31 Octubre 2004 Seguir en 

La rambla paralela, la última novela de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), está protagonizada por un viejo escritor colombiano (demasiado parecido al autor) que llega a Barcelona con la excusa de una feria del libro.
Allí, esta suerte de fantasma desencantado, agobiado por un calor y un insomnio insoportables, se dedica a deambular de un lado a otro de la ciudad mientras recuerda, divaga y sobre todo insulta a sus grandes enemigos: Dios, el Papa, el Mundo, la Humanidad. Su odio, su furia, su rabia, por momentos, parecen las de un chico malcriado (algo que también se refleja en una escritura con rasgos infantiles) al que le han sacado su juguete favorito, aunque en este caso se trate de una abuela y una perra muertas y una quinta familiar perdida para siempre. Así, su vagabundeo no es sólo un paseo espacio-temporal distorsionado lingüísticamente, sino también una muestra de las azarosas leyes que rigen la asociación libre. Vallejo apuesta fuerte por un personaje que al principio es fácilmente odiable, en contra de todas las leyes de la seducción que hoy en día parecen haber usurpado la novela. No obstante, hacia el final, este moribundo acaso ya muerto consigue lo que al principio del relato parecía imposible: convencer al lector de que ha escrito una versión nihilista de En busca del tiempo perdido, de Proust, en la que el mundo es una gran magdalena que nos obliga a añorar esos momentos irrecuperables que ya nunca volverán.
Tal vez por eso el personaje sólo parece disfrutar odiando, quejándose, insultando a diestro y siniestro. Esta ácida crítica a casi todo lo que nos rodea ayuda a entender la decisión de Vallejo de abandonar la ficción, ya que cualquier tipo de continuación de su obra sería una suerte de paso en falso que se parecería demasiado a una traición pirrónica. Se cuenta que el legendario filósofo griego Pirrón de Elis, padre del escepticismo, era un terrible crítico de su época. Pero con el tiempo llegó a darse cuenta de que si quería ser coherente con su postura, no sólo no podía hablar (ya que esa era una forma de afirmar algo) sino tampoco quejarse de nada (por el mismo motivo). Y es así como al ser operado varias veces (cuando aún no había anestesia) soportó estoicamente su dolor sin que nadie pudiera reprocharle ningún tipo de incoherencia entre su pensamiento y su conducta. Fernando Vallejo, con su último libro, se ha puesto en una posición similar. Tendremos que esperar un tiempo para ver si lo suyo es una verdadera postura pirrónica o sólo otro gesto provocador más a los que ya nos tiene demasiado acostumbrados la posmodernidad. (c) LA GACETA
Allí, esta suerte de fantasma desencantado, agobiado por un calor y un insomnio insoportables, se dedica a deambular de un lado a otro de la ciudad mientras recuerda, divaga y sobre todo insulta a sus grandes enemigos: Dios, el Papa, el Mundo, la Humanidad. Su odio, su furia, su rabia, por momentos, parecen las de un chico malcriado (algo que también se refleja en una escritura con rasgos infantiles) al que le han sacado su juguete favorito, aunque en este caso se trate de una abuela y una perra muertas y una quinta familiar perdida para siempre. Así, su vagabundeo no es sólo un paseo espacio-temporal distorsionado lingüísticamente, sino también una muestra de las azarosas leyes que rigen la asociación libre. Vallejo apuesta fuerte por un personaje que al principio es fácilmente odiable, en contra de todas las leyes de la seducción que hoy en día parecen haber usurpado la novela. No obstante, hacia el final, este moribundo acaso ya muerto consigue lo que al principio del relato parecía imposible: convencer al lector de que ha escrito una versión nihilista de En busca del tiempo perdido, de Proust, en la que el mundo es una gran magdalena que nos obliga a añorar esos momentos irrecuperables que ya nunca volverán.
Tal vez por eso el personaje sólo parece disfrutar odiando, quejándose, insultando a diestro y siniestro. Esta ácida crítica a casi todo lo que nos rodea ayuda a entender la decisión de Vallejo de abandonar la ficción, ya que cualquier tipo de continuación de su obra sería una suerte de paso en falso que se parecería demasiado a una traición pirrónica. Se cuenta que el legendario filósofo griego Pirrón de Elis, padre del escepticismo, era un terrible crítico de su época. Pero con el tiempo llegó a darse cuenta de que si quería ser coherente con su postura, no sólo no podía hablar (ya que esa era una forma de afirmar algo) sino tampoco quejarse de nada (por el mismo motivo). Y es así como al ser operado varias veces (cuando aún no había anestesia) soportó estoicamente su dolor sin que nadie pudiera reprocharle ningún tipo de incoherencia entre su pensamiento y su conducta. Fernando Vallejo, con su último libro, se ha puesto en una posición similar. Tendremos que esperar un tiempo para ver si lo suyo es una verdadera postura pirrónica o sólo otro gesto provocador más a los que ya nos tiene demasiado acostumbrados la posmodernidad. (c) LA GACETA







