04 Septiembre 2005 Seguir en 

Se cumplen cien años del nacimiento de Raúl González Tuñón, poeta, dramaturgo, periodista y, sobre todo, viajero de ojos sagaces; creador de arquetipos, como Juancito Caminador, y hombre abierto a las solicitudes del cuerpo y del espíritu. El se definió en un verso: "Soy triste y cordial como todo argentino". Y también: "Yo creo en Dios y eso que soy comunista". Es un acierto de la editorial reeditar estos dos libros de 1930 y de 1934.
Sus primeras colaboraciones en Caras y Caretas, Inicial, luego Martín Fierro, Proa, recuerdan a Carriego, el barrio, los amigos, los viajes. Están presentes la calle, el país, la gente sencilla. Las imágenes saltan de Tucumán a Europa: "En Tucumán sólo puede buscarse la noche en los ojos de sus mujeres". Las catedrales de Europa son "transatlánticos de Dios". La escritura da la sensación de algo vivido antes de llegar al papel. Los lugares comunes del París turístico se transfiguran, como ese "Bul Mich" de madrugadas altas / de mujeres que nos amaron por amor / mujeres sin mañana y sin ayer / usadas por todos / como los espejos y las palabras. El poder de síntesis hace que baste una comparación para trazar un ambiente: "Domingo con farolito en la esquina / como un apache desvelado" ("Music hall").
La vida es, para el poeta, "una encrucijada de caminos que parten y que vuelven". De ahí su preferencia por los puertos; se reconoce "un vagabundo de los puertos" ("Petroushka"). Confiesa su amor por ellos porque sólo ahí puede aguardarse algo, un barco, un sueño, una mujer, un camarada, un pájaro. Toda la poesía de González Tuñón lleva el sello del viaje, pero también de la apertura a lo que depara el mundo. Es alguien que acepta cada regalo y lo traduce en poesía, como una ofrenda de gratitud.
Todos bailan es de 1934. Lleva un subtítulo: "Los poemas de Juancito Caminador".
Preceden al texto varios epígrafes, dos de ellos de Gide. El primero es significativo: "Une existence pathétique, Nathanael, plutôt que la tranquilité". Concuerda perfectamente con el espíritu del libro. El poema "Historia de veinte años" es como un repaso de los comienzos del siglo veinte. Los versos se alargan, los textos se prosifican y hasta parecen crónicas, aunque aquí y allá salta una bella imagen. Asoma Juancito Caminador, con sus entusiasmos, sus transgresiones: "Y mi corazón continúa alegre y violento / como el corazón alborotado de un mundo nuevo". "Lluvia", uno de los mejores poemas del libro, regala su ritmo tierno, sensible, como las gotas que caen. Sigue la serie de los "blues", donde el poeta pasea al lector por el mapa del mundo, que es el de la humanidad, y también la mujer amada, como en algunos espléndidos finales: "Para esta mujer de mi vida y de mi muerte, / hoy vienen a cantar conmigo / las banderas de todos los países, las sirenas de todos los navíos". Los colores de la paleta se contagian de los lugares: Río Gallegos, los baldíos, la procesión de los pingüinos "rumbo al país del hielo silencioso".
El mejor homenaje que puede rendirse a un escritor es releerlo, acercar sus libros, permitir que sus palabras vuelvan a la memoria. La presente reedición cumple ese cometido y recuerda a un gran poeta, cuyo centenario no ha merecido todos los homenajes debidos a su creador. Tuvo, en la variedad de sus matrices expresivos, todas las facetas: comprensión y ternura para lo humano, captación del color y del detalle para el ámbito en que se movió. Quizá la mejor definición está en sus propios versos: "Soy un oficio bravo que camina y se gana / la roja copa, el rubio tabaco, el plato fuerte. / Un hombre que se ríe de los hombres y sabe / que en este mundo inmundo y sin fe, lo de menos es la muerte" (p. 59). (c) LA GACETA
Sus primeras colaboraciones en Caras y Caretas, Inicial, luego Martín Fierro, Proa, recuerdan a Carriego, el barrio, los amigos, los viajes. Están presentes la calle, el país, la gente sencilla. Las imágenes saltan de Tucumán a Europa: "En Tucumán sólo puede buscarse la noche en los ojos de sus mujeres". Las catedrales de Europa son "transatlánticos de Dios". La escritura da la sensación de algo vivido antes de llegar al papel. Los lugares comunes del París turístico se transfiguran, como ese "Bul Mich" de madrugadas altas / de mujeres que nos amaron por amor / mujeres sin mañana y sin ayer / usadas por todos / como los espejos y las palabras. El poder de síntesis hace que baste una comparación para trazar un ambiente: "Domingo con farolito en la esquina / como un apache desvelado" ("Music hall").
La vida es, para el poeta, "una encrucijada de caminos que parten y que vuelven". De ahí su preferencia por los puertos; se reconoce "un vagabundo de los puertos" ("Petroushka"). Confiesa su amor por ellos porque sólo ahí puede aguardarse algo, un barco, un sueño, una mujer, un camarada, un pájaro. Toda la poesía de González Tuñón lleva el sello del viaje, pero también de la apertura a lo que depara el mundo. Es alguien que acepta cada regalo y lo traduce en poesía, como una ofrenda de gratitud.
Todos bailan es de 1934. Lleva un subtítulo: "Los poemas de Juancito Caminador".
Preceden al texto varios epígrafes, dos de ellos de Gide. El primero es significativo: "Une existence pathétique, Nathanael, plutôt que la tranquilité". Concuerda perfectamente con el espíritu del libro. El poema "Historia de veinte años" es como un repaso de los comienzos del siglo veinte. Los versos se alargan, los textos se prosifican y hasta parecen crónicas, aunque aquí y allá salta una bella imagen. Asoma Juancito Caminador, con sus entusiasmos, sus transgresiones: "Y mi corazón continúa alegre y violento / como el corazón alborotado de un mundo nuevo". "Lluvia", uno de los mejores poemas del libro, regala su ritmo tierno, sensible, como las gotas que caen. Sigue la serie de los "blues", donde el poeta pasea al lector por el mapa del mundo, que es el de la humanidad, y también la mujer amada, como en algunos espléndidos finales: "Para esta mujer de mi vida y de mi muerte, / hoy vienen a cantar conmigo / las banderas de todos los países, las sirenas de todos los navíos". Los colores de la paleta se contagian de los lugares: Río Gallegos, los baldíos, la procesión de los pingüinos "rumbo al país del hielo silencioso".
El mejor homenaje que puede rendirse a un escritor es releerlo, acercar sus libros, permitir que sus palabras vuelvan a la memoria. La presente reedición cumple ese cometido y recuerda a un gran poeta, cuyo centenario no ha merecido todos los homenajes debidos a su creador. Tuvo, en la variedad de sus matrices expresivos, todas las facetas: comprensión y ternura para lo humano, captación del color y del detalle para el ámbito en que se movió. Quizá la mejor definición está en sus propios versos: "Soy un oficio bravo que camina y se gana / la roja copa, el rubio tabaco, el plato fuerte. / Un hombre que se ríe de los hombres y sabe / que en este mundo inmundo y sin fe, lo de menos es la muerte" (p. 59). (c) LA GACETA
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