28 Agosto 2005 Seguir en 

A lo largo de la historia de la humanidad, han abundado las diatribas contra la guerra. Ya sea que hayan sido escritas por civiles condenados de golpe a vagar por el mundo con los ojos cegados por la muerte, o por soldados veteranos hartos de los horrores y de la culpa que provoca la guerra.
"Justicia de un hombre solo", de Akira Yoshimura, no es menos elocuente que esas diatribas. Pero de todas ellas lo separa una circunstancia increíble: el protagonista de la historia es un oficial desmovilizado que se convierte en fugitivo en su propia tierra. Terminada la Segunda Guerra Mundial, Japón está en ruinas. Tras la caída de las dos bombas nucleares (una en Hiroshima y la otra en Nagasaki), Takuya deserta de las filas del ejército imperial y vuelve a su pueblo natal. Allí se entera de que las fuerzas aliadas intensifican sus esfuerzos para capturar a los criminales de guerra.
Angustiado, Takuya teme que su participación en la ejecución de prisioneros norteamericanos lo lleve al patíbulo. Por eso huye de pueblo en pueblo. Se convierte en un fantasma, mientras viaja en trenes abarrotados y convive con lo más desahuciado de la raza humana. Con equilibrio, sin grandilocuencias, casi con humildad, Akira Yoshimura muestra un costado insólito de la guerra. Un cuadro en el que no hay ganadores ni perdedores porque, en realidad, toda la humanidad es la que pierde. De hecho, el mismo protagonista -que a lo largo de toda la novela no se ve a sí mismo como un criminal a pesar de que decapitó con su propia espada a un soldado- descubre que su venganza significó también su perdición. La novela plantea al mismo tiempo la dualidad que existe en toda guerra. ¿Quién es más culpable? ¿Takuya, que decapitó a uno de los soldados que arrojaron la bomba atómica? ¿Los norteamericanos, que arrasaron ciudades enteras? ¿El ejército imperial, que insistió en una guerra que no podía ganar?
Finalmente, el peor castigo que recibe Takuya es el de la soledad. El título de la novela alude especialmente a la imposibilidad que tiene el soldado de compartir su dolor con otras personas. No puede contactarse con sus padres o amigos por temor a que los oficiales norteamericanos los detengan y los torturen para hacerlos confesar el paradero de Takuya. Y, en su derrotero, tampoco puede confiar en nadie que se le acerque, por temor a que pueda tratarse de un espía encubierto. Así, el terrible destino de Takuya se convierte en una parábola del hombre contemporáneo, cada vez más aislado entre sus semejantes."Justicia de un hombre solo" es una novela simple pero potente. Sencilla pero muy efectiva. Una metáfora brillante de la inexorabilidad del destino.
Y eso se debe al talento de Yoshimura, un escritor muy respetado en su Japón natal, donde ha ganado numerosos premios. La premiada película "La anguila", de Shoei Imamura (Premio a la Mejor Película Extranjera en el Festival de Cannes, 1998) está inspirada en el personaje central de "Bajo palabra", una de sus novelas más aclamadas. Yoshimura es, además, director de la Asociación Japonesa de Escritores y del Museo de Literatura Japonesa Moderna. (c) LA GACETA
"Justicia de un hombre solo", de Akira Yoshimura, no es menos elocuente que esas diatribas. Pero de todas ellas lo separa una circunstancia increíble: el protagonista de la historia es un oficial desmovilizado que se convierte en fugitivo en su propia tierra. Terminada la Segunda Guerra Mundial, Japón está en ruinas. Tras la caída de las dos bombas nucleares (una en Hiroshima y la otra en Nagasaki), Takuya deserta de las filas del ejército imperial y vuelve a su pueblo natal. Allí se entera de que las fuerzas aliadas intensifican sus esfuerzos para capturar a los criminales de guerra.
Angustiado, Takuya teme que su participación en la ejecución de prisioneros norteamericanos lo lleve al patíbulo. Por eso huye de pueblo en pueblo. Se convierte en un fantasma, mientras viaja en trenes abarrotados y convive con lo más desahuciado de la raza humana. Con equilibrio, sin grandilocuencias, casi con humildad, Akira Yoshimura muestra un costado insólito de la guerra. Un cuadro en el que no hay ganadores ni perdedores porque, en realidad, toda la humanidad es la que pierde. De hecho, el mismo protagonista -que a lo largo de toda la novela no se ve a sí mismo como un criminal a pesar de que decapitó con su propia espada a un soldado- descubre que su venganza significó también su perdición. La novela plantea al mismo tiempo la dualidad que existe en toda guerra. ¿Quién es más culpable? ¿Takuya, que decapitó a uno de los soldados que arrojaron la bomba atómica? ¿Los norteamericanos, que arrasaron ciudades enteras? ¿El ejército imperial, que insistió en una guerra que no podía ganar?
Finalmente, el peor castigo que recibe Takuya es el de la soledad. El título de la novela alude especialmente a la imposibilidad que tiene el soldado de compartir su dolor con otras personas. No puede contactarse con sus padres o amigos por temor a que los oficiales norteamericanos los detengan y los torturen para hacerlos confesar el paradero de Takuya. Y, en su derrotero, tampoco puede confiar en nadie que se le acerque, por temor a que pueda tratarse de un espía encubierto. Así, el terrible destino de Takuya se convierte en una parábola del hombre contemporáneo, cada vez más aislado entre sus semejantes."Justicia de un hombre solo" es una novela simple pero potente. Sencilla pero muy efectiva. Una metáfora brillante de la inexorabilidad del destino.
Y eso se debe al talento de Yoshimura, un escritor muy respetado en su Japón natal, donde ha ganado numerosos premios. La premiada película "La anguila", de Shoei Imamura (Premio a la Mejor Película Extranjera en el Festival de Cannes, 1998) está inspirada en el personaje central de "Bajo palabra", una de sus novelas más aclamadas. Yoshimura es, además, director de la Asociación Japonesa de Escritores y del Museo de Literatura Japonesa Moderna. (c) LA GACETA
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