente legítimo ponerlo en evidencia. Si no encuentra respuesta en la esfera pública actual, ha fracasado y carece completamente de interés. La modalidad no académica (aunque sea un historiador de formación académica quien la practique) escucha los sentidos comunes del presente, atiende las creencias de su público y se orienta en función de ellas. Eso no la vuelve lisa y llanamente falsa, sino conectada con el imaginario social contemporáneo, cuyas presiones recibe y acepta más como ventaja que como límite.
Esa historia masiva de impacto público recurre a una misma fórmula explicativa, un principio teleológico que asegura origen y causalidad, aplicable a todos los fragmentos de pasado, independientemente de la pertinencia que demuestre para cada uno de los fragmentos en concreto. Un principio organizador simple ejerce su soberanía sobre acontecimientos que la historia académica considera influidos por principios múltiples. Esta reducción del campo de las hipótesis sostiene el interés público y produce una nitidez argumentativa y narrativa de la que carece la historia académica. No sólo recurre al relato sino que no puede prescindir de él (a diferencia del abandono frecuente y deliberado del relato en la historia académica); por lo tanto, impone unidad sobre las discontinuidades, ofreciendo una "línea de tiempo" consolidada en sus nudos y desenlaces.
Sus grandes esquemas explicativos son relativamente independientes de la materia del pasado sobre la que imponen una línea superior de significados. La potencia organizadora de estos esquemas se alimenta del "sentido común" con el que coincide. A este modelo también respondieron las "historias nacionales" de difusión escolar: un panteón de héroes, un grupo de excluidos y réprobos, una línea de desarrollo unitario que conducía hasta el presente. La quiebra de la legitimidad de las instituciones escolares en algunos países, y la incorporación de nuevas perspectivas y nuevos sujetos, en otros, afectó también las "historias nacionales" de estilo tradicional.Las modalidades no académicas de escritura encaran el asalto del pasado de modo menos regulado por el oficio y el método, en función de necesidades presentes, intelectuales, afectivas, morales o políticas. Mucho de lo escrito sobre las décadas de 1960 y 1970 en la Argentina (y también en otros países de América Latina), en especial las reconstrucciones basadas en fuentes testimoniales, pertenece a ese estilo. Son versiones que se sostienen en la esfera pública porque parecen responder plenamente las preguntas sobre el pasado. Aseguran un sentido, y por eso pueden ofrecer consuelo o sostener la acción. Sus principios simples reduplican modos de percepción de lo social y no plantean contradicciones con el sentido común de sus lectores, sino que lo sostienen y se sostienen en él. A diferencia de la buena historia académica no ofrecen un sistema de hipótesis sino certezas.
Estos modos de la historia responden a la inseguridad perturbadora que causa el pasado en ausencia de un principio explicativo fuerte y con capacidad incluyente. Es cierto que las modalidades comerciales (porque esa es su circulación en las sociedades mediatizadas) despiertan la desconfianza, la crítica y también la envidia rencorosa de aquellos profesionales que fundan su práctica solamente en la rutina del método. Como la dimensión simbólica de las sociedades en que vivimos está organizada por el mercado, los criterios son el éxito y la puesta en línea con el sentido común de los consumidores. En esa competencia, la historia académica pierde por razones de método, pero también por sus propias restricciones formales e institucionales, que la vuelven más preocupada por reglas internas que por la búsqueda de legitimaciones exteriores que, sin son alcanzadas por un historiador académico, pueden incluso originar la desconfianza de sus pares. Las historias de circulación masiva, en cambio, reconocen en la repercusión pública de mercado su legitimidad. (c) LA GACETA
(*) Siglo XXI, Editores.
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