31 Octubre 2004 Seguir en 

Lawrence, como narrador de cuentos o ficción breve, muestra la concentración y el control de que sus novelas adolecen, aunque, es justo admitirlo, a los desbordes emocionales y al lirismo desenfrenado les debamos algunos de los momentos más sublimes de su escritura. "El hijo del minero", como era conocido en los círculos de la vida intelectual londinense, nació en la zona carbonífera del norte de Inglaterra, las Midlands, en un tiempo en que los efectos del industrialismo se imprimían con fuerza sobre el paisaje de villas rurales y bosques vírgenes, como el de Sherwood, retraídos ante el avance de las aldeas industriales y mineras. Este es el escenario en el que crece Lawrence y en el que se ubica la acción de muchos de sus relatos. Los personajes de clase trabajadora habitan ese mundo familiar y cercano: mineros, comerciantes de animales, agricultores y cosecheros de campos de heno, mujeres que sueñan y esperan.
Los personajes de clase alta, en general, diletantes y sin sentido de pertenencia, se debaten entre una subsistencia estéril, la búsqueda de sensaciones y un idealismo escapista. Estos siempre aparecen lejos de la urbe, como la protagonista neoyorquina del cuento "Sol", que encuentra su plenitud como mujer en el poder curativo del sol, aislada en las costas de la Italia meridional, o el personaje central del relato que le da el nombre a este volumen, quien elige la campiña inglesa para vivir junto a su familia hasta que sobreviene la desdicha (lo que confirma que Lawrence es un escritor esencialmente rural).
Dentro de este contexto podría pensarse que la narración se inscribe dentro de la tradición naturalista de fines de siglo diecinueve. Pero no: las complejidades psicológicas de los personajes los hacen escapar de toda identificación con tipos; sus insatisfacciones son atávicas, y sus destinos, a pesar de la incidencia de un determinismo sociohistórico, no están inexorablemente signados por este.
La relación entre ambos sexos es siempre conflictiva, parece no haber entendimiento consciente ni racional. Tanto la alienación como las conexiones entre los protagonistas se cimentan en lo físico, cuyos secretos impulsos alcanzan la fuerza de lo sacramental: "mi gran religión es la creencia en que la sangre, la carne, son más sabias que el intelecto. Nuestra mente puede equivocarse. Pero lo que la sangre siente, cree y dice es siempre verdad", le escribe Lawrence a Ernest Collings en una carta.
Esta colección de once relatos contiene sólo dos de los diez que D.H. Lawrence publicó originariamente con el título Inglaterra, mi Inglaterra, en el año 1922, valga la advertencia, y que escribió entre 1913 y 1921 (la mayoría con el trasfondo histórico de la Primera Guerra Mundial), más nueve textos tomados de otras antologías, escritos en un período que abarca de 1914 a 1934. Todas las fuentes están debidamente consignadas debajo del título de cada cuento.
La selección, la excelente nota introductoria y la correcta traducción han estado a cargo de Inés Pardal. (c) LA GACETA
Los personajes de clase alta, en general, diletantes y sin sentido de pertenencia, se debaten entre una subsistencia estéril, la búsqueda de sensaciones y un idealismo escapista. Estos siempre aparecen lejos de la urbe, como la protagonista neoyorquina del cuento "Sol", que encuentra su plenitud como mujer en el poder curativo del sol, aislada en las costas de la Italia meridional, o el personaje central del relato que le da el nombre a este volumen, quien elige la campiña inglesa para vivir junto a su familia hasta que sobreviene la desdicha (lo que confirma que Lawrence es un escritor esencialmente rural).
Dentro de este contexto podría pensarse que la narración se inscribe dentro de la tradición naturalista de fines de siglo diecinueve. Pero no: las complejidades psicológicas de los personajes los hacen escapar de toda identificación con tipos; sus insatisfacciones son atávicas, y sus destinos, a pesar de la incidencia de un determinismo sociohistórico, no están inexorablemente signados por este.
La relación entre ambos sexos es siempre conflictiva, parece no haber entendimiento consciente ni racional. Tanto la alienación como las conexiones entre los protagonistas se cimentan en lo físico, cuyos secretos impulsos alcanzan la fuerza de lo sacramental: "mi gran religión es la creencia en que la sangre, la carne, son más sabias que el intelecto. Nuestra mente puede equivocarse. Pero lo que la sangre siente, cree y dice es siempre verdad", le escribe Lawrence a Ernest Collings en una carta.
Esta colección de once relatos contiene sólo dos de los diez que D.H. Lawrence publicó originariamente con el título Inglaterra, mi Inglaterra, en el año 1922, valga la advertencia, y que escribió entre 1913 y 1921 (la mayoría con el trasfondo histórico de la Primera Guerra Mundial), más nueve textos tomados de otras antologías, escritos en un período que abarca de 1914 a 1934. Todas las fuentes están debidamente consignadas debajo del título de cada cuento.
La selección, la excelente nota introductoria y la correcta traducción han estado a cargo de Inés Pardal. (c) LA GACETA







