
Imperial es un Estado que, cuando toma decisiones, tiene en mente el mapa del mundo y no el mapa nacional; el poder que de hecho no puede tomar decisiones de política nacional sin tomarlas a nivel internacional; la potencia que debe pensar a cada momento en los destinos del sistema global como si fueran los propios y que tiene la capacidad de intervenir militarmente a nivel mundial para promover sus intereses.
Estamos presenciando un cambio fundamental. Por primera vez, desde los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, los ciudadanos estadounidenses aprueban las intervenciones militares en el extranjero, dejando de lado su fuerte tendencia aislacionista. Esta circunstancia posibilita la implementación de un verdadero proyecto de dominación global, que implica el reordenamiento de áreas geográficas conflictivas, como Medio Oriente, Africa, parte de Asia Central y el este de Europa. Conlleva el establecimiento y el refuerzo de nuevas alianzas comerciales y políticas en Asia, especialmente con China. Implica también el control de los EE.UU. sobre regímenes parlamentarios o presidencialistas que se puedan implantar o promover en diferentes áreas del mundo; o sea, la exportación de la democracia, a la americana en la creencia (como lo hizo todo imperio) de que cuanto más el mundo luzca como el superpoder, mayor estabilidad reinará en sus dominios. Implica además algo aun más costoso: la creación de nuevos Estados controlados por los EE.UU. y sus aliados, para cuyo establecimiento los norteamericanos hoy contribuyen con la mayoría de tropas y recursos.
En noviembre de 2002 participé en una reunión, en un hotel de Washington D.C., con un grupo allegado a la Casa Blanca. Uno de los participantes, alguien que ocupó un cargo demasiado importante junto al presidente George W. Bush como para revelar su identidad, me dijo confidencialmente que el país (y el mundo) estaba entrando en una nueva etapa. "Los tiempos en que compartíamos el poder internacional con otros de la misma talla ya pasaron; hoy por hoy tenemos la obligación de mantener el orden a nivel internacional y estamos, en esto, solos -afirmó-. La Unión Europea y la OTAN sobreviven porque nosotros pagamos la cuenta de la seguridad internacional. Si no fuera por nosotros, reinaría el caos". En esto mi interlocutor tenía, en parte, razón, ya que el escudo militar que protege a la Unión lo financian los ciudadanos norteamericanos a través de sus impuestos. El resto de la profecía, en gran medida, se cumplió. En 2004, los EE.UU. tienen el número más alto en la historia de la nación de tropas activas en países extranjeros: más de 400.000 soldados en más de 120 países y 600.000 en batallones de reemplazo, listos para salir del territorio norteamericano.
A comienzos del siglo XXI, la paz es un ideal que se diluye. La globalización, el libre mercado entendido como fuerza unificadora y los grandes intereses que se mueven por la paz (para la mayoría de los inversores es en general mejor la guerra para hacer negocios) son fuerzas poderosas. Pero no suficientes para garantizarla. La misma condición de superpoder, la voluntad de liderazgo global, las carreras armamentistas y la competencia general entre las potencias son factores decisivos que conspiran contra la paz.¿Caerá este imperio en ciernes?
Inexorablemente, como todos. Pero la pregunta es cuándo. Todo indica que, a pesar de los problemas que se detallan a continuación, los EE.UU. se mantendrán como el gran poder militar por los próximos 15 o 20 años. ¿Cuáles son estos problemas? Los EE.UU. enfrentan hoy dificultades desconocidas en imperios anteriores. En primer lugar, la inusitada combinación de expansión con inmigración les otorga a los lobbies de residentes extranjeros un gran poder y condiciona su política exterior con respecto a muchos países (Cuba o Israel, por ejemplo). En segundo lugar, un régimen democrático puede generar inconsistencias en su política exterior que debiliten al imperio. Tercero, el valor del dólar determina, en gran medida, su margen de acción; particularmente en el desarrollo de alta tecnología militar. El afianzamiento de la Unión Europea, duplicando el número de consumidores de alto poder adquisitivo en relación con los EE.UU., puede poner un obstáculo a la carrera armamentista del superpoder. Finalmente, la multiplicación de frentes bélicos, de protectorados y de zonas de vigilancia puede llevar al comienzo del final. Los costos del esquema imperial pueden generar una crisis económica y militar de enormes proporciones, que socavaría la capacidad del superpoder de administrar sus dominios y mantener su supremacía global.
