28 Agosto 2005 Seguir en 

Toda persona consta de una cabeza, un tronco, cuatro extremidades y un espíritu. Las que por una mutilación o por un nacimiento aciago carecen de alguna de esas partes, deben su condición de persona a la creencia de que si no fuera por la adversidad contarían con una dotación completa de aquellos atributos.
Las personas se sostienen en posición vertical apoyándose en sus extremidades inferiores; estas, desplazadas alternativamente hacia adelante una y otra vez, producen la marcha erecta, característica que muchos autores estiman distintiva de las personas. Otros usos de las extremidades inferiores son la carrera y el salto, pero se ve fácilmente que constituyen variantes de la marcha. (Hay personas que las emplean de modos no derivados, por ejemplo para jugar al fútbol, para peregrinar o para esconderse, pero se trata en todo caso de modos ocasionales y no sustantivos).
Las personas se valen de sus extremidades superiores para tratar con buena parte de las demás clases de seres: guijarros y máquinas de escribir, pájaros y naipes, lápices y naranjas, azucenas y relojes. Todo lo asible, lo empujable, lo tangible y lo palpable obedece a su jurisdicción. La mayoría de las personas son más hábiles con su extremidad superior derecha, pero no son pocas las diestras con la izquierda, y todas -con mayor o menor idoneidad- pueden emplear tanto la una como la otra. En caso de privación accidental de una de ellas, les es dado valerse de la restante; así, todos recuerdan que una famosa novela fue redactada por un manco.
La más señalada función de las extremidades superiores es precisamente la de señalar. Extender una de ellas en la dirección de una cosa es destacarla de entre las demás. Mediante ese procedimiento, repetido todas las veces que es necesario, las personas definen la realidad. (No está bien visto, sin embargo, que una persona señale a otra persona, por lo que la realidad de las personas -salvo caso de urgencia- habrá de establecerse por otros medios).
El tronco es la parte central de las personas, pero no hay acuerdo acerca de su significado. Algunos autores subrayan su importancia alegando justamente su posición; añaden que una persona, para aludir a sí misma, suele señalar su tronco. (Más exactamente, la parte delantera de su tronco, hacia arriba). Otros autores objetan, empero, que lo de la posición central es asunto de mero diseño, y que el tronco está allí a título de soporte mecánico destinado a ligar las otras partes, sin que ello importe una función en sí misma esencial. Quienes así razonan hacen notar que en un árbol, por ejemplo, ni el alimento ni la respiración dependen del tronco, el cual se reduce a sostener las partes por las que el árbol vive, y -cuanto más- a facilitar el transporte de sustancias entre aquellas partes. Sus adversarios arguyen que no ha de entenderse literalmente la metáfora del árbol, porque si tal se hiciese sería menester considerar ramaje las extremidades superiores y raíces las inferiores, lo que equivaldría a un manifiesto disparate. No saben decir empero en qué sentido el tronco es principal, y aunque todos sienten que algo de razón les asiste, estos autores no han conseguido dar a su tesis el peso suficiente como para que sea admitida llanamente y sin reparos.
Los partidarios de la cabeza son más numerosos, porque sus motivos son fáciles de aceptar. Oír y ver, oler y gustar, son oficios exclusivos de la cabeza, y nadie cree necesario encarecerlos en lo tocante a la constitución de las personas. (No faltan, sin embargo, quienes han recordado que La Odisea, El Paraíso perdido y El Aleph han sido compuestos por ciegos, y que la sinfonía llamada Heroica lo ha sido por un sordo). Ante observaciones como la consignada en el anterior paréntesis, los defensores de la cabeza responden que no se puede encerrarla entre paréntesis ni siquiera para la ejecución de las operaciones más banales, como la de -digamos- ir a comprar cigarrillos. Porque -aducen- el vendedor se avendría muy bien al pedido de un manco o de un rengo, pero enmudecería de espanto ante un comprador carente de cabeza, o con la cabeza entre paréntesis. Para no hablar -insisten- de la dificultad que supone emitir una frase como "Un atado de cigarrillos, por favor" cuando se ha perdido la cabeza, lo que recuerda -de paso- que la precedentemente consignada facultad de señalar, propia de las extremidades superiores, de nada serviría si en cada caso no pudiera pronunciarse (aunque sea en voz baja) el nombre de la cosa señalada, posibilidad notoriamente situada en la cabeza. Por si no bastara, estos teóricos agregan que de hecho "cabeza" y "persona" son a menudo sinónimas, como en la frase: "La cena costó quince pesos por cabeza". Algunos subrayan que en esa frase no se mencionan tronco ni extremidades, aunque obviamente participaran de la comida del caso.
