31 Octubre 2004 Seguir en 

En el marco de un país en crisis desde principios del siglo pasado, cuando el golpe del general Uriburu terminó con las aspiraciones de crear una democracia "americana" en este suelo, cuando el proyecto de país imaginado por los liberales de fines del siglo XIX comenzó a disolverse en los brutales vaivenes políticos y económicos que hasta hoy continúan carcomiendo las entrañas de un tejido social que parece a prueba de tempestades bíblicas, el campo literario argentino puede pensarse como un escenario microscópico que, sin embargo, refleja los males endémicos que parecen eternos.
No es casual, por ejemplo, que el reconocimiento de los mayores escritores argentinos de todos los tiempos deba llegar, como se dice, de afuera. Borges y Cortázar son denostados sin cansancio desde 1940 o 1950. El mundo entero, a pesar del empecinamiento piquetero de los pontífices de la crítica y de la enseñanza universitaria de literatura en Buenos Aires, rinde tributo a las obras de estos escritores del fin del mundo que conmovieron todos los cánones. Así lo han señalado una y otra vez intelectuales de la talla de Harold Bloom, John Berger, Martin Amis, Susan Sontag, Italo Calvino o George Steiner, para no extendernos demasiado.En este punto, un fragmento de la izquierda intelectual argentina coincide con cierto peronismo original y populista, que de una manera ciega y cerril cayó y cae sobre una zona de la literatura argentina con cimitarras implacables.
Hace un par de meses, en el mismo diario en que un sábado David Viñas atacó por enésima vez las obras de Borges y de Cortázar, un día después se publicó una encuesta realizada entre lectores, que eligieron a Cortázar y a Borges como sus escritores preferidos. Los medios, a veces, como algunas serpientes míticas y no del todo imaginarias, se comen la cola cuando, alimentándose con sus propias contradicciones, crean el espacio para seguir reforzando prejuicios que no conducen a nada pero que obstaculizan, en cambio, el progreso de la lectura, la discusión, la promoción y la difusión de la literatura argentina.
Si se recuerda el saqueo británico en Egipto; el robo de obras de arte de toda Europa practicado por los ejércitos de Hitler; la destrucción de obras monumentales como la imágenes de Buda en las rocas de Afganistán a manos del gobierno talibán; el bombardeo masivo sobre Irak que ordenó el presidente Bush, un país que alberga desde una de las siete maravillas del mundo (los jardines colgantes de Babilonia) hasta la probable sede del paraíso terrenal de los católicos, seguido del arrebato indiscriminado de obras, joyas y libros cuya antigüedad se remonta casi a los orígenes de las civilizaciones, el panorama argentino podría pasar inadvertido. Sin embargo, es una responsabilidad intelectual denunciar la sistemática liquidación o demolición del patrimonio histórico y cultural de la Argentina, el robo de obras de arte que se practica impunemente en ministerios, museos y otros ámbitos del Estado; es una obligación moral señalar la depredación de testimonios de las culturas indígenas y de riquezas arqueológicas invalorables; la usurpación de los espacios verdes en las ciudades; los incendios forestales deliberados; la despreocupación negligente sobre las riquezas naturales del litoral marítimo; la contaminación salvaje de ríos, lagunas y mares; la indiferencia con que se entregan casas, palacios y edificios históricos a las piquetas y topadoras que despejan los terrenos para elevar colosales torres inteligentes que servirán como sedes de las empresas globalizadas o como viviendas de los gerentes, directores y presidentes de las empresas globalizadas. La quema de libros se ha convertido en una suerte de oscura tradición argentina en los últimos setenta u ochenta años. Y ya no se conceden los premios municipales ni nacionales de literatura... Desde hace mucho tiempo las políticas culturales han consistido en la falsía farandulesca o, quizá peor, en la ausencia de políticas, lo cual no sólo hace que no se pueda reconocer el escenario real, el patrimonio histórico, sino que también, en una óptica más restringida, que sea imposible determinar el valor concreto de la producción literaria argentina.
