Avelino Ferreira, condiscípulo de Alberdi

Para LA GACETA - Buenos Aires.

ROSARIO EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX ROSARIO EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX
04 Septiembre 2005
Avelino Ferreira y Juan Bautista Alberdi coincidieron en Córdoba hacia 1834, fuera de los claustros de la Universidad de Córdoba, pues el primero había finalizado sus estudios casi dos años atrás mientras el segundo procuraba su título de bachiller en Derecho.En una ciudad entonces tan pequeña, en la que todos se conocían y donde en los sectores más conspicuos de la sociedad pesaban con fuerza los lazos familiares próximos y remotos, es posible que compartieran las reuniones en las que se conversaba, se bailaba y se degustaban las delicias de la cocina criolla. Pequeño de talla, esmirriado, vestido a la usanza porteña, Alberdi, buen pianista y mozo decidor, concitaba las simpatías de las jóvenes, ganaba amigos, pero también provocaba aprensión entre quienes lo veían como un paladín de modas exóticas para el medio.Ferreira, un año mayor que el futuro autor de las Bases, pues había nacido en Villanueva en 1809, era un joven respetado y querido por su seriedad y contracción al trabajo. Lucía una gallarda apostura, que conservó hasta sus años maduros, y poseía una clara inteligencia, además de profunda versación en cuestiones de Derecho.
Ambos profesaban ideas liberales, aunque se cuidaran de expresarlas con demasiada vehemencia. En mayo de 1834, cuando Alberdi obtuvo su diploma de bachiller, negros nubarrones envolvían la patria chica cordobesa y la patria grande argentina. Desde la revolución de Lavalle, el 1º de diciembre de 1828, la provincia mediterránea había padecido las consecuencias de la guerra civil, y si los paisanos eran movilizados para combatir junto a José María Paz contra los llanistas de Quiroga, no menos comprometidos se hallaban los vecinos de la capital, en cuyas proximidades se habían librado cruentas batallas.
El gobernador Reynafé, tan próximo a los sedicentes federales porteños que se aprestaban a entronizar definitivamente a Juan Manuel de Rosas, brindó su protección a Alberdi, y esa transitoria coraza le permitió allanar los requisitos burocráticos, ganar su diploma, marchar a su provincia y regresar a Buenos Aires justo a tiempo para plegarse al movimiento renovador encabezado por Esteban Echeverría.
Como dijimos, Ferreira realizó sus estudios sistemáticos en Córdoba. Se matriculó el 15 de marzo de 1828 en la clase de juristas de la Universidad, cuando regía esa casa el insigne sacerdote y orador Pedro Ignacio Castro Barros. Bajo la conducción de tan eminente clérigo y ciudadano, cuyo nombre evocaba las grandes asambleas de la Independencia; de Miguel Calixto del Corro y de José Gregorio Baigorri, obtuvo el grado de bachiller en Derecho Civil y Canónico el 29 de diciembre de 1830, junto con sus condiscípulos José Severo de Olmos y Juan del Campillo. Los tres se destacarían en la época de la Confederación como abogados y magistrados. Campillo, además de ser constituyente de 1853 y ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, demostraría su liberalismo como ministro de Gobierno del gobernador de Santa Fe Nicasio Oroño, quien promulgó en 1867 las leyes de matrimonio civil, secularización de cementerios y expropiación del Convento de San Carlos de los Padres Franciscanos.El 14 de mayo de 1832, Ferreira recibió, con las solemnidades del caso y previo el juramento que determinaba la Constitución de San Marcos de Lima, vigente en la Universidad de Córdoba, el grado de doctor en Derecho de manos del rector, José Roque Funes.
Ejercía su profesión bajo la creciente presión de los acontecimientos. La muerte de Facundo Quiroga y la prisión del gobernador Reynafé y sus hermanos, acusados de instigar el asesinato, habían aumentado aún más las tensiones en Córdoba, cuando se supo que en Buenos Aires se había abierto el Salón Literario en la librería de Marcos Sastre y que uno de sus impulsores iniciales, junto con Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez, era Alberdi.
Los cordobeses que se adherían a los principios sustentados en ese ámbito, y luego en la Joven Argentina, se reunieron en secretos conciliábulos, y adoptaron las formas secretas de la matriz porteña hasta que debieron exiliarse, como el bardo de La Cautiva y otros miembros comprometidos.Echeverría le dedicó a Ferreira un recuerdo en su Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata desde el año 37, que permite conocer parcialmente el itinerario de su posterior exilio. Expresó en 1846 el autor del Dogma Socialista: "Debemos también hacer mención del señor Villafañe, secretario del general Lamadrid, y del doctor don Avelino Ferreira, profesor el primero de historia y geografía en la Universidad de Sucre y el segundo de matemáticas".
Pero la caída del progresista general José Ballivián, que había acogido a Bartolomé Mitre, Domingo Oro, Wenceslao Paunero y otros argentinos, y su reemplazo por el sanguinario coronel Manuel Belzú, lo llevó a Chile, donde estuvo alternativamente en Valparaíso y en Santiago, ejerciendo su profesión de abogado o entregado a ambiciosos pero poco realizables proyectos mineros. En la nación trasandina estaba desde hacía tiempo su amigo Alberdi, exitoso letrado que emprendía a la vez operaciones comerciales de importancia y dirigía El Comercio de Valparaíso. Junto a él se encontraba Bartolomé Mitre -con el que rompería violentamente poco más tarde-, quien había llegado a esa ciudad luego de huir de Bolivia.