No faltan sin embargo quienes alegan que la condición de persona no radica en la cabeza, en el tronco ni en las extremidades, porque por útiles que sean esas partes no hacen a lo que una persona verdaderamente es. Una estatua -dicen- las posee, pero nadie en su sano juicio la confundiría con una persona. Tampoco -insisten- adjudicaría ese carácter a tantos animales como hay en los que pueden distinguirse fácilmente cabeza, tronco y extremidades: un perro, sin ir más lejos.
(Abundan empero los que rechazan enérgicamente ese punto de vista, convencidos de que los perros son personas, y aun mejores que las que alardean de esa condición. Tampoco son escasos los que hablan con estatuas, y no como al pasar, sino con fervor y solemnidad, a modo de quien ruega y promete. Es claro que, ya en tren de registrar extravagancias, no puede omitirse a las señoras que dirigen palabras de ternura a sus geranios).
Pero los que así desacreditan a las partes no saben decir qué acredita a las personas, qué obliga a creer que son personas y no más bien autómatas eficientemente construidos. Vagamente aducen que aquella calidad emana del conjunto, pero como este no puede señalarse sin sus partes y estas han sido destituidas por los que así razonan, nadie sabe qué significan sus razonamientos. (Acuciados por los que les piden señales de las personas, suelen acogerse en motivos de buena educación, que precisamente desaconsejan señalarlas).
Están, por fin, los que sostienen el argumentum cadavericum. Estas gentes concuerdan con los que niegan al tronco, a la cabeza y a las extremidades el ser determinantes de la persona, pero difieren de aquellos en que su negación de las partes no es completa. En efecto, interrogado sobre la que hace que una persona lo sea, responden: la que falta en aquello alrededor de lo cual, llegada cierta hora, se reúnen compungidos amigos y parientes. "Una persona es lo que lloramos ante un catafalco", reza una sentencia famosa de esta escuela. Ahora bien, aunque su doctrina sea irrefutable, resulta de todo punto inútil, porque además de ser puramente negativa -pretende definir a las personas por lo que no son, por una ausencia-, exige una espera intolerable, puesto que notoriamente toda persona es anterior a su velorio.
Así las cosas, los principales autores tratan de esta materia con la resignación que suscitan los asuntos que son a la vez evidentes e inexplicables, como el de que el universo continúe y haya ser y no más bien nada. (c) LA GACETA
Las personas se sostienen en posición vertical apoyándose en sus extremidades inferiores; estas, desplazadas alternativamente hacia adelante una y otra vez, producen la marcha erecta, característica que muchos autores estiman distintiva de las personas. Otros usos de las extremidades inferiores son la carrera y el salto, pero se ve fácilmente que constituyen variantes de la marcha. (Hay personas que las emplean de modos no derivados, por ejemplo para jugar al fútbol, para peregrinar o para esconderse, pero se trata en todo caso de modos ocasionales y no sustantivos).
Las personas se valen de sus extremidades superiores para tratar con buena parte de las demás clases de seres: guijarros y máquinas de escribir, pájaros y naipes, lápices y naranjas, azucenas y relojes. Todo lo asible, lo empujable, lo tangible y lo palpable obedece a su jurisdicción. La mayoría de las personas son más hábiles con su extremidad superior derecha, pero no son pocas las diestras con la izquierda, y todas -con mayor o menor idoneidad- pueden emplear tanto la una como la otra. En caso de privación accidental de una de ellas, les es dado valerse de la restante; así, todos recuerdan que una famosa novela fue redactada por un manco.
La más señalada función de las extremidades superiores es precisamente la de señalar. Extender una de ellas en la dirección de una cosa es destacarla de entre las demás. Mediante ese procedimiento, repetido todas las veces que es necesario, las personas definen la realidad. (No está bien visto, sin embargo, que una persona señale a otra persona, por lo que la realidad de las personas -salvo caso de urgencia- habrá de establecerse por otros medios).