Batir récords se ha convertido en los últimos tiempos en una de las mediciones predilectas para señalar la magnitud de algunos fenómenos locales. Se habla de cientos de miles, cuando no de millones de turistas atraídos por la geografía y por las manifestaciones artísticas propias del país: la Quebrada de Humahuaca, el Glaciar Perito Moreno, las nieves de San Martín de los Andes, los itinerarios salpicados de milongas o de campeonatos mundiales de tango, los restaurantes dedicados a las cocinas regionales, y las más o menos 100 obras de teatro que se representan todos los fines de semana en Buenos Aires entran entonces en una misma categoría Los megaeventos son incontables: exposiciones infinitas de los galeristas porteños asociados; 30 museos que abren gratis los sábados hasta las dos de la mañana; conciertos o recitales a cielo abierto donde retumban algunas bandas o los tres tenores; la Feria del Libro; la Exposición Rural y las muestras artesanales sirven para que los organizadores y los medios confundan la cantidad de visitantes con la situación de la cultura. Se trata, parecería, de superar cifras millonarias de concurrencia para ratificar que otra vez la cultura argentina da muestras de su estatura. Pero el amontonamiento del público no sólo impide ver un cuadro, asistir a un concierto o sentarse a escuchar a un escritor en los ahora confortables salones del predio de Palermo. No hay en estos casos ninguna posibilidad de diálogo, de reflexión (aunque sea sólo personal) o de goce cierto de la obra de arte. La cultura consistiría entonces en amontonar y en amontonarse, una idea tan primaria y aritmética como falsa. En rigor todo se trata de una cuestión de inversiones y rentabilidad. En otras palabras o, desde otro ángulo, se trata del consumo. Para las empresas que participan de la industria cultural no existen ya más que productos de venta o consumo masivo. Por eso convendría no perder de vista que hoy un libro, un disco, un cuadro, una película, una obra de teatro, un teléfono celular, un reproductor de DVD y una hamburguesa con papas fritas son exactamente lo mismo. No importan por lo que son sino por los resultados que obtengan en el mercado. Por eso, también, retornando al campo más acotado de la literatura, las empresas editoriales publican cada día menos literatura y más chatarra.
Otro factor contribuye a profundizar esta crisis. Las grandes editoriales argentinas ya no existen. Fueron vendidas a megaempresas globales (Sudamericana, por ejemplo, fue vendida al grupo italiano Mondadori; el grupo Mondadori pertenece al grupo alemán Bertelsmann, y este grupo pertenece ahora al grupo norteamericano Random House) o siempre fueron extranjeras: Alfaguara, Planeta, Ediciones B, etcétera. Estos grupos no tienen interés real en publicar a autores argentinos, y menos si son jóvenes o inéditos. En su lugar las empresas descargan barcos enteros con los libros de Harry Potter, Isabel Allende, Pérez Reverte, John Grisham, Pablo Coelho, Osho, miles y miles de volúmenes de autoayuda, divulgación y tonterías que atiborran las librerías de las grandes ciudades. A estas empresas ya no les interesan las pequeñas ciudades, las librerías chicas pero especializadas, los públicos iniciados o cultos. Si El código Da Vinci, de Dan Brown, hace dos años que está primero en las listas de best sellers de casi todo el mundo, empezando por Estados Unidos, ¿por qué una corporación editorial o una megalibrería o una cadena de librerías enclavadas en shoppings -que son las empresas que rigen el mercado del libro- van a desvelarse haciendo cuentas con una recuperación, tal vez destinada al fracaso, de los libros de Sara Gallardo, Germán Rozenmacher o Hugo Gola?
Las profecías de la hipermodernidad -según rebautiza hoy Gilles Lipovetsky a la ya destartalada posmodernidad- no han terminado de cumplirse: la moda y el consumo son los perfiles glamorosos de un mundo descaradamente rico que hace gala de su poder frente a otro mundo sumergido en la pobreza, la desnutrición, las enfermedades y la muerte. El consumo conspicuo no puede ocultar que sus productos provienen de factorías instaladas en los arrabales de la miseria, países asiáticos o latinoamericanos donde la mano de obra y las materias primas se pagan con monedas. Esa diferencia, ese abismo, ponen en primer plano las aberraciones, el terror y el pánico de la globalización. Pero la historia no terminó.
Atrapado en sus guerras preventivas, el imperio se ha olvidado de uno de sus mejores enemigos: la resistencia. Hoy nadie espera nada nuevo de la política, de la cultura, de la inteligencia. Por eso este es un momento privilegiado. Hay que reivindicar los derechos de los pueblos periféricos; denunciar la barbarie de los poderes centrales; rechazar la industria del entretenimiento; desenmascarar a los agentes secretos y públicos del mercado; repudiar a sus siervos, los premios envilecidos y todas las formas corruptas de promoción de un concepto de cultura funcional al consumo y que sólo es el consumo masivo de productos que a veces, eventualmente, son también productos o eventos culturales.
