Las incertidumbres de la ciénaga

Por Carmen Perilli, para LA GACETA - TUCUMAN

17 Octubre 2004
En 2002 escribí en LA GACETA Literaria que los argentinos nos enfrentábamos a un espejo astillado, donde se reflejaba una nación en crisis que se recompondría sólo con memoria y solidaridad. El nuevo pedido de Daniel Alberto Dessein me enfrenta a otro desafío: el balance de estos dos años. Los gajes del oficio literario me empujan a buscar otra metáfora interpretativa, para pensar la realidad. Curiosamente me la provee una película argentina del año 2000: La ciénaga, de Lucrecia Martel. Tengo la certidumbre de que, como nunca, pensar la nación implica hacerlo desde mi lugar de cultura, ya que sólo es fecunda una reflexión situada como la que pone en escena la cineasta salteña.
Se me ocurre que en este tiempo el cristal del espejo se ha disuelto bajo los golpes de la historia. Pero, en vez de convertirse en río, como la historia, se ha detenido en un espacio opaco y denso: una especie de ciénaga. Esa Ciénaga es, en la película de Martel, un pueblo perdido, como el Macondo de Gabriel García Márquez. Al igual que el barro del pantano, las acciones de los personajes parecen no fluir en ninguna dirección. El terreno cubierto de barro y pantanoso sólo permite la gestación de la vida en sus profundidades. El cieno, me recuerda el Diccionario, es una "mezcla de tierra y agua, a veces con restos orgánicos, que se forma en el terreno, depósito de esa clase en un cauce o depósito de agua". También un conjunto de materias sólidas sedimentadas en los depósitos o fosas adonde van a parar las aguas residuales. El barro puede ser el final o el comienzo de la vida: el lugar de los restos o la colonia de pequeños seres.
La pulverización del cristal que amenaza con la hecatombe de la nación se aquieta en una dinámica bizarra. Se logra conjurar la anarquía, parar el tobogán del desastre. La nación sale de un estado fantasmal tanto frente a los otros como frente a sí misma.
Argentina recupera su cuerpo imaginario al borde de la fractura y la disolución. Sin embargo, las tensiones que nos llevaron a ese punto permanecen intactas. Las heridas han sido restañadas superficialmente, cubiertas por una película homogénea, que las torna invisibles.
Nuestra existencia como ciudadanos sigue siendo problemática; nuestra pertenencia a la nación, desigual. En un mismo espacio conviven tiempos distintos y contradictorios. Esto lo sabemos mejor que nadie quienes somos fatalmente tucumanos. Tucumán, el "Jardín de la República", se tornó a lo largo de dos décadas en selva oscura, en depósito de residuos -la basura es una obsesión histórica que nos asedia desde el siniestro pasado siempre cercano de la dictadura de paredes encaladas y mendigos condenados en el desierto-. Como si el crecimiento se tradujera en detritus al mismo tiempo que en ásperos y confusos enfrentamientos.
Gran parte de los provincianos sólo fuimos espectadores del "porteñazo" de 2001. La televisión nos puso en escena la historia. Es positivo que se desmoronen feudos intocables como los de Santiago del Estero y San Luis. El gobierno de Kirchner tiene una posición saludable con relación a la recuperación de la memoria de la dictadura militar posibilitando cambios en ámbitos como la Justicia y la salud. Su instauración después del vertiginoso cambio de figuras hace llegar un cierto alivio, una especie de tregua, aunque no deja de ser el producto de una reformulación de lo viejo. Estamos lejos de las soluciones de fondo. Los instrumentos coyunturales, como los subsidios de desocupación, deben convertirse en inserción en el mundo productivo de modo urgente. Es necesario volver a estimular una cultura del trabajo y realizar grandes obras públicas. Es peligroso dejarse seducir por el efecto de alivio momentáneo producto de fórmulas populistas que han funcionado en la emergencia. Todo esto no hace otra cosa que fomentar el quietismo.
Casi todos los actores históricos están entrampados en el pantano; se han burocratizado y espectacularizado, tragados por la política tradicional y los medios de comunicación. Se mueven de modo casi inercial en función de una demanda puntual, a veces justificada por el hambre y la miseria. La esperanza se centra en el liderazgo presidencial como si no pudiéramos abandonar la idea del héroe providencial. Cada vez tengo más seguridad de que la salvación debe ser una construcción de todos, de los muchos. Uno de los grandes triunfos de la dictadura y del menemismo ha sido romper la solidaridad e instaurar la violencia como único modo de respuesta social y personal. También se extrañan espacios de debate y de crítica.
El mundo se encuentra ante la profundización de una globalización asimétrica, neoliberal, impuesta desde los centros de poder económico, cultural, y -crecientemente- militar, que no sólo promueve tendencias disgregadoras sino su opuesto: tendencias de re-articulación social, política, cultural. Ello respondería a la necesidad, por un lado, de la propia radicalización de nuestra incorporación asimétrica al mundo global, y por otro, a la necesidad opuesta de resistir a ella, puesto que ya son notorios los efectos devastadores del modelo neoliberal en toda la región. Se generan nuevas redes de intercambio que construyen -o se proponen construir- y que se suman a otras ya existentes y de fuerte impacto regional.
En esta ciénaga de la república es necesario leer ciertas emergencias. Por "feos, sucios y malos" -otro nombre de película- pareciéramos condenados a perder el tren de la historia, un tren que no tenemos porque desmantelan a cada rato. Sin embargo, como en el pantano de los comienzos, existen microorganismos que se agrupan hasta construir organismos pluricelulares. Se recupera poco a poco la capacidad de asociarse con el otro, muy por debajo, en lo cotidiano y pequeño -comedores, fábricas desocupadas, viviendas, ferrocarriles-. Quizá en ello reside el éxito de películas como Luna de Avellaneda, de Campanella; Historias mínimas y El perro, de Carlos Sorín. Debemos cejar en el intento de salvarnos colectivamente, no permitir que los abrazos se partan. Para hacerlo es fundamental recuperar los espacios de debate que se han aplacado o que han sido silenciados; evitar las lecturas maniqueas; restaurar el espacio social, ese camino hacia la plaza que parecemos haber extraviado.
Uno de los motivos recurrentes de la película de Lucrecia Martel son las cicatrices. En el filme, aprovechando la excusa de las vacaciones, no aparecen representados el trabajo, ni el estudio. Los ajíes que produce la familia de Mecha están ausentes como la Virgen del Perpetuo Socorro que se aparece en el tanque de agua de unos vecinos o la rata africana que asusta a los más chicos; sin embargo, su peso dramático es central. En la supuesta inmovilidad del relato lo no mostrado adquiere un peso decisivo. Las cicatrices exteriores no son las únicas: hay otras más hondas y cuyas marcas no desaparecerán con el tiempo, ni con la cirugía. Debemos trabajar sobre esas cicatrices, apostar al tiempo largo de la historia, para restaurar el tejido vital y recuperar el ritmo del agua, que es el de la vida. (c) LA GACETA

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