24 Octubre 2004 Seguir en 

A los hombres del siglo XX, sobre todo a los viejos, se nos ocurre pensar cómo será ese mundo que heredarán nuestros descendientes. Los comienzos del XXI no son nada tranquilizadores, de allí la necesidad de encontrar soluciones, buscar sentidos y analizar problemas. La tarea parece infinita, pero existe el sentimiento de que la humanidad debe tomar conciencia de los peligros que la acechan.
Sin embargo, el siglo XX empezó bien; había esperanzas heredadas de los dos siglos anteriores: la idea de un progreso sin límites; la confianza en la ciencia y en la razón; los ideales de la Revolución Francesa, que tanta sangre costaron -libertad, igualdad y fraternidad-; el definitivo triunfo de la democracia, etcétera. A esto se añadía el mensaje marxista que afirmaba que después de la revolución y la dictadura del proletariado, vendría la sociedad comunista donde el hombre sería libre por primera vez. El Paraíso no estaba en el pasado sino en el futuro.
En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, con todo el horror que significó para Europa. Muchos historiadores consideran que entonces empezó realmente el siglo XX. Sus comienzos no serían más que una prolongación de la Belle Epoque y su alegría de vivir. El período de paz entre dos guerras fue breve. La Segunda Guerra Mundial, más terrible que la anterior, se extendió a más países. Sólo terminó con el uso de la bomba atómica.
En aquellos tiempos asistimos a uno de los acontecimientos más horribles de la historia: el nazismo. La mayoría del pueblo alemán, a pesar de su tradición cultural, siguió a un líder enloquecido y se produjo el holocausto del pueblo judío. Pero no fue el único caso de un gobierno autoritario en el siglo XX: Stalin, Mussolini y otros también fueron culpables de ahogar muchas vidas humanas. Campos de concentración; ciudades destruidas por los bombardeos; millones de seres refugiados o exiliados eran noticias que recibíamos constantemente.
Como era de esperar, la cultura de posguerra estuvo signada por estos acontecimientos: la literatura fue marcada por el pesimismo y la filosofía por el nihilismo. La irracionalidad de la violencia produjo la desconfianza en el poder de la razón. Recuerdo la pregunta que en esos tiempos me hizo una alumna: "¿Por qué tenemos que aceptar esa visión tan oscura del mundo? Nosotros somos un pueblo joven y latinoamericano, con otra visión de futuro". Creo que la respuesta vino con el Proceso. En Tucumán, la oscuridad en las calles, de golpe iluminadas por las bengalas; el silencio sólo roto por gritos y tiroteos; el miedo; los allanamientos; el bombardeo en los cerros; las torturas; las desapariciones; los cadáveres; las aventuras silenciosas. Todo se parecía a lo que habíamos visto en el cine. En esos tiempos, Tucumán se asemejaba demasiado a cualquier ciudad tomada por los nazis.Pero llegó la democracia, que recibimos con alegría, pues con todos los defectos que pueda tener es, sin duda, el mejor de los regímenes políticos. Para que esto ocurriera medió una guerra desdichada, la primera que Argentina perdió en su historial. El gobierno militar pretendió afianzarse de esta manera, pero sólo aceleró su caída. Hoy ya no se habla de Argentina potencia, sino de las potencialidades de la Argentina.
Simone Weil decía que lo real es contradictorio y el siglo XX lo fue. La ciencia, si bien creó armas más mortíferas, también mejoró las condiciones de vida humana. La medicina logró aumentar la esperanza de vida; descubrió la forma de curar enfermedades que antes se creían incurables; descubrió modos de disminuir el dolor tanto físico como psíquico. La ecología mostró la necesidad de cuidar nuestro planeta y el modo de hacerlo. La física y la astronomía ampliaron los conocimientos sobre ese mundo en expansión en que estamos. Comenzó la era espacial y un hombre caminó sobre la Luna. Los éxitos de la técnica cambiaron totalmente nuestra vida cotidiana. En el campo de la filosofía, la literatura y las artes surgieron obras memorables. A mediados del siglo XX Teilhard de Chardin mostró que se podía conciliar la ciencia con la filosofía, la religión y la poesía. La Iglesia insistió sobre la cuestión social, problema aún no resuelto, y se olvidó un poco de las costumbres que, en realidad, habían cambiado mucho.