En el marco microscópico del campo literario, entonces, hoy más que nunca -como una propuesta más para el nuevo milenio-, los escritores debemos escribir una literatura sin concesiones: una literatura capaz de inventar nuevos canales de circulación, nuevos lectores y nuevos modos de leer... La resistencia consiste en no darse por vencido. Es indispensable sumarse a las fuerzas de todos aquellos que no se resignan, que reclaman un orden justo, nuevas reglas de juego, nuevas políticas, y nuevas políticas culturales. Este mundo todavía puede ser mejor. Mucho mejor. Aunque parezca una utopía.(c) LA GACETA
No es casual, por ejemplo, que el reconocimiento de los mayores escritores argentinos de todos los tiempos deba llegar, como se dice, de afuera. Borges y Cortázar son denostados sin cansancio desde 1940 o 1950. El mundo entero, a pesar del empecinamiento piquetero de los pontífices de la crítica y de la enseñanza universitaria de literatura en Buenos Aires, rinde tributo a las obras de estos escritores del fin del mundo que conmovieron todos los cánones. Así lo han señalado una y otra vez intelectuales de la talla de Harold Bloom, John Berger, Martin Amis, Susan Sontag, Italo Calvino o George Steiner, para no extendernos demasiado.En este punto, un fragmento de la izquierda intelectual argentina coincide con cierto peronismo original y populista, que de una manera ciega y cerril cayó y cae sobre una zona de la literatura argentina con cimitarras implacables.
Hace un par de meses, en el mismo diario en que un sábado David Viñas atacó por enésima vez las obras de Borges y de Cortázar, un día después se publicó una encuesta realizada entre lectores, que eligieron a Cortázar y a Borges como sus escritores preferidos. Los medios, a veces, como algunas serpientes míticas y no del todo imaginarias, se comen la cola cuando, alimentándose con sus propias contradicciones, crean el espacio para seguir reforzando prejuicios que no conducen a nada pero que obstaculizan, en cambio, el progreso de la lectura, la discusión, la promoción y la difusión de la literatura argentina.
Si se recuerda el saqueo británico en Egipto; el robo de obras de arte de toda Europa practicado por los ejércitos de Hitler; la destrucción de obras monumentales como la imágenes de Buda en las rocas de Afganistán a manos del gobierno talibán; el bombardeo masivo sobre Irak que ordenó el presidente Bush, un país que alberga desde una de las siete maravillas del mundo (los jardines colgantes de Babilonia) hasta la probable sede del paraíso terrenal de los católicos, seguido del arrebato indiscriminado de obras, joyas y libros cuya antigüedad se remonta casi a los orígenes de las civilizaciones, el panorama argentino podría pasar inadvertido. Sin embargo, es una responsabilidad intelectual denunciar la sistemática liquidación o demolición del patrimonio histórico y cultural de la Argentina, el robo de obras de arte que se practica impunemente en ministerios, museos y otros ámbitos del Estado; es una obligación moral señalar la depredación de testimonios de las culturas indígenas y de riquezas arqueológicas invalorables; la usurpación de los espacios verdes en las ciudades; los incendios forestales deliberados; la despreocupación negligente sobre las riquezas naturales del litoral marítimo; la contaminación salvaje de ríos, lagunas y mares; la indiferencia con que se entregan casas, palacios y edificios históricos a las piquetas y topadoras que despejan los terrenos para elevar colosales torres inteligentes que servirán como sedes de las empresas globalizadas o como viviendas de los gerentes, directores y presidentes de las empresas globalizadas. La quema de libros se ha convertido en una suerte de oscura tradición argentina en los últimos setenta u ochenta años. Y ya no se conceden los premios municipales ni nacionales de literatura... Desde hace mucho tiempo las políticas culturales han consistido en la falsía farandulesca o, quizá peor, en la ausencia de políticas, lo cual no sólo hace que no se pueda reconocer el escenario real, el patrimonio histórico, sino que también, en una óptica más restringida, que sea imposible determinar el valor concreto de la producción literaria argentina.
