Una conjugación feliz del periodismo y la ficción

Por Carmen Perilli.

04 Septiembre 2005
La escritora colombiana Laura Restrepo conjuga, de modo feliz, dos oficios: el periodismo y la ficción. La isla de la pasión es una novela en la que aprovecha la seducción de géneros como el folletín y el libro de aventuras para dar forma a la crónica histórica.
En 1989, Laura Restrepo publicó por primera vez este texto, cuyo atractivo título proviene de la denominación que Hernando de Magallanes otorgó a una pequeña pero importante isla -hoy Clipperton-, situada a unos 1.250 kilómetros de la costa de México. Estos cuatro kilómetros de largo de tierra en el Pacífico, yacimiento de guano y minerales, forman parte de la historia de despojamientos de América Latina. En ese pequeño espacio se sitúa la épica de la familia Arnaud.
Laura Restrepo, quien, al final de la novela, consigna la profusa bibliografía, rastreó a través de testimonios, libros de historia, diarios, pero, sobre todo, entrevistas a los sobrevivientes, esta historia de obsesiones y naufragios, un relato de fascinante singularidad. El cineasta mexicano Emilio Fernández la llevó al cine -La isla de la pasión (Clipperton) (1941)- en un drama histórico de tono nacionalista. La escritora colombiana elige tramarla como odisea humana, enfocando a los protagonistas.
Ramón Arnaud, un joven oficial del ejército mexicano, es enviado por el presidente Porfirio Díaz a la isla desierta, como gobernador, con el objeto de defender la soberanía. Lo acompañan Alicia, su esposa adolescente, y once soldados con sus familias. Mientras tanto, se desata la revolución mexicana y los viajeros, olvidados en medio del mar, quedan librados a su suerte. La pequeña comunidad crece -allí nacen los hijos del gobernador- sufriendo los embates de la naturaleza. Al mismo tiempo de las pasiones de sus integrantes, muchos de ellos ganados por la violencia. De vez en cuando llegan al lugar los ecos poco tranquilizantes de un mundo exterior beligerante.
Desde las primeras páginas de la novela, Laura Restrepo aclara que los "lugares, nombres, fechas, documentos, testimonios, personajes, personas vivas y muertas que aparecen en este relato son reales. Los detalles menores también lo son a veces". La voz de los sobrevivientes de la familia, en particular de una anciana Alicia Arnaud, una de las hijas, le permite introducirse en la interioridad del grupo arrojado en la fantasmagórica ínsula. "Barrida por huracanes, erosionada por las mareas, borrada de los mapas, olvidada por los hombres, extraviada en el mar, antes mexicana y ahora expropiada y ajena, trastocado su nombre, muertos hace tiempo los protagonistas de su drama. Quiere decir que no existe. Que no hay tal lugar. Ilusión a veces y otras veces pesadilla, la isla no es más que eso, sueño. Utopía. ¿O hay acaso quien pueda asegurar por experiencia lo contrario?".
Restrepo atrapa al lector, lo cautiva con la cotidianidad de la odisea de los Arnaud. A la figura trágica de Ramón, devorado por una mantarraya mientras alucina con el barco salvador, sucede el heroísmo de su mujer, Alicia, que, junto con las demás sobrevivientes, será capaz de dar a luz al mismo tiempo que enfrenar al último hombre sumido en la locura para salvar a sus hijos.En la inmensidad del océano, en ese territorio donde el tiempo parece haberse detenido, quedarán los muertos. Sólo se salvarán un puñado de mujeres y los niños, quienes nunca dejarán de sentir nostalgia por esa especie de paraíso propio.
La relación entre fábula literaria y fábula histórica arroja al lector en el debate de la verdad y sus escrituras. No podemos dejar de ver en la historia de Arnaud una metáfora de la historia de un continente. Laura Restrepo logra conjugar la historia con la poesía. A partir de una muñeca, testigo muerto en medio de los cangrejos, cobran vida singulares personajes. La realidad puede ser más delirante que la literatura. Clipperton conjuga quimeras y realidades. La isla de la pasión los pone en escena en el papel. (c) LA GACETA

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