Siempre subsiste la pregunta de si el progreso en los dominios de la ciencia y la técnica también se registra en el plano de la ética. Por supuesto que no pretendo dar una respuesta que abarque la totalidad de los hechos, pero sí, recordar un acontecimiento muy positivo: el cambio de la situación de la mujer, al menos en Occidente. Se empezó a pensar que contar con la mitad de los cerebros disponibles no era lo más conveniente. Si la educación de nuestras madres giraba alrededor del piano, el francés y la pintura, y la única profesión adecuada era la de maestra, la generación siguiente entró masivamente a la Universidad y se inscribió en todas las carreras. Así la mujer pudo llegar a muchos ámbitos que históricamente le estuvieron vedados. No creo que sea tan difícil comprender que la relación de los sexos es de complementación y no de oposición entre inferiores con superiores.Volviendo a la pregunta sobre el progreso moral nos encontramos de nuevo con las contradicciones de lo real. En el siglo XX hubo hechos de una crueldad monstruosa, pero también fue el siglo del Mahatma Gandhi y el de la Madre Teresa de Calcuta, actualmente santa de la Iglesia Católica. No fueron los únicos; innumerables hombres y mujeres practicaron la solidaridad y el amor. Algunos de ellos nunca aparecieron en la crónica, pero sus vidas sirvieron para paliar en alguna medida el dolor del mundo. Se proclamaron los derechos humanos y muchos creyeron en ellos. Después de un período siniestro la Argentina dijo "Nunca más", y hasta tuvo un Premio Nobel de la Paz.Pero el siglo XXI empezó mal. El terrorismo, con toda su violencia irracional, conmovió al mundo. En nuestro país ya habíamos sufrido su presencia en los ataques a la Embajada de Israel y a la Amia, una asignatura pendiente de la Justicia argentina. Pero en los comienzos de este siglo el fenómeno alcanzó dimensiones inusitadas con el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York; la estación de Atocha en Madrid; la escuela rusa destruida por los chechenos, haciendo honor a su origen tártaro. Ya no se trata de una guerra convencional donde dos ejércitos se enfrentan. Las víctimas son civiles, oficinistas, gente que va en tren a su trabajo, niños de una escuela primaria o simplemente los que pasaban por la calle en esos momentos.
Tanto Bush como Bin Laden hablan de Dios; grupos musulmanes llaman a una "guerra santa". Creíamos que las guerras de religión habían terminado en el siglo XVI. ¿Es que hemos vuelto a la Edad Media? ¿Estamos en la época de las cruzadas, cuando se enfrentaban Oriente y Occidente? Pero cuando pensamos en Oriente no debemos implicar a China ni a la India, cuyos progresos económicos han sido muy grandes en estos últimos tiempos, sobre todo China, que se perfila como una superpotencia. Parece que no han entrado en la situación de tener que elegir entre Saladino y Ricardo Corazón de León.
Hemos visto signos atroces de esta regresión a los tiempos más bárbaros; ya no había ejecuciones públicas. Ahora se puede ver por televisión el degüello de prisioneros. Y en Medio Oriente la guerra entre los descendientes de Abrám no parece tener fin. Las noticias que leemos en los diarios y que vemos en la televisión no son alentadoras. Pero recordemos que hay en este mundo muchos países donde la democracia, la libertad y la paz son una realidad. Y nos acordemos también de que en el siglo pasado, durante la Guerra Fría, se pensaba que, dado el poder mortífero de las nuevas armas, en el planeta sólo quedarían vivos ciertos insectos. No ocurrió; lo cual nos hace pensar que la humanidad no ha llegado al grado de locura de destruirse a sí misma.En nuestro país el nuevo siglo nos encontró en una nueva crisis, de la que vamos saliendo. Algunas cosas ha logrado el actual Gobierno; pero la inseguridad, el hambre, el desempleo y la protesta social continúan. Los expertos afirman que la recuperación de la Argentina será un proceso muy lento. Pero me gustaría terminar estas notas con una cita de Rosendo Fraga: "La historia muestra que los cambios se producen cuando sucede lo imprevisto y en la Argentina ello ocurre con más frecuencia que en la mayoría de los países". (1)
Sin embargo, el siglo XX empezó bien; había esperanzas heredadas de los dos siglos anteriores: la idea de un progreso sin límites; la confianza en la ciencia y en la razón; los ideales de la Revolución Francesa, que tanta sangre costaron -libertad, igualdad y fraternidad-; el definitivo triunfo de la democracia, etcétera. A esto se añadía el mensaje marxista que afirmaba que después de la revolución y la dictadura del proletariado, vendría la sociedad comunista donde el hombre sería libre por primera vez. El Paraíso no estaba en el pasado sino en el futuro.