Precisamente, hay una carta de Ferreira dirigida a Alberdi el 10 de febrero de 1851, en la que le expresa que no ha podido responder sus últimas misivas por haber tenido que viajar a La Serena acompañado por unos químicos, para determinar si una mina ubicada en sus proximidades era de lapizlázuli. Los estudios habían resultado positivos y prometían pingües ganancias. El cordobés esperaba recibir un aparte de lo que se extrajese, aunque preveía mucho trabajo y no pocos pleitos.
De pronto llegaron noticias de Montevideo que lo determinaron a volver. Los acontecimientos del Plata se habían precipitado de un modo que muchos de los proscriptos ni siquiera imaginaban. El gobernador de Entre Ríos, general Justo José de Urquiza, se había pronunciado contra Rosas. Desde hacía años, trabajaban su espíritu las ideas de organización que el dictador porteño desechaba. Algunos emigrados lo habían exhortado por escrito a derribar la tiranía y otros se habían refugiado en Entre Ríos, seguros de su benévola protección. Urquiza había dicho: "siendo argentino y desgraciado, no pregunto de qué pelo es", y había cumplido religiosamente esa idea.
Al pronunciarse Urquiza contra Rosas, Ferreira se embarcó sin demora hacia Montevideo; afrontó los peligros del Cabo de Hornos y, tras llegar y abrazarse con varios de sus amigos emigrados, pasó a Concepción del Uruguay, donde el gobernador de Entre Ríos se aprestaba a derrocar al dictador porteño. Según tradición familiar, que me transmitió hace más de cuarenta años la anciana nuera de Ferreira, el general se paseó largamente con él por los jardines de su casa de San José y, como era su costumbre, lo invitó a disfrutar de las apetitosas naranjas de su quinta. Agrega esa versión, que atribuyo al encono antiurquicista de una parte de la familia, que mientras caminaban, se acercó al general un capataz para informarle que había sido detenido un peón que había robado; y que al preguntarle qué debía hacer con él, Urquiza se llevó al cuello el pequeño cuchillo con que pelaba las frutas, en inequívoco gesto de degüello.
Después de la batalla de Caseros, Ferreira se afincó en Rosario, ciudad que prosperaba gracias a su extraordinaria posición geográfica y al apoyo del director provisorio de la Confederación Argentina. Tenía 43 años, lo acompañaba la fama de su larga emigración y era uno de los poquísimos abogados propiamente tales que existían en la provincia de Santa Fe. No tardó en conocer a Felisa Nicolórich, miembro de una familia perseguida por la dictadura, que vivía, como sus hermanos, con su madrastra, Dolores Moreno. Era rubia y tenía ojos de mar, como su padre, don Matías. Contrajeron matrimonio y de esa unión nació, años más tarde, el destacado jurista Avelino Pedro Ferreira, también graduado en Córdoba.
Mientras su amigo Alberdi desempeñaba el cargo de ministro plenipotenciario ante las cortes europeas y otros condiscípulos actuaban en el Congreso de la Confederación, él continuó con sus tareas forenses, hasta ser elegido diputado nacional. Pero apenas concluyó su mandato en Paraná regresó a Rosario. Fue también, por breve tiempo, en 1858, defensor de pobres y menores.
Resultó un verdadero padre para sus jóvenes cuñados, Pedro y Leonardo Nicolórich, a quienes inculcó sus ideas liberales y adoctrinó para ejercer el periodismo. Poco a poco se alejaba de Urquiza y miraba con esperanzas hacia Buenos Aires, donde crecía en dimensión política su amigo Mitre. Si bien no en forma directa como aquellos, colaboró con el gobernador porteño luego de su entrada a Rosario, tras la batalla de Pavón. Pedro redactaba junto con Damaceno Fernández La Nueva Era, periódico adicto a la causa de Buenos Aires, donde Ferreira también publicó algunos artículos.
Sin embargo, su actividad principal era la abogacía. El 21 de marzo de 1861 había sido el primero en inscribirse en la matrícula, según lo dispuesto por la Cámara de Justicia santafesina, presentando título habilitante expedido por la Ilustrísima Corte de Apelaciones de Santiago de Chile.
En enero de 1862 fue designado juez en lo Civil y Criminal, cargo al que renunció tres meses después. También duró poco tiempo como fiscal. El 4 de agosto de 1862 se lo nombró juez de Comercio, el primero en dicho fuero en Rosario tras la supresión del Consulado. Volvió a renunciar, reabrió su estudio y lo cerró brevemente para retornar al juzgado en 1864.
Fue su última actuación en la magistratura santafesina. A partir de ese año rompió definitivamente con los partidarios de Mitre y se convirtió en uno de los líderes del Club del Pueblo, de tendencia autonomista, que en febrero de 1865 enfrentó la candidatura de Nicasio Oroño. Este resultó vencedor, circunstancia que determinó la reclusión de Ferreira en su estudio. Poco más tarde estalló la guerra con el Paraguay, a la que marchó su cuñado Pedro Nicolórich, que cayó en 1866 en el asalto de Curupaytí. La muerte de quien era un discípulo querido significó un duro golpe para el letrado cordobés, que en 1869 se hizo cargo provisionalmente del Juzgado Federal de sección y ocupó en 1874 la presidencia del Concejo Deliberante.Finalmente se trasladó a Córdoba, donde su hijo Avelino Pedro, luego notable magistrado y tratadista, comenzó sus estudios de Derecho. Murió en su ciudad natal el 7 de agosto de 1888.
Desconozco si en sus últimos años mantuvo contacto con Alberdi, alejado de toda actuación pública después de la asunción de Mitre a la presidencia de la República, o si llegó a abrazarlo en el breve lapso de su retorno a la patria. (c) LA GACETA

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