Las curiosas relaciones entre la ficción y la realidad

Por María Eugenia Valentié.

28 Agosto 2005
En un inteligente prólogo, Tomás Eloy Martínez plantea el tema de la relación entre la realidad y la ficción. Comienza con Platón, quien distingue el original de la copia, la esencia de la apariencia, las ideas de las cosas. Pero, además de las copias, existen las copias de las copias, de modo tal que toda representación resulta ser un simulacro. Esto implica una desvalorización del arte y explica el lugar asignado a los poetas en la República platónica.
Pero en la época moderna las cosas cambian, especialmente en la filosofía de Leibniz. Entre el original y la copia hay semejanza y diferencias; Leibniz pone el acento en la diferencia, que es lo que construye el mundo en su diversidad. Sin la diferencia que ahuyenta "el fantasma de la identidad", todo sería indiscernible. Leibniz, cortesano, enseñaba Filosofía a las damas en un jardín, mostrándoles que los árboles no tienen dos hojas exactamente iguales.Entonces, aparecen en la Estética las nociones de lo verosímil y lo inverosímil. El original y la copia con dos realidades distintas, pero ambas verdaderas. Según Tomás Eloy Martínez, "la literatura, sin embargo, no es una mera corrección de la realidad, un trazo que altera el dibujo original... sino otra realidad diferente pero no adversaria de la realidad del mundo: un deseo de otra realidad y de otro orden dentro de la realidad a la vez que un desplazamiento de la realidad hacia el terreno de la imaginación". De esta manera, la literatura se diferencia del periodismo narrativo y de la Historia como disciplina científica. En el caso del periodista, que relata hechos, su deber es lograr la mayor objetividad posible, y su valor supremo es la verdad. Algo semejante ocurre con el historiador, que trabaja con documentos y fuentes del pasado, que analiza y suprime lo dudoso.
Una lectura o una experiencia personal pueden ser un incentivo para la imaginación y dar por resultado una obra literaria. La presencia de esa realidad primaria puede ser más o menos importante en la obra, pero contribuye en la creación de una nueva realidad, que tiene en sí misma su propia verdad. Así nacen las ficciones verdaderas que Tomás Eloy Martínez compila en esta antología. Son 12 los ejemplos escogidos, pero según el autor la lista podría ser infinita.
El primer ejemplo es el de Macbeth, cuya fuente es una crónica del siglo XVI, que Shakespeare utiliza cambiando las acciones de algunos personajes para complacer al rey James I. Le sigue La princesa de Clèves, esa exquisita novela de Madame de La Fayette, inspirada en la obra de Brantôme. Daniel Defoe escribió el Diario del año de la peste, a partir de los datos registrados por el doctor Nathaniel Hodges sobre la peste bubónica que asoló la ciudad de Londres en 1665, y la interpretó como un castigo divino a causa de los pecados cometidos por los habitantes de la ciudad. A su vez, Alejandro Dumas utilizó en Los tres mosqueteros las Memorias del señor D?Artagnan. Por su parte, Herman Melville tomó y modificó un relato de las crónicas de viajes del capitán Amasa Delano, para escribir su Benito Cereno. Gustave Flaubert afirmó que su obra maestra, Madame Bovary, era un fruto de su imaginación; pero los críticos descubrieron más tarde que el argento coincidía con la historia de una amiga de su madre y, además, con las Memorias de Madame Ludovica, una obra anónima. El agente secreto, de Joseph Conrad, proviene de una crónica periodística. Tomás Eloy Martínez afirma que "la mera intriga policial se convierte en manos de Conrad en un tratado sobre la culpa, la desesperanza y la falta de fe". Bodas de sangre, de Federico García Lorca, está basada en un hecho real que difundieron los diarios españoles. A través de una crónica periodística nos enteramos, con sorpresa, de que la novia tenía 20 años y que era "bizca, coja y con los dientes muy salidos". En "El impostor inverosímil Tom Castro", Borges recrea un artículo de la Enciclopedia Británica. En El reino de este mundo, Alejo Carpentier, basándose en una crónica del siglo XVIII, afirma "lo real maravilloso", como un rasgo latino-americano. En La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa recrea un clásico de Euclides de Cunha y crea un nuevo clásico. Crónica de una muerte anunciada tiene como argumento la historia del asesinato de un amigo de la familia de Gabriel García Márquez, publicada por la prensa. Beloved, de Toni Morrison, también se basa en un hecho real: la terrible decisión de una mujer negra, que mata a su hija para librarla de la esclavitud, que es peor que la muerte.
El libro transcribe fragmentos de los textos, confrontando las ficciones con las fuentes reales, precedidos por unas breves y excelentes páginas con explicaciones de Tomás Eloy Martínez. (c) LA GACETA

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