En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, con todo el horror que significó para Europa. Muchos historiadores consideran que entonces empezó realmente el siglo XX. Sus comienzos no serían más que una prolongación de la Belle Epoque y su alegría de vivir. El período de paz entre dos guerras fue breve. La Segunda Guerra Mundial, más terrible que la anterior, se extendió a más países. Sólo terminó con el uso de la bomba atómica.
En aquellos tiempos asistimos a uno de los acontecimientos más horribles de la historia: el nazismo. La mayoría del pueblo alemán, a pesar de su tradición cultural, siguió a un líder enloquecido y se produjo el holocausto del pueblo judío. Pero no fue el único caso de un gobierno autoritario en el siglo XX: Stalin, Mussolini y otros también fueron culpables de ahogar muchas vidas humanas. Campos de concentración; ciudades destruidas por los bombardeos; millones de seres refugiados o exiliados eran noticias que recibíamos constantemente.
Como era de esperar, la cultura de posguerra estuvo signada por estos acontecimientos: la literatura fue marcada por el pesimismo y la filosofía por el nihilismo. La irracionalidad de la violencia produjo la desconfianza en el poder de la razón. Recuerdo la pregunta que en esos tiempos me hizo una alumna: "¿Por qué tenemos que aceptar esa visión tan oscura del mundo? Nosotros somos un pueblo joven y latinoamericano, con otra visión de futuro". Creo que la respuesta vino con el Proceso. En Tucumán, la oscuridad en las calles, de golpe iluminadas por las bengalas; el silencio sólo roto por gritos y tiroteos; el miedo; los allanamientos; el bombardeo en los cerros; las torturas; las desapariciones; los cadáveres; las aventuras silenciosas. Todo se parecía a lo que habíamos visto en el cine. En esos tiempos, Tucumán se asemejaba demasiado a cualquier ciudad tomada por los nazis.Pero llegó la democracia, que recibimos con alegría, pues con todos los defectos que pueda tener es, sin duda, el mejor de los regímenes políticos. Para que esto ocurriera medió una guerra desdichada, la primera que Argentina perdió en su historial. El gobierno militar pretendió afianzarse de esta manera, pero sólo aceleró su caída. Hoy ya no se habla de Argentina potencia, sino de las potencialidades de la Argentina.
Simone Weil decía que lo real es contradictorio y el siglo XX lo fue. La ciencia, si bien creó armas más mortíferas, también mejoró las condiciones de vida humana. La medicina logró aumentar la esperanza de vida; descubrió la forma de curar enfermedades que antes se creían incurables; descubrió modos de disminuir el dolor tanto físico como psíquico. La ecología mostró la necesidad de cuidar nuestro planeta y el modo de hacerlo. La física y la astronomía ampliaron los conocimientos sobre ese mundo en expansión en que estamos. Comenzó la era espacial y un hombre caminó sobre la Luna. Los éxitos de la técnica cambiaron totalmente nuestra vida cotidiana. En el campo de la filosofía, la literatura y las artes surgieron obras memorables. A mediados del siglo XX Teilhard de Chardin mostró que se podía conciliar la ciencia con la filosofía, la religión y la poesía. La Iglesia insistió sobre la cuestión social, problema aún no resuelto, y se olvidó un poco de las costumbres que, en realidad, habían cambiado mucho.
