Novela menor de Hesse que se puede seguir leyendo con agrado

Por Rodolfo Modern

24 Octubre 2004
En un diálogo que figura al final de esta novela, traducida con el esmero que le es propio por Alberto Luis Bixio, dice Dios a Knulp, el héroe de la historia: "En mi nombre erraste por los caminos para infundir en las gentes sedentarias y establecidas en un lugar un poco de nostalgia por la libertad que tú representabas. En mi nombre hiciste tonterías y sufriste las burlas de los otros, pero piensa que yo mismo era objeto de esas burlas y del amor que despertabas. Porque tú eras mi hijo y hermano, un trozo de mí mismo, de suerte que nada gustaste ni nada sufriste que yo mismo no haya gustado y sufrido".
En esta síntesis, la existencia del vagabundo Knulp, con raíces en el romanticismo alemán de Novalis y Eichendorff, entre otros, se reconoce en sus rasgos relevantes. Y también en los que se refieren a la azarosa juventud del autor, un adolescente, convertido en hombre, tironeado por sus contradicciones, por el sufrimiento que las convenciones de la sociedad inflige a su alma deseosa de libertad, y de la que son testigos los protagonistas de anteriores novelas como Peter Camenzind y Hans Giebenrath, cuyos pocos años son aplastados por normas que no pueden compartir. Pero sí comparten las búsquedas a través de sus iniciaciones en los avatares de la existencia, y una confianza íntima (esa intimidad que es el tema esencial de este Premio Nobel de 1946) en una armonía preestablecida y cuyo denominador común, a través de la naturaleza, es Dios. Claro que en las novelas mayores la trama se enriquece y adensa, del modo que Demian, Harry Haller, Siddharta y el magister ludi Josep Knecht son otra cosa bajo la piel cambiante de Hesse. Pero Knulp, pese a su romanticismo trasnochado y ubicado en su propia época, puede seguir leyéndose con agrado.(c) LA GACETA

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