El tronco es la parte central de las personas, pero no hay acuerdo acerca de su significado. Algunos autores subrayan su importancia alegando justamente su posición; añaden que una persona, para aludir a sí misma, suele señalar su tronco. (Más exactamente, la parte delantera de su tronco, hacia arriba). Otros autores objetan, empero, que lo de la posición central es asunto de mero diseño, y que el tronco está allí a título de soporte mecánico destinado a ligar las otras partes, sin que ello importe una función en sí misma esencial. Quienes así razonan hacen notar que en un árbol, por ejemplo, ni el alimento ni la respiración dependen del tronco, el cual se reduce a sostener las partes por las que el árbol vive, y -cuanto más- a facilitar el transporte de sustancias entre aquellas partes. Sus adversarios arguyen que no ha de entenderse literalmente la metáfora del árbol, porque si tal se hiciese sería menester considerar ramaje las extremidades superiores y raíces las inferiores, lo que equivaldría a un manifiesto disparate. No saben decir empero en qué sentido el tronco es principal, y aunque todos sienten que algo de razón les asiste, estos autores no han conseguido dar a su tesis el peso suficiente como para que sea admitida llanamente y sin reparos.
Los partidarios de la cabeza son más numerosos, porque sus motivos son fáciles de aceptar. Oír y ver, oler y gustar, son oficios exclusivos de la cabeza, y nadie cree necesario encarecerlos en lo tocante a la constitución de las personas. (No faltan, sin embargo, quienes han recordado que La Odisea, El Paraíso perdido y El Aleph han sido compuestos por ciegos, y que la sinfonía llamada Heroica lo ha sido por un sordo). Ante observaciones como la consignada en el anterior paréntesis, los defensores de la cabeza responden que no se puede encerrarla entre paréntesis ni siquiera para la ejecución de las operaciones más banales, como la de -digamos- ir a comprar cigarrillos. Porque -aducen- el vendedor se avendría muy bien al pedido de un manco o de un rengo, pero enmudecería de espanto ante un comprador carente de cabeza, o con la cabeza entre paréntesis. Para no hablar -insisten- de la dificultad que supone emitir una frase como "Un atado de cigarrillos, por favor" cuando se ha perdido la cabeza, lo que recuerda -de paso- que la precedentemente consignada facultad de señalar, propia de las extremidades superiores, de nada serviría si en cada caso no pudiera pronunciarse (aunque sea en voz baja) el nombre de la cosa señalada, posibilidad notoriamente situada en la cabeza. Por si no bastara, estos teóricos agregan que de hecho "cabeza" y "persona" son a menudo sinónimas, como en la frase: "La cena costó quince pesos por cabeza". Algunos subrayan que en esa frase no se mencionan tronco ni extremidades, aunque obviamente participaran de la comida del caso.
No faltan sin embargo quienes alegan que la condición de persona no radica en la cabeza, en el tronco ni en las extremidades, porque por útiles que sean esas partes no hacen a lo que una persona verdaderamente es. Una estatua -dicen- las posee, pero nadie en su sano juicio la confundiría con una persona. Tampoco -insisten- adjudicaría ese carácter a tantos animales como hay en los que pueden distinguirse fácilmente cabeza, tronco y extremidades: un perro, sin ir más lejos.
(Abundan empero los que rechazan enérgicamente ese punto de vista, convencidos de que los perros son personas, y aun mejores que las que alardean de esa condición. Tampoco son escasos los que hablan con estatuas, y no como al pasar, sino con fervor y solemnidad, a modo de quien ruega y promete. Es claro que, ya en tren de registrar extravagancias, no puede omitirse a las señoras que dirigen palabras de ternura a sus geranios).
Pero los que así desacreditan a las partes no saben decir qué acredita a las personas, qué obliga a creer que son personas y no más bien autómatas eficientemente construidos. Vagamente aducen que aquella calidad emana del conjunto, pero como este no puede señalarse sin sus partes y estas han sido destituidas por los que así razonan, nadie sabe qué significan sus razonamientos. (Acuciados por los que les piden señales de las personas, suelen acogerse en motivos de buena educación, que precisamente desaconsejan señalarlas).
Están, por fin, los que sostienen el argumentum cadavericum. Estas gentes concuerdan con los que niegan al tronco, a la cabeza y a las extremidades el ser determinantes de la persona, pero difieren de aquellos en que su negación de las partes no es completa. En efecto, interrogado sobre la que hace que una persona lo sea, responden: la que falta en aquello alrededor de lo cual, llegada cierta hora, se reúnen compungidos amigos y parientes. "Una persona es lo que lloramos ante un catafalco", reza una sentencia famosa de esta escuela. Ahora bien, aunque su doctrina sea irrefutable, resulta de todo punto inútil, porque además de ser puramente negativa -pretende definir a las personas por lo que no son, por una ausencia-, exige una espera intolerable, puesto que notoriamente toda persona es anterior a su velorio.
Así las cosas, los principales autores tratan de esta materia con la resignación que suscitan los asuntos que son a la vez evidentes e inexplicables, como el de que el universo continúe y haya ser y no más bien nada. (c) LA GACETA
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