24 Octubre 2004 Seguir en 

Una decena de cuentos para niños de María Elena Walsh es una promesa cierta de un paseo placentero y estimulante por el mundo de la imaginación en estado casi puro, sin otro propósito que invitar al niño lector a acompañar a la narradora y disfrutar de la narración. Lo "otro", lo didáctico, lo ilustrativo, la "enseñanza", se da por añadidura, no como una meta prefijada. Los más pequeños pueden disfrutar de la anécdota y de los juegos de palabras; los más grandecitos, de la ironía, de ciertas desmesuras en la caracterización y de los deliciosos anacronismos que surgen al acaso, como esa alusión a los "médicos de la selva", a quienes también se conoce como "brujos, hechiceros o paramédicos".
Salvo dos, que son "recién estrenados", los relatos están tomados de libros ya publicados por la infatigable María Elena. El conjunto constituye un excelente panorama de su estilo narrativo en el género, una escritura rica en elementos que parten de la realidad pero que se enriquecen con el espíritu lúdico que la autora maneja con tanta pericia. Así, la menor de una familia de muchísimos hijos, habitantes de un desolado lugar, encuentra un ovillo azul que resulta ser un manantial de agua clara que se hace río y transforma sus vidas. Las recompensas que los "buenos" reciben ya no son, como en los antiguos cuentos de la tradición europea que supimos heredar, posición social o tesoros materiales, sino las bendiciones que la vida da y que no sabemos a veces reconocer: el agua pura, la amistad, la alegría, la paz. Los "malos" no suelen ser tan malos: las pocas veces que aparecen son más bien antagonistas que carecen de la comprensión necesaria para ponerse al lado de los protagonistas, quienes, a su vez, no son para nada perfectos: ahí está Diluvio, feo y un poco lerdo, el desgarbado héroe de "La gran sandía".
Y están los animales: unos humanizados, como Manuelita; otros caricaturizados, como el yacaré que hace de lancha en "La selva", pero todos interactuando con el hombre para el bien del mundo común que los alberga. Y están los pantallazos de lo exótico -Japón, el Titicaca, el Amazonas- como una invitación a ver más allá de las fronteras, a apreciar la humanidad de ese "otro" diferente. Y están los objetos capaces de voluntad propia, como los triángulos y los rombos en "El país de la geometría", proponiendo dilemas a los humanos. Y en todo ello está el humor, vestido de parodia y de absurdo, sobrio y efectivo.
Los dibujos que acompañan esta edición, de Jorge Cuello, hacen honor a los textos. (c) LA GACETA
Salvo dos, que son "recién estrenados", los relatos están tomados de libros ya publicados por la infatigable María Elena. El conjunto constituye un excelente panorama de su estilo narrativo en el género, una escritura rica en elementos que parten de la realidad pero que se enriquecen con el espíritu lúdico que la autora maneja con tanta pericia. Así, la menor de una familia de muchísimos hijos, habitantes de un desolado lugar, encuentra un ovillo azul que resulta ser un manantial de agua clara que se hace río y transforma sus vidas. Las recompensas que los "buenos" reciben ya no son, como en los antiguos cuentos de la tradición europea que supimos heredar, posición social o tesoros materiales, sino las bendiciones que la vida da y que no sabemos a veces reconocer: el agua pura, la amistad, la alegría, la paz. Los "malos" no suelen ser tan malos: las pocas veces que aparecen son más bien antagonistas que carecen de la comprensión necesaria para ponerse al lado de los protagonistas, quienes, a su vez, no son para nada perfectos: ahí está Diluvio, feo y un poco lerdo, el desgarbado héroe de "La gran sandía".
Y están los animales: unos humanizados, como Manuelita; otros caricaturizados, como el yacaré que hace de lancha en "La selva", pero todos interactuando con el hombre para el bien del mundo común que los alberga. Y están los pantallazos de lo exótico -Japón, el Titicaca, el Amazonas- como una invitación a ver más allá de las fronteras, a apreciar la humanidad de ese "otro" diferente. Y están los objetos capaces de voluntad propia, como los triángulos y los rombos en "El país de la geometría", proponiendo dilemas a los humanos. Y en todo ello está el humor, vestido de parodia y de absurdo, sobrio y efectivo.
Los dibujos que acompañan esta edición, de Jorge Cuello, hacen honor a los textos. (c) LA GACETA