Siempre subsiste la pregunta de si el progreso en los dominios de la ciencia y la técnica también se registra en el plano de la ética. Por supuesto que no pretendo dar una respuesta que abarque la totalidad de los hechos, pero sí, recordar un acontecimiento muy positivo: el cambio de la situación de la mujer, al menos en Occidente. Se empezó a pensar que contar con la mitad de los cerebros disponibles no era lo más conveniente. Si la educación de nuestras madres giraba alrededor del piano, el francés y la pintura, y la única profesión adecuada era la de maestra, la generación siguiente entró masivamente a la Universidad y se inscribió en todas las carreras. Así la mujer pudo llegar a muchos ámbitos que históricamente le estuvieron vedados. No creo que sea tan difícil comprender que la relación de los sexos es de complementación y no de oposición entre inferiores con superiores.Volviendo a la pregunta sobre el progreso moral nos encontramos de nuevo con las contradicciones de lo real. En el siglo XX hubo hechos de una crueldad monstruosa, pero también fue el siglo del Mahatma Gandhi y el de la Madre Teresa de Calcuta, actualmente santa de la Iglesia Católica. No fueron los únicos; innumerables hombres y mujeres practicaron la solidaridad y el amor. Algunos de ellos nunca aparecieron en la crónica, pero sus vidas sirvieron para paliar en alguna medida el dolor del mundo. Se proclamaron los derechos humanos y muchos creyeron en ellos. Después de un período siniestro la Argentina dijo "Nunca más", y hasta tuvo un Premio Nobel de la Paz.Pero el siglo XXI empezó mal. El terrorismo, con toda su violencia irracional, conmovió al mundo. En nuestro país ya habíamos sufrido su presencia en los ataques a la Embajada de Israel y a la Amia, una asignatura pendiente de la Justicia argentina. Pero en los comienzos de este siglo el fenómeno alcanzó dimensiones inusitadas con el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York; la estación de Atocha en Madrid; la escuela rusa destruida por los chechenos, haciendo honor a su origen tártaro. Ya no se trata de una guerra convencional donde dos ejércitos se enfrentan. Las víctimas son civiles, oficinistas, gente que va en tren a su trabajo, niños de una escuela primaria o simplemente los que pasaban por la calle en esos momentos.
Tanto Bush como Bin Laden hablan de Dios; grupos musulmanes llaman a una "guerra santa". Creíamos que las guerras de religión habían terminado en el siglo XVI. ¿Es que hemos vuelto a la Edad Media? ¿Estamos en la época de las cruzadas, cuando se enfrentaban Oriente y Occidente? Pero cuando pensamos en Oriente no debemos implicar a China ni a la India, cuyos progresos económicos han sido muy grandes en estos últimos tiempos, sobre todo China, que se perfila como una superpotencia. Parece que no han entrado en la situación de tener que elegir entre Saladino y Ricardo Corazón de León.
Hemos visto signos atroces de esta regresión a los tiempos más bárbaros; ya no había ejecuciones públicas. Ahora se puede ver por televisión el degüello de prisioneros. Y en Medio Oriente la guerra entre los descendientes de Abrám no parece tener fin. Las noticias que leemos en los diarios y que vemos en la televisión no son alentadoras. Pero recordemos que hay en este mundo muchos países donde la democracia, la libertad y la paz son una realidad. Y nos acordemos también de que en el siglo pasado, durante la Guerra Fría, se pensaba que, dado el poder mortífero de las nuevas armas, en el planeta sólo quedarían vivos ciertos insectos. No ocurrió; lo cual nos hace pensar que la humanidad no ha llegado al grado de locura de destruirse a sí misma.En nuestro país el nuevo siglo nos encontró en una nueva crisis, de la que vamos saliendo. Algunas cosas ha logrado el actual Gobierno; pero la inseguridad, el hambre, el desempleo y la protesta social continúan. Los expertos afirman que la recuperación de la Argentina será un proceso muy lento. Pero me gustaría terminar estas notas con una cita de Rosendo Fraga: "La historia muestra que los cambios se producen cuando sucede lo imprevisto y en la Argentina ello ocurre con más frecuencia que en la mayoría de los países". (1)
NOTA
1) Citado por Pablo Mendelevich en "El destino de un país azaroso". La Nación, 26 de setiembre de 2004. Enfoques, p. 4.







