Un alma hecha vampiro, rosas distraídas y pan de porcelana

Por Walter Vargas

24 Octubre 2004
Le cabe, a Marosa di Giorgio, la bendición, o la maldición, o quien sabe, de ser calificada como una autora, digamos, y he allí la paradoja, inclasificable. O en el mejor de los casos difícil de clasificar. Mas también consta en las nóminas más acreditadas.
Voz consular de las letras uruguayas, ergo, rioplatenses y, cómo no, miembro infaltable de cualquier poker de la lírica latinoamericana, a despecho de lo ajenas que le resultaban condecoraciones, pompas y bullangas.
Típico portento confinado en su decir específico el de la originaria de Salto, que dejó este mundo el martes 17 de agosto, a los 72 años, casi en simultáneo con la aparición de La flor de lis (poemas de amor a Mario), texto indispensable, de colección, por cierto, que incluye el CD "Diadema".
La flor de lis es, qué duda cabe, un Marosa genuino, entendido como un viaje de urbanidades ausentes y sexualidades ebullentes.
En una potente dialéctica de flora y fauna, copiosa en criaturas fantasmagóricas, alegóricas, hiperbólicas, se cuecen las mejores habas de un universo que, en tanto poético, en el profundo sentido del término, cabalga, impetuoso, por el afuera de las cosas. Esta suerte de herejía extraterritorial, pues, es la que funda y cifra un universo de "rarezas" capaces de pasmar, arrobar, sobresaltar.
Hablamos de Marosa, Marosa di Giorgio Médici, la que supo confesar que su destino de poeta le fue revelado por los ángeles, la que se sentía emparentada con las magnolias, la que se declaró "una testigo sensible y ardiente de todas las cosas", la que decía no saber cómo hacer un poema pero sí como llegar hasta ahí, hasta la raíz del poema, hasta el poema mismo, a través de "un hilo donde vienen a parar las luces del más allá".
Marosa, en fin, nos cuenta, en La flor de lis, cómo es su alma hecha vampiro ("grueso, granate, aterciopelado"), y nos habla de rosas distraídas, y nos ofrece pan de porcelana ("frágil y sabroso"). Marosa: la que un buen día se bautizó como "una princesa desnuda y descalza, una monja un poco gitana, esperando que le caiga, desde el cielo, algo a las manos".(c) LA GACETA

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