América Latina
A pesar de lo mucho que se ha escrito y se escribe enfatizando que la motivación principal del control estadounidense sobre la región es el interés económico, este es realmente mínimo. A principios de los noventa, sólo el 2% de la inversión estadounidense en el mundo correspondía a América Latina, y ese porcentaje está disminuyendo. Reflejando el interés gubernamental y el de la población en general, los medios de prensa estadounidenses se ocupan poco de Latinoamérica. Los países a punto de colapsar, a raíz de una guerra civil o de una depresión económica, tienen un momento breve de popularidad, y luego desaparecen de las noticias. Más que nunca antes, la región necesita conformar un lobby internacional activo y organizado, especialmente en los EE.UU., para modificar esa situación. Aun aquellos países que tienen acuerdos regionales -como el Mercosur, por ejemplo- actúan de manera aislada frente a situaciones que requieren políticas comunes. Paradójicamente, una desventaja que conspira contra la efectividad de un eventual lobby latinoamericano radica en el hecho de que la región no representa una amenaza seria para los EE.UU.
Los próximos años brindarán una importante oportunidad de recuperación a países exportadores de productos agrícolas, como los latinoamericanos. La vieja tradición de subvenciones agrícolas del hemisferio norte podría quebrarse por el peso de la suba de salarios que acarreará la progresiva legalización de los inmigrantes -que constituyen la base de la producción agrícola de países como los EE.UU.- a partir de las políticas de seguridad y control derivadas de los sucesos del 11 de setiembre. Hacia 2020, Asia central y parte de Medio Oriente pueden convertirse en importantes compradores de mercancías agrícolas de alta calidad, creando una relevante demanda hoy inexistente. China crecerá como un probable socio comercial que se transforme en un importador de gran envergadura.
Sin embargo, no son los factores económicos, de manera aislada, los que posibilitarán una alternativa promisoria. A la eficiencia económica hay que agregarle un adecuado diseño institucional. Pero, como afirma el economista Douglass North, es la creencia de la gente en las instituciones y en las ideas que las animan lo que hace que realmente funcionen. Una falta de confianza, no sólo en el Estado sino entre los conciudadanos, reina en América Latina. Una encuesta hecha en EE.UU. y en varios países latinoamericanos es sumamente ilustrativa. A la pregunta de si era posible confiar en la gente, un 54% de los norteamericanos contestaba afirmativamente. En ciudades como Bogotá, Lima e inclusive la comparativamente próspera Santiago de Chile, el mismo porcentaje oscilaba entre un 8 y un 14%.
El pesimismo que impregna a gran parte de América Latina acerca del futuro tiene justificación. Los latinoamericanos sienten que son pasajeros de un barco que navega en medio de una tormenta, y no encuentran respuestas a sus interrogantes: ¿cuándo empezó, ¿por qué empezó?, ¿será más intensa aún?, ¿tiene fin? Sienten que el continente es un barco sin destino.
Históricamente, muchas sociedades han creído tener un destino manifiesto. Los EE.UU., por ejemplo, fueron fundados con un fuerte sentido de misión, que los llevaría, en el imaginario popular, a ser salvadores de almas y paladines de la libertad en el mundo. En Europa también existieron imaginarios de destinos manifiestos. Y, definitivamente, también existen en los Estados musulmanes. América Latina, sin embargo, nunca ha participado de visiones fuertes de este tipo. La visión bolivariana de la Gran Colombia, el panamericanismo, las visiones de Argentina, México o Brasil -países que se concibieron, muchas veces, como grandes potencias llamadas a liderar el continente- son de otra naturaleza.
Lo que sabemos hoy es que para emprender un viaje necesitamos contar con un mapa, planear cómo nos transportaremos, trazar una ruta, saber usar una brújula. Se requiere un proyecto y, normalmente, el proyecto implica la participación de otros. Y finalmente, si queremos que sea exitoso, una cuota de mística.
El futuro se construye. Una gran parte del porvenir que nos espera en este siglo naciente está determinada por la visión que desde el presente nos trazamos de ese futuro, y por la forma en que lo construimos colectivamente desde nuestras diferentes circunstancias. La falta de visión es, por sí misma, una manera de hacer el futuro; un futuro sin futuro. (c) LA GACETA







