31 Octubre 2004 Seguir en 

En 1971, en el famoso programa "60 Minutos", de la cadena televisiva norteamericana CBS, un reportero le preguntó a John Forbes Kerry, por entonces de 28 años, si quería ser presidente de Estados Unidos. "No. Me parece una pregunta disparatada habiendo, como hay, tantas cosas por hacer. Y yo no sé si podría hacerlas", contestó el joven capitán de la Marina que, por esos días, había atraído la atención de la prensa de EE.UU. al relatar en el Congreso las atrocidades que miembros de las tropas estadounidenses habían cometido en la Guerra de Vietnam. Pese a la negativa de Kerry, el cronista (Morley Safer) describió a aquella estrella ascendente del grupo Veteranos de Vietnam contra la Guerra (VVAW era la sigla en inglés) como un hombre elocuente, muy en la línea del recordado jefe de Estado asesinado, John Fitzgerald Kennedy. Y Safer no se equivocaba: esta semana Kerry, contra sus palabras (nadie ni nada puede contra el archivo, como suele decir una de las reglas básicas del periodismo), puede convertirse en presidente de EE.UU. (si el martes vence al republicano George W. Bush). Aunque nadie sabe si, en caso de resultar electo, podrá hacer aquellas cosas que semejante cargo implica, como dudaba en los 70.
La anécdota de Safer forma parte del libro que se comenta y que es el resultado de una puntillosa investigación de tres redactores de "The Boston Globe". Con humildad, en el prefacio, el director del diario, Martin Baron, asegura que el trabajo sólo pretendió ser un perfil periodístico de un candidato a la presidencia, como una forma de ayudar a los lectores cuando tuvieran que ir a las urnas. Pero la obra es mucho más que un semblante de un político todavía en construcción (el capítulo más importante de Kerry puede comenzar pasado mañana). En primer lugar, está lejos de esos best sellers que se preparan a las apuradas (la Argentina conoce mucho de esa especie) cuando en la realidad suceden hechos sobre los que pareciera que es mejor hacer dinero -editorial en este caso- que ensayar algún intento de explicación. En segundo lugar, se inscribe en esa minuciosa tradición periodística anglosajona que prefiere acumular evidencias antes que emitir juicios definitivos -en este caso sobre Kerry-. Por ende, los lectores que buscan información liviana, amarilla y de cotilleo -como dicen en España- encontrarán en esta obra un mamotreto repleto de datos aparentemente inconexos y que no conducen a ningún sitio.
El libro, que no cayó bien a aquel de quien se habla, comienza con un buceo por los orígenes de Kerry. Y allí está la primera novedad: por el lado paterno no descendía de viejos irlandeses -como siempre se creyó- sino de judíos de apellido Kohn que en el siglo XIX vivían en una localidad del imperio austríaco -hoy República Checa- y que, para evitar las persecuciones antisemitas, se convirtieron al catolicismo y eligieron por apellido el nombre de un condado irlandés (Kerry) con el que se encontraron al abrir por azar un atlas geográfico. La alcurnia y la estirpe típicamente americana sí le vienen a Kerry por el lado materno, ya que proviene de las familias Forbes (con lejana vinculación con quienes editan la revista económica del mismo nombre) y Winthrop, que se encuentran entre las fundadoras del influyente Estado de Massachussetts.
Kerry fue educado en prestigiosos internados europeos y luego estudió Derecho en la Universidad de Yale, a diferencia de su modelo político, J. F. Kennedy, quien era de Harvard, (comparten las mismas iniciales, además de coincidir en el hecho de ser demócratas y católicos). Con Kennedy navegó a vela en 1962 por la costa de Rodhe Island, gracias al intrincado mundo de las relaciones sociales bostonianas (Kerry salía con una media hermana de la primera dama de EE.UU., Jacqueline Kennedy). Pero el hecho que marcó su vida fue la guerra de Vietnam, de la que se convirtió en un detractor y en un militante peligroso para el mismísimo presidente Richard Nixon. Este lo calificó de payaso impostor -y hasta lo hizo espiar, con esa usual paranoia que derivó en su renuncia por el escándalo de Watergate-, cuando en los 70 manifestaba a las puertas de la Casa de Gobierno, y denunciaba incendio de aldeas y toda clase de violaciones a los derechos humanos a ciudadanos vietnamitas. Por esas épocas Kerry participó en actos con la actriz Jane Fonda y con el propio beatle John Lennon.
