04 Septiembre 2005 Seguir en 

En un cuento desopilante del neoyorquino Woody Allen figura un jugador de ajedrez por correspondencia, de nombre Bocage.
Curiosamente, por cierto, lo adopta para un cuento muy distinto Juan Carlos Mondragón, "Muerte de un malevo uruguayo". Difícilmente sabremos si las conexiones son conscientes o no. Y si hay tales conexiones. Porque la literatura es una cadena con eslabones infinitos. Lo que es deriva de lo que fue.
Mondragón, un uruguayo escasamente conocido entre nosotros, nació en Montevideo en 1950. Se doctoró en París, ha publicado numerosos libros de relatos, y sus lecturas abarcan un espectro prodigioso.
Precisamente, uno de los entretenimientos de El misterio Horacio Q son el rastreo y el reconocimiento de giros y frases, tan numerosos y atinados, que recorren la obra, y que son una especie de revista de la literatura de Occidente, una característica de muchos autores oriundos de la Banda Oriental.
Y aunque del clima, y aun del espíritu del libro, se desprenden la presencia de Onetti, de Borges, de Poe, de Kipling et alia, por encima de los autores insertos en los intertextos -como pronuncian los profesores de Teoría Literaria- planea Horacio Quiroga, prócer de las letras rioplatenses. Con mayor ingenio y recursos literarios que el autor de Anaconda, Mondragón nos lleva de la mano por los desmesurados espacios que ocupan el amor y, sobre todo, la locura y la muerte. Una cuota indispensable de enigma y aire policial envuelve la prosa de la mayoría de los cuentos que integran el volumen, y que aúnan una cultura literaria más que respetable con una factura prosística rica en invenciones y sutilezas de todo tipo. Un lector empapado de estos rasgos estará en las mejores condiciones para saborear la riqueza que muchos de los cuentos albergan, y apreciará también el "enfoque", llamémoslo así, uruguayo, que no puede dejar de examinar, oscilando entre la aparente admiración y la envidia (una envidia sin furia, aclarémoslo), aquello que se cocina en la vecina Buenos Aires, pero también abierto al ancho mundo que constituye la república de las letras. (c) LA GACETA
Curiosamente, por cierto, lo adopta para un cuento muy distinto Juan Carlos Mondragón, "Muerte de un malevo uruguayo". Difícilmente sabremos si las conexiones son conscientes o no. Y si hay tales conexiones. Porque la literatura es una cadena con eslabones infinitos. Lo que es deriva de lo que fue.
Mondragón, un uruguayo escasamente conocido entre nosotros, nació en Montevideo en 1950. Se doctoró en París, ha publicado numerosos libros de relatos, y sus lecturas abarcan un espectro prodigioso.
Precisamente, uno de los entretenimientos de El misterio Horacio Q son el rastreo y el reconocimiento de giros y frases, tan numerosos y atinados, que recorren la obra, y que son una especie de revista de la literatura de Occidente, una característica de muchos autores oriundos de la Banda Oriental.
Y aunque del clima, y aun del espíritu del libro, se desprenden la presencia de Onetti, de Borges, de Poe, de Kipling et alia, por encima de los autores insertos en los intertextos -como pronuncian los profesores de Teoría Literaria- planea Horacio Quiroga, prócer de las letras rioplatenses. Con mayor ingenio y recursos literarios que el autor de Anaconda, Mondragón nos lleva de la mano por los desmesurados espacios que ocupan el amor y, sobre todo, la locura y la muerte. Una cuota indispensable de enigma y aire policial envuelve la prosa de la mayoría de los cuentos que integran el volumen, y que aúnan una cultura literaria más que respetable con una factura prosística rica en invenciones y sutilezas de todo tipo. Un lector empapado de estos rasgos estará en las mejores condiciones para saborear la riqueza que muchos de los cuentos albergan, y apreciará también el "enfoque", llamémoslo así, uruguayo, que no puede dejar de examinar, oscilando entre la aparente admiración y la envidia (una envidia sin furia, aclarémoslo), aquello que se cocina en la vecina Buenos Aires, pero también abierto al ancho mundo que constituye la república de las letras. (c) LA GACETA
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