Bernardo Atxaga traduce su propio libro del vasco al castellano

Por Rodolfo Alonso.

04 Septiembre 2005
A quien resulte insólito que el mismo autor aparezca en las páginas iniciales como traductor de su propio libro al castellano, quizá le baste una simple información: Bernardo Atxaga es un escritor vasco que escribe en vasco. Es decir, pertenece (junto con catalanes y gallegos) a una de las tres grandes nacionalidades históricas que, a lo largo de la existencia de España, han luchado decididamente para mantener su identidad, en cada caso ligada de forma indisoluble con su lengua.
Ese trasfondo tiñe y orienta en gran medida la trama entera de esta novela, que se abre precisamente con un poema-prólogo titulado -de manera muy precisa- "Muerte y vida de las palabras". La conciencia explícita de emplear una lengua minoritaria y por consiguiente en riesgo, se carga aquí de una doble tensión: la de la historia trágica de la dictadura franquista y de la resistencia antifascista que no podía dejar de ser violenta, encarnada tanto en el doloroso emblema máximo de la Guernica masacrada por la Luftwafe como en esos inocentes fusilados de la guerra civil que, décadas después, atormentarán la infancia del protagonista que presiente la culpa de su padre, un fascista activo. Y, por otro lado, pero al mismo tiempo, la tensión entre el mundo antiguo, campesino, donde la lengua propia fluía con entera naturalidad, severamente prohibida en los tiempos difíciles, y esa otra tensión mayor, cada vez más contemporánea, donde la implantación casi universal de las pautas tan seductoras como deletéreas de la sociedad de consumo, de la sociedad del espectáculo, a través de los grandes medios masivos de incomunicación, ahogan al parecer toda posibilidad de expresión auténtica, legítima.
Más allá del relato, entonces, y como por debajo, en el humus más profundo donde la aldea persiste, también aquí la realidad supera a la ficción y, simbolizada incluso en ese éxito universal que ha llevado a este autor a ser traducido a veinticinco lenguas, comenzando por esa evidencia flagrante de tener que traducirse él mismo al castellano, el destino y la aventura de la lengua propia, sea o no sea canonizada por el mercado, se pone trágicamente de manifiesto en esas cajas de fósforos enterradas en un rancho de California por las hijas del protagonista, sin duda un alter ego del autor, donde yacen trágicamente inermes las tiernas, tocantes palabras en vasco que van siendo olvidadas, que van dejando de ser usadas.
En alguna medida parodiando -con el debido respeto- al Pierre Ménard de Borges, la primera impresión que tuve al recibir este libro (íntima, profundamente personal, como de descubrimiento) fue casi modificada de raíz, a posteriori, al padecer la andanada de publicidad mediática con que la industria cultural se creyó obligada a rodear su lanzamiento. Pero me rehice. Leyéndolo, la dignidad artística, intelectual y humana de Bernardo Atxaga consigue salir indemne de semejante prueba. (c) LA GACETA

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