Batir récords se ha convertido en los últimos tiempos en una de las mediciones predilectas para señalar la magnitud de algunos fenómenos locales. Se habla de cientos de miles, cuando no de millones de turistas atraídos por la geografía y por las manifestaciones artísticas propias del país: la Quebrada de Humahuaca, el Glaciar Perito Moreno, las nieves de San Martín de los Andes, los itinerarios salpicados de milongas o de campeonatos mundiales de tango, los restaurantes dedicados a las cocinas regionales, y las más o menos 100 obras de teatro que se representan todos los fines de semana en Buenos Aires entran entonces en una misma categoría Los megaeventos son incontables: exposiciones infinitas de los galeristas porteños asociados; 30 museos que abren gratis los sábados hasta las dos de la mañana; conciertos o recitales a cielo abierto donde retumban algunas bandas o los tres tenores; la Feria del Libro; la Exposición Rural y las muestras artesanales sirven para que los organizadores y los medios confundan la cantidad de visitantes con la situación de la cultura. Se trata, parecería, de superar cifras millonarias de concurrencia para ratificar que otra vez la cultura argentina da muestras de su estatura. Pero el amontonamiento del público no sólo impide ver un cuadro, asistir a un concierto o sentarse a escuchar a un escritor en los ahora confortables salones del predio de Palermo. No hay en estos casos ninguna posibilidad de diálogo, de reflexión (aunque sea sólo personal) o de goce cierto de la obra de arte. La cultura consistiría entonces en amontonar y en amontonarse, una idea tan primaria y aritmética como falsa. En rigor todo se trata de una cuestión de inversiones y rentabilidad. En otras palabras o, desde otro ángulo, se trata del consumo. Para las empresas que participan de la industria cultural no existen ya más que productos de venta o consumo masivo. Por eso convendría no perder de vista que hoy un libro, un disco, un cuadro, una película, una obra de teatro, un teléfono celular, un reproductor de DVD y una hamburguesa con papas fritas son exactamente lo mismo. No importan por lo que son sino por los resultados que obtengan en el mercado. Por eso, también, retornando al campo más acotado de la literatura, las empresas editoriales publican cada día menos literatura y más chatarra.
Otro factor contribuye a profundizar esta crisis. Las grandes editoriales argentinas ya no existen. Fueron vendidas a megaempresas globales (Sudamericana, por ejemplo, fue vendida al grupo italiano Mondadori; el grupo Mondadori pertenece al grupo alemán Bertelsmann, y este grupo pertenece ahora al grupo norteamericano Random House) o siempre fueron extranjeras: Alfaguara, Planeta, Ediciones B, etcétera. Estos grupos no tienen interés real en publicar a autores argentinos, y menos si son jóvenes o inéditos. En su lugar las empresas descargan barcos enteros con los libros de Harry Potter, Isabel Allende, Pérez Reverte, John Grisham, Pablo Coelho, Osho, miles y miles de volúmenes de autoayuda, divulgación y tonterías que atiborran las librerías de las grandes ciudades. A estas empresas ya no les interesan las pequeñas ciudades, las librerías chicas pero especializadas, los públicos iniciados o cultos. Si El código Da Vinci, de Dan Brown, hace dos años que está primero en las listas de best sellers de casi todo el mundo, empezando por Estados Unidos, ¿por qué una corporación editorial o una megalibrería o una cadena de librerías enclavadas en shoppings -que son las empresas que rigen el mercado del libro- van a desvelarse haciendo cuentas con una recuperación, tal vez destinada al fracaso, de los libros de Sara Gallardo, Germán Rozenmacher o Hugo Gola?
Las profecías de la hipermodernidad -según rebautiza hoy Gilles Lipovetsky a la ya destartalada posmodernidad- no han terminado de cumplirse: la moda y el consumo son los perfiles glamorosos de un mundo descaradamente rico que hace gala de su poder frente a otro mundo sumergido en la pobreza, la desnutrición, las enfermedades y la muerte. El consumo conspicuo no puede ocultar que sus productos provienen de factorías instaladas en los arrabales de la miseria, países asiáticos o latinoamericanos donde la mano de obra y las materias primas se pagan con monedas. Esa diferencia, ese abismo, ponen en primer plano las aberraciones, el terror y el pánico de la globalización. Pero la historia no terminó.
Atrapado en sus guerras preventivas, el imperio se ha olvidado de uno de sus mejores enemigos: la resistencia. Hoy nadie espera nada nuevo de la política, de la cultura, de la inteligencia. Por eso este es un momento privilegiado. Hay que reivindicar los derechos de los pueblos periféricos; denunciar la barbarie de los poderes centrales; rechazar la industria del entretenimiento; desenmascarar a los agentes secretos y públicos del mercado; repudiar a sus siervos, los premios envilecidos y todas las formas corruptas de promoción de un concepto de cultura funcional al consumo y que sólo es el consumo masivo de productos que a veces, eventualmente, son también productos o eventos culturales.
En el marco microscópico del campo literario, entonces, hoy más que nunca -como una propuesta más para el nuevo milenio-, los escritores debemos escribir una literatura sin concesiones: una literatura capaz de inventar nuevos canales de circulación, nuevos lectores y nuevos modos de leer... La resistencia consiste en no darse por vencido. Es indispensable sumarse a las fuerzas de todos aquellos que no se resignan, que reclaman un orden justo, nuevas reglas de juego, nuevas políticas, y nuevas políticas culturales. Este mundo todavía puede ser mejor. Mucho mejor. Aunque parezca una utopía.(c) LA GACETA







