24 Octubre 2004 Seguir en 

Hablar de la edición en el mundo hispanoamericano conduce necesariamente a murmurar las dos palabras que componen el nombre Jorge Herralde, fundador y gestor de una de las editoriales más fecundas en lengua castellana: Anagrama. La editorial de cuidadas ediciones con libros de tapas amarillas o gris oscuro (y otros matices, de acuerdo con la colección) es un objeto de culto para el lector interesado en la narrativa inglesa, francesa, italiana, alemana e hispanoamericana (en primer lugar, la producida en las tres últimas décadas).
Es por eso que pasearse con un título de Anagrama es como poseer la credencial que garantiza una actualización literaria tan necesaria como reconocida. En el caso de los primeros títulos que llegaron a Argentina se trataba más que nada de una actualización de las letras norteamericanas del siglo 20: desde la generación perdida, con Scott Fitzgerald a la cabeza, pasando por los escritores de la promoción beatnik -Kerouac, Burroughs-, el Nuevo Periodismo (Capote, Mailer y Wolf) y el realismo sucio de Ford y otros, hasta aquellos nombres que impulsaron definitivamente a la editorial. En su gran mayoría eran autores que representaban una apuesta literaria de calidad, como Nabokov, Highsmith, etc, en otros casos, sin alcanzar el nivel de los citados -pero tampoco desprestigiando la calidad del catálogo-, presagiaban un rápido éxito de venta, como Bukovski. Y, haciendo de síntesis perfecta, un escritor como Auster, donde calidad literaria y rentabilidad comercial van de la mano. En los últimos años, desde principios de los noventa, la editorial fue completando su trabajo con la publicación de lo más nuevo de la mejor literatura de los países de Europa central y de Latinoamérica. Por supuesto, con el inconveniente, para el lector argentino, de un incremento de los costos (por la salida de la convertibilidad), que trajo aparejada una menor distribución y dificultad de acceso (más que nada en las provincias del interior). Una salida implementada por la casa matriz ha sido imprimir algunos títulos en Argentina, para hacerlos más accesibles y facilitar su circulación.
"El observatorio editorial" es el tercer libro de una serie que comenzó en 2001 con "Opiniones mohicanas" y continuó con "Flashes sobre escritores y otros textos editoriales", del año pasado. Este volumen, con una precisa semblanza en el prólogo de Rodrigo Fresán, contiene notas, conferencias, entrevistas y apuntes (que fueron escritos en diversas ocasiones, y algunos ya publicados en medios) sobre la obra que el catalán Jorge Herralde se dedicó a crear desde el año 1969 y durante treinta cinco años con la publicación de más de 2.300 títulos: su propio sello editorial. En sus páginas se encuentran reflexiones sobre los comienzos en la oscura España franquista de los años sesenta y setenta, pasando por los estimulantes aires de la movida de los ochenta y noventa, hasta un presente donde la concentración editorial en manos de poderosas empresas hace tambalear la continuidad de los proyectos más pequeños.
Son varios los atractivos de este libro. Por un lado, se puede percibir la capacidad de Herralde para intuir la buena literatura de todos los continentes y, por el otro, se encuentran interesantes especulaciones sobre el oficio de la edición. Otra de las cualidades es su modo de acercamiento a los escritores que admira y que seleccionó para su catálogo. El editor los presenta a través de reflexiones sobre sus obras, y con relatos de las experiencias y anécdotas que vivió con ellos. Tales son los casos de Bolaño, Magris, Cohen, Pombo, Copi, como de muchos otros. Factores que convierten el libro en un fresco sobre la edición, los editores y su "continua relación con material tan sensible como los autores". (c) LA GACETA
Es por eso que pasearse con un título de Anagrama es como poseer la credencial que garantiza una actualización literaria tan necesaria como reconocida. En el caso de los primeros títulos que llegaron a Argentina se trataba más que nada de una actualización de las letras norteamericanas del siglo 20: desde la generación perdida, con Scott Fitzgerald a la cabeza, pasando por los escritores de la promoción beatnik -Kerouac, Burroughs-, el Nuevo Periodismo (Capote, Mailer y Wolf) y el realismo sucio de Ford y otros, hasta aquellos nombres que impulsaron definitivamente a la editorial. En su gran mayoría eran autores que representaban una apuesta literaria de calidad, como Nabokov, Highsmith, etc, en otros casos, sin alcanzar el nivel de los citados -pero tampoco desprestigiando la calidad del catálogo-, presagiaban un rápido éxito de venta, como Bukovski. Y, haciendo de síntesis perfecta, un escritor como Auster, donde calidad literaria y rentabilidad comercial van de la mano. En los últimos años, desde principios de los noventa, la editorial fue completando su trabajo con la publicación de lo más nuevo de la mejor literatura de los países de Europa central y de Latinoamérica. Por supuesto, con el inconveniente, para el lector argentino, de un incremento de los costos (por la salida de la convertibilidad), que trajo aparejada una menor distribución y dificultad de acceso (más que nada en las provincias del interior). Una salida implementada por la casa matriz ha sido imprimir algunos títulos en Argentina, para hacerlos más accesibles y facilitar su circulación.
"El observatorio editorial" es el tercer libro de una serie que comenzó en 2001 con "Opiniones mohicanas" y continuó con "Flashes sobre escritores y otros textos editoriales", del año pasado. Este volumen, con una precisa semblanza en el prólogo de Rodrigo Fresán, contiene notas, conferencias, entrevistas y apuntes (que fueron escritos en diversas ocasiones, y algunos ya publicados en medios) sobre la obra que el catalán Jorge Herralde se dedicó a crear desde el año 1969 y durante treinta cinco años con la publicación de más de 2.300 títulos: su propio sello editorial. En sus páginas se encuentran reflexiones sobre los comienzos en la oscura España franquista de los años sesenta y setenta, pasando por los estimulantes aires de la movida de los ochenta y noventa, hasta un presente donde la concentración editorial en manos de poderosas empresas hace tambalear la continuidad de los proyectos más pequeños.
Son varios los atractivos de este libro. Por un lado, se puede percibir la capacidad de Herralde para intuir la buena literatura de todos los continentes y, por el otro, se encuentran interesantes especulaciones sobre el oficio de la edición. Otra de las cualidades es su modo de acercamiento a los escritores que admira y que seleccionó para su catálogo. El editor los presenta a través de reflexiones sobre sus obras, y con relatos de las experiencias y anécdotas que vivió con ellos. Tales son los casos de Bolaño, Magris, Cohen, Pombo, Copi, como de muchos otros. Factores que convierten el libro en un fresco sobre la edición, los editores y su "continua relación con material tan sensible como los autores". (c) LA GACETA







