La cinéfila ensayística más rigurosa y exacerbada

Por Gustavo Bernstein

17 Octubre 2004
Puestos a trazar una historia de las revistas prestigiosas, habría que concederle a Francia un lugar de privilegio. Puede decirse incluso que hay en ese país toda una gama de articulistas que han gestado en ese género su obra literaria y -salvo que sean redimidos por oportunas compilaciones bibliográficas- los lectores estaríamos condenados a rastrear su prosa a la luz de las hemerotecas. De ahí que se salude esta publicación parcial de la obra de Serge Daney, uno de los más encumbrados críticos cinematográficos surgidos del país galo y ex director, además, de un medio emblemático del ramo: los Cahiers du cinéma, aquella mítica revista de tapa amarilla fundada por André Bazin en 1951, que albergó a los "jóvenes turcos" que pasarían de críticos a cineastas y devendrían, en los 60, pilares de la Nouvelle Vague: François Truffaut, Jean-Luc-Godard, Jacques Rivette, Eric Rohmer, Claude Chabrol. Bazin, lúcido precursor de todos ellos, solitario y tartamudo, moriría en 1958 de leucemia y el florecimiento de sus acólitos le sería vedado, del mismo modo que a Moisés (también tartamudo) le sería franqueado el acceso a aquella tierra prometida a la cual había guiado a su prole.
De ese seno cinemaníaco mamó Daney, quien en 1964, a la edad de 20, ingresó a ocupar su lugar en la producción crítica de la revista y llegó a convertirse, diez años más tarde, en su alma mater y jefe de redacción. También, acaso en una figura tan emblemática del contexto cinéfilo francés de los 70, como lo había sido el Bazin del 50. Testimonio de ese período es su primer libro, La Rampe (1983), que recoge el itinerario crítico que va de 1970 a 1981, del cual David Oubiña opina, mediante ingenioso y atinado enroque, que "permite advertir un crítico cuyo discurso es producto de los Cahiers a un crítico que produce el discurso de los Cahiers". Daney publicaría luego 11 libros más, de los cuales, hasta esta publicación, sólo uno se conocía en nuestro país: Perseverancia, publicado en 1998 por Ediciones El Amante. De ahí, en principio, lo auspicioso del libro que nos ocupa, Cine, arte del presente, compilación simbiótica entre el citado libro primero y su subsiguiente, Cine Journal (1986), que cuenta además con un preliminar a cargo del propio Oubiña, quien ya había abordado la obra del crítico galo en su ensayo "Serge Daney: el cine continuo" (Punto de vista Nº 72); preliminar enjundioso y ventajoso, dicho sea de paso, pues ofrece una muy eficaz hoja de ruta a la hora de emprender la lectura: propone un repaso de las filiaciones y oscilaciones deontológicas del autor y repone el periplo vital que permite vincularlas a acontecimientos de la biografía personal o profesional. Incluso constituye una oportuna herramienta para comprender el giro que irrumpe al final del volumen: un par de artículos, ajenos al binomio de libros escogidos, con los cuales los antólogos y traductores Emilio Bernini y Domin Choi, a manera de bonus track, brindan un reflejo de las especulaciones últimas de Daney. Estos son: "Antes y después de la imagen", revisión del autor de las crónicas de la guerra del Golfo; y "Trafic en el Jeu de Paume", análisis sobre el devenir de las imágenes cinematográficas en la era audiovisual.
Es decir, el grueso el libro exhibe la cinefilia ensayística más rigurosa y exacerbada de Daney, su primer período crítico, donde interpela y desmonta, haciendo gala de un nervio óptico ágil e incisivo y de una prosa desenfadada que rechaza cualquier vicio academicista, la producción fílmica de las "vacas sagradas" de la historia del cine: Welles, los Straub, Rossellini, Lang, Godard, Tati, For, Bresson, Ozu, Syberberg, Kurosawa, Tarkovski, Hitchkock, Buñuel, Bergman, Rivette y tanto otros, a partir de un discurso que abreva en lo más exquisito de la teoría francesa acerca del estatuto de la imagen: desde Bergson, Althusser y Lacan a Barthes, Faucault y Deleuze.
Luego, la dupla del corolario despliega sus obsesiones postreras: la puesta en trance de los tópicos y presupuestos del cine por parte de la galaxia audiovisual de comienzos de los 80 y los mecanismos visuales que el poder manipula para universalizar y naturalizar una determinada percepción de la realidad. Una elección decididamente afortunada, por cuanto permite al lector percibir la confrontación y la evolución de un discurso entrenado en el debate teórico de los 70, signado por el postestructuralismo, el marxismo, la semiótica, el psicoanálisis, etcétera, frente al avance del video, las imágenes mediáticas y la publicidad. De hecho, cuando ese primer Daney -a quien Oubiña retrata atinadamente como "no sólo el gran cartógrafo del cine sino su más apasionado sismógrafo: aquel que puede captar los acontecimientos en el momento en que ocurren y darles notación sobre el papel"- decidió dejar los Cahiers para hacerse cargo de la sección de medios audiovisuales del diario Libération, se propuso precisamente emplear su bagaje cinéfilo para reflexionar sobre la imagen a partir de los fenómenos de las nuevas tecnologías. Es la época en que proliferan los textos sobre el tratamiento de las noticias en TV y sus efectos sobre el espectador. Sin embargo, en 1991 Daney abandonó Libération bastante desesperanzado para fundar la revista Trafic, procurando, como acto de resistencia frente a las nuevas tecnologías audiviosuales, reubicar el cine en su perspectiva histórica. Su ciclo vital no lo dejó: sólo pudo participar en los primeros dos números, por lo que el citado "Trafic en el Jeu de Paume", último artículo de esta compilación que transcribe la conferencia de 1992 que ofició como presentación de ese segundo número de la revista, constituye también un documento de su última aparición pública. (c) LA GACETA

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