31 Octubre 2004 Seguir en 

La prolífica narrativa de John Updike (1932) ataca una vez más, y con sus mejores armas. El creador de Conejo Angstrom, el protagonista de cuatro novelas cuyas andanzas permiten vislumbrar los vaivenes sociopolíticos de los EE.UU. entre las décadas de los cincuenta y los ochenta, recoge en este nuevo libro una serie de relatos que, dentro del realismo más impecable, están patinados por una coherencia ausente en la realidad y que sólo el arte puede lograr. Los cuentos que ocupan la primera parte de este libro -el último, por el momento, el medio centenar que Updike lleva publicado- narran lo que podría calificarse como "fragmentos de vida" de personajes clase media, casi todos vinculados a actividades intelectuales, sin relevancias heroicas ni situaciones extremas en su haber existencial. En otras palabras, los protagonistas de las diversas historias son otras tantas máscaras del autor mismo. Edgar Allan Poe lo hizo, aunque en clave psicopatológica. Los héroes de Updike, en cambio, son personas corrientes, sumergidas en un tiempo y en unas circunstancias con las que deben convivir mientras ejercen el derecho a la "búsqueda de la felicidad", que la Constitución estadounidense garantiza (no la felicidad misma, sino sólo el derecho a buscarla).
La docena de cuentos de la primera parte del libro es un feliz reencuentro con el Updike que, desde Pigeon Feathers, en 1960, es capaz de crear pequeños mundos en los que las personas vibran a través de emociones evocadas por incidentes aparentemente intrascendentes: figuras de la infancia, reuniones de amigos en los sexualmente laxos años sesenta, los gatos mimados de la madre que acaba de fallecer, encuentros y reencuentros eróticos con mujeres a las que es difícil rotular simplemente así, "mujeres", por sus personalidades definidas y fuertes. Las personas se encuentran y se alejan. Es un mundo en el que nada es heroico, nada es extremo, nada es irrevocable. De pronto, surge el destello de una frase: "Uno vivía en las casas ajenas tanto como podía, sintiendo el doloroso anhelo de estar en la suya, y tenía la persistente e irreprimible sospecha de que la felicidad se hallaba en otra parte". Hay por allí un viejo reloj con "su gong melancólico, que parecía tragar saliva después de cada sonido...". Los protagonistas son ahora gente madura, y rescatan a veces retazos de su infancia o juventud: "Los principales temas de conversación en su actual círculo de amistades eran la salud y la muerte, mientras que en otros tiempos los cables telefónicos vibraban con noticias de líos amorosos y divorcios".
El gran personaje embozado en las peripecias de los relatos, traducidos correctamente por Jordi Fibla, es el tiempo. Su devenir histórico enfrenta a los personajes con situaciones concretas de esperanza o desilusión: "...La América de Eisenhower, donde crecía el árbol del pan", "...los impuestos de la administración Clinton han frenado el progreso". "Sí, el tiempo pasa, en efecto", comienza uno de los relatos. Y ello también vale en el sentido personal: la gente crece, se reproduce, muere. Entre los extremos, sin embargo, la vida merece ser vivida.
La segunda mitad de este libro, "Conejo en el recuerdo", es una nouvelle que retoma al personaje de la mencionada saga a través de las consecuencias de una de sus andanzas. En Conejo en paz (1990) Updike "mata" a su personaje, con lo que la saga parecía concluida. Pero el neoyorkino postulado varias veces al Nobel tiene un as en la manga, y lo saca a relucir en la figura de Annabelle, hija extramatrimonial de Conejo. Annabelle se da a conocer a la familia "legal", marcando positivamente los destinos de todos, incluyendo el propio. También aquí el tiempo importa, trayendo una suerte de redención familiar: Conejo ya no está, pero su existencia ha afectado para siempre a otras personas.
John Updike ubica al hombre común entre tensiones interpersonales que son un eco de las tensiones sociohistóricas de su tiempo, pero tiene una inmensa confianza en que su voluntad de comprender y su capacidad de amar lo salvarán del caos. (c) LA GACETA
La docena de cuentos de la primera parte del libro es un feliz reencuentro con el Updike que, desde Pigeon Feathers, en 1960, es capaz de crear pequeños mundos en los que las personas vibran a través de emociones evocadas por incidentes aparentemente intrascendentes: figuras de la infancia, reuniones de amigos en los sexualmente laxos años sesenta, los gatos mimados de la madre que acaba de fallecer, encuentros y reencuentros eróticos con mujeres a las que es difícil rotular simplemente así, "mujeres", por sus personalidades definidas y fuertes. Las personas se encuentran y se alejan. Es un mundo en el que nada es heroico, nada es extremo, nada es irrevocable. De pronto, surge el destello de una frase: "Uno vivía en las casas ajenas tanto como podía, sintiendo el doloroso anhelo de estar en la suya, y tenía la persistente e irreprimible sospecha de que la felicidad se hallaba en otra parte". Hay por allí un viejo reloj con "su gong melancólico, que parecía tragar saliva después de cada sonido...". Los protagonistas son ahora gente madura, y rescatan a veces retazos de su infancia o juventud: "Los principales temas de conversación en su actual círculo de amistades eran la salud y la muerte, mientras que en otros tiempos los cables telefónicos vibraban con noticias de líos amorosos y divorcios".
El gran personaje embozado en las peripecias de los relatos, traducidos correctamente por Jordi Fibla, es el tiempo. Su devenir histórico enfrenta a los personajes con situaciones concretas de esperanza o desilusión: "...La América de Eisenhower, donde crecía el árbol del pan", "...los impuestos de la administración Clinton han frenado el progreso". "Sí, el tiempo pasa, en efecto", comienza uno de los relatos. Y ello también vale en el sentido personal: la gente crece, se reproduce, muere. Entre los extremos, sin embargo, la vida merece ser vivida.
La segunda mitad de este libro, "Conejo en el recuerdo", es una nouvelle que retoma al personaje de la mencionada saga a través de las consecuencias de una de sus andanzas. En Conejo en paz (1990) Updike "mata" a su personaje, con lo que la saga parecía concluida. Pero el neoyorkino postulado varias veces al Nobel tiene un as en la manga, y lo saca a relucir en la figura de Annabelle, hija extramatrimonial de Conejo. Annabelle se da a conocer a la familia "legal", marcando positivamente los destinos de todos, incluyendo el propio. También aquí el tiempo importa, trayendo una suerte de redención familiar: Conejo ya no está, pero su existencia ha afectado para siempre a otras personas.
John Updike ubica al hombre común entre tensiones interpersonales que son un eco de las tensiones sociohistóricas de su tiempo, pero tiene una inmensa confianza en que su voluntad de comprender y su capacidad de amar lo salvarán del caos. (c) LA GACETA







