La lógica, la ética y la extinción de los escritores

Para LA GACETA - TUCUMAN

31 Octubre 2004
-La lógica
La inmensa mayoría de los escritores, por rigor lógico o por frustraciones acumuladas con el paso del tiempo, debería terminar eliminando de su lista de aspiraciones la difusión masiva de sus ideas. En la era de las comunicaciones globales, la televisión, la radio, el cine o los diarios son vehículos más idóneos para alcanzar ese tipo de objetivos que el libro. También resulta ridículo recurrir a una imprenta para transmitir un mensaje a un grupo restringido de personas. Internet, el teléfono, e inclusive el telégrafo, tienen más posibilidades de éxito y resultan más económicos que una tirada de 200 ejemplares.
La apuesta a que un libro sea rescatado por generaciones futuras es más descabellada todavía. La posibilidad de que alguno de los próximos habitantes de este planeta, o de otro, escoja alguno de los ejemplares de la exigua tirada de un escritor optimista, entre los millones de Homero, Shakespeare, Goethe, Cervantes o Balzac, es infinitesimal. Autores de segunda, como Stephen King o John Grisham, competirían con más de cien millones de ejemplares cada uno en una hipotética exhumación literaria.
Actualmente se imprimen más de 50.000 títulos por año, con tiradas que multiplican este número, sólo en castellano. La cifra, los cálculos probabilísticos y la cruda realidad prueban dos cosas. En primer lugar que, salvo en casos puntuales, resulta absurdo pretender comunicarse o trascender a través de un libro. En segundo lugar, que una amplia mayoría de aquellos que escriben y publican, los huérfanos de lectores, evidentemente persiguen esas absurdas metas.

-La ética
¿Por qué los escritores deciden abandonar el escenario de la vida y perderse en la anárquica trastienda de la ficción? Este acto contra natura tiene que apoyarse en un profundo desprecio, en una reacción visceral contra la realidad. Sus decorados, sus protagonistas, sus reglas son las causas del éxodo.Este tipo de exilio implica una sustitución de valores. Las nuevas pautas varían según los casos; pero en todos hay algo en común, el repudio a las viejas leyes. Y esta actitud tiene implicancias éticas. El escritor es un inmoral, visto con los anteojos de la ética convencional. Podrá tener un código de conducta análogo al que acepta la mayoría de los hombres pero, definitivamente, no es el mismo. El escritor rechaza la verdad convencional, es un cultor de la mentira. En la realidad, por lo tanto, ya no debe regirse por normas éticas generales, puede violarlas tranquilamente. Hay un fin estético, que varía en cada autor, al que subordina cualquier disposición.
Hay que tener cuidado con los escritores. Algunos parecen ascetas o místicos; otros, sofistas o corruptores. Sus principios rectores son indescifrables al igual que su fin último, al que persiguen con un fanatismo delirante.

-La extinción
En una conferencia de prensa, en la Real Academia Española, en el año 2000, Bill Gates reveló que no se morirá sin cumplir uno de sus mayores anhelos, acabar con el papel. El fundador de Microsoft señaló, en esa oportunidad, que las pantallas de las computadoras podrán sustituir a los anacrónicos libros, disminuyendo costos, eliminando problemas de espacio y preservando al planeta de la devastación ecológica de los bosques derivada de la industria papelera. Esta variante informática de la antiutopía futurista de Ray Bradbury, "Fahrenheit 451", no es disparatada. Estoy convencido de que los libros, y sus creadores, desaparecerán. No creo, sin embargo, que su extinción sea provocada por un avance tecnológico arrollador ni por escuadrones de incendiarios, sino por los propios escritores.
La inmoralidad -o amoralidad- de los literatos parece, a primera vista, un factor disolvente para la sociedad. El hecho estadístico de que una porción relevante de los que integran este grupo tengan, como lo prueban sus productos, un porcentaje elevado de materia gris y que, además, una fracción significativa difunda su pensamiento entre los apacibles miembros de la comunidad parecería constituir un motivo de preocupación para los guardianes de la estabilidad social. Pero no hay, en realidad, razones para inquietarse demasiado. Los escritores se neutralizan a sí mismos. Por cada postulado, hay múltiples refutaciones. Una puesta en escena de infinitos universos posibles acaba reforzando la aceptación del orden establecido.
No sólo se neutralizan los creadores de ficción sino que se erosionan mutuamente. Cada uno promueve su mundo ignorando y menospreciando las otras alternativas. Por eso nunca han logrado conformar un gremio sólido; no está en su naturaleza. Son los primeros en ofrecerse como voluntarios a los pelotones que fusilan a sus colegas. Los escritores de combaten reclutando a otros escritores.
En medio de estas purgas, los lectores supérstites aceleran el abandono masivo de su pasatiempo. En muchos casos, simplemente, reemplazan a los libros de los escritores por volúmenes de colores estridentes que llevan el nombre de populares impostores y plagiarios, una especie parasitaria con una asombrosa capacidad reproductiva. Estos serán los encargados de darle el tiro de gracia a la literatura. (c) LA GACETA

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