Del libro se desprende que Kerry no es ningún improvisado. Se trata de un liberal, al menos como entienden en EE.UU. el término (por ejemplo, no se opone a las uniones civiles entre homosexuales y tiene posiciones flexibles respecto del aborto), muy bien relacionado, que sabe dar marcha atrás cuando su prestigio está en juego (los autores revelan algunos pequeños negocios inmobiliarios y hasta en paraísos fiscales no muy claros). Obsesivo y socrático (así lo llaman, porque no hace nada sin interrogar mil veces a un sinfín de asesores), lo único que parece poner nervioso a Kerry y dejarlo sin definiciones contundentes (a él que lo comparan con Kennedy por la elocuencia) es una guerra. La obra pone de manifiesto las idas y venidas que tuvo con los dos Bush (padre e hijo) por el mismo tema: Irak. Por eso Bush (h), en los tres debates previos a estas elecciones (al parecer hubo uno anterior cuando ambos estudiaban en Yale), explotó el argumento de que todos los norteamericanos, menos Kerry, tienen una posición firme sobre el conflicto en que se involucró EE.UU. tras los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001. Cabría preguntar si, frente a la demencia fundamentalista, no será mejor para el mundo -y no sólo para los norteamericanos ya- un hombre que piensa que "el patriotismo no debe ser ciego" y que el terrorismo no se resuelve con invasiones, sino dando respuestas "a temas como la pobreza, y las oportunidades, la gobernabilidad y el desarrollo de muchos países".(c) LA GACETA
La anécdota de Safer forma parte del libro que se comenta y que es el resultado de una puntillosa investigación de tres redactores de "The Boston Globe". Con humildad, en el prefacio, el director del diario, Martin Baron, asegura que el trabajo sólo pretendió ser un perfil periodístico de un candidato a la presidencia, como una forma de ayudar a los lectores cuando tuvieran que ir a las urnas. Pero la obra es mucho más que un semblante de un político todavía en construcción (el capítulo más importante de Kerry puede comenzar pasado mañana). En primer lugar, está lejos de esos best sellers que se preparan a las apuradas (la Argentina conoce mucho de esa especie) cuando en la realidad suceden hechos sobre los que pareciera que es mejor hacer dinero -editorial en este caso- que ensayar algún intento de explicación. En segundo lugar, se inscribe en esa minuciosa tradición periodística anglosajona que prefiere acumular evidencias antes que emitir juicios definitivos -en este caso sobre Kerry-. Por ende, los lectores que buscan información liviana, amarilla y de cotilleo -como dicen en España- encontrarán en esta obra un mamotreto repleto de datos aparentemente inconexos y que no conducen a ningún sitio.
El libro, que no cayó bien a aquel de quien se habla, comienza con un buceo por los orígenes de Kerry. Y allí está la primera novedad: por el lado paterno no descendía de viejos irlandeses -como siempre se creyó- sino de judíos de apellido Kohn que en el siglo XIX vivían en una localidad del imperio austríaco -hoy República Checa- y que, para evitar las persecuciones antisemitas, se convirtieron al catolicismo y eligieron por apellido el nombre de un condado irlandés (Kerry) con el que se encontraron al abrir por azar un atlas geográfico. La alcurnia y la estirpe típicamente americana sí le vienen a Kerry por el lado materno, ya que proviene de las familias Forbes (con lejana vinculación con quienes editan la revista económica del mismo nombre) y Winthrop, que se encuentran entre las fundadoras del influyente Estado de Massachussetts.
Kerry fue educado en prestigiosos internados europeos y luego estudió Derecho en la Universidad de Yale, a diferencia de su modelo político, J. F. Kennedy, quien era de Harvard, (comparten las mismas iniciales, además de coincidir en el hecho de ser demócratas y católicos). Con Kennedy navegó a vela en 1962 por la costa de Rodhe Island, gracias al intrincado mundo de las relaciones sociales bostonianas (Kerry salía con una media hermana de la primera dama de EE.UU., Jacqueline Kennedy). Pero el hecho que marcó su vida fue la guerra de Vietnam, de la que se convirtió en un detractor y en un militante peligroso para el mismísimo presidente Richard Nixon. Este lo calificó de payaso impostor -y hasta lo hizo espiar, con esa usual paranoia que derivó en su renuncia por el escándalo de Watergate-, cuando en los 70 manifestaba a las puertas de la Casa de Gobierno, y denunciaba incendio de aldeas y toda clase de violaciones a los derechos humanos a ciudadanos vietnamitas. Por esas épocas Kerry participó en actos con la actriz Jane Fonda y con el propio beatle John Lennon.
Del libro se desprende que Kerry no es ningún improvisado. Se trata de un liberal, al menos como entienden en EE.UU. el término (por ejemplo, no se opone a las uniones civiles entre homosexuales y tiene posiciones flexibles respecto del aborto), muy bien relacionado, que sabe dar marcha atrás cuando su prestigio está en juego (los autores revelan algunos pequeños negocios inmobiliarios y hasta en paraísos fiscales no muy claros). Obsesivo y socrático (así lo llaman, porque no hace nada sin interrogar mil veces a un sinfín de asesores), lo único que parece poner nervioso a Kerry y dejarlo sin definiciones contundentes (a él que lo comparan con Kennedy por la elocuencia) es una guerra. La obra pone de manifiesto las idas y venidas que tuvo con los dos Bush (padre e hijo) por el mismo tema: Irak. Por eso Bush (h), en los tres debates previos a estas elecciones (al parecer hubo uno anterior cuando ambos estudiaban en Yale), explotó el argumento de que todos los norteamericanos, menos Kerry, tienen una posición firme sobre el conflicto en que se involucró EE.UU. tras los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001. Cabría preguntar si, frente a la demencia fundamentalista, no será mejor para el mundo -y no sólo para los norteamericanos ya- un hombre que piensa que "el patriotismo no debe ser ciego" y que el terrorismo no se resuelve con invasiones, sino dando respuestas "a temas como la pobreza, y las oportunidades, la gobernabilidad y el desarrollo de muchos países".(c) LA GACETA







