Libro que permite tocar a un hombre y a su vida

Por Rodolfo Alonso

17 Octubre 2004
Por una vez, la factura editorial, el objeto libro, a tono ya desde la tapa por la feliz elección de un discreto y luminoso Pettoruti, trasunta una dignidad que lo pone a la altura de su contenido. Porque, ahora sí, el que sostiene en sus manos este volumen toca a un hombre, la vida de un hombre.
Con la misma sobriedad congénita que lo mantiene sabiamente apartado, al margen de relumbrones y estridencias, Alejandro Nicotra ha reunido en este bello libro su obra poética entre 1967 y 2000. Su exigencia honda, de raíz, otro testimonio de su clara integridad, le ha hecho dejar de lado todos sus libros anteriores a Puertas apagadas (1976), y es a partir de ese título que constituye sin duda un hito en su camino, que nos ofrece en versión definitiva, depurada, sus poemas de ese largo período.
Si por un lado esta escritura tiende cada vez a una mayor concentración, a dejar de lado todo lo que pudiera correr el riesgo de resultar excesivo, tanto en lo descriptivo como en lo retórico, se libera a su vez del otro peligro inherente de la esquematización, del enrarecimiento. Cuando aquí se consigue una precisión, un engarce expresivo, no es a costa de lo latente o tembloroso, de lo vivo y tocante, no nos quedamos en el concepto apenas, en la mera enunciación. Muy por el contrario, intuyo, esa misma concentración es para esta poesía una forma de tornarse irradiante, de iluminar desde lo hondo los contactos del lenguaje con la llamada realidad ("tu memoria, hecha mundo"), que relumbra encarnada en momentos perfectos: "Día, / verdad de las retamas.". Y con la belleza, sí, tan fugazmente sólida, tan plenamente ineludible y huidiza.
Como suele ocurrir con los mejores, la adhesión a una poética, la relación (y aun, por qué no, la admiración) por otro poeta nunca conduce a la simple emulación, sino a la digestión, a la elaboración que convierte en alimento a lo que entonces sí podemos considerar cultura. No una sino dos veces, bien explícita una (al comienzo, en un poema justamente titulado Con él), y la otra hacia el final, con enorme discreción, rozado apenas sin nombrarlo al aludir -en un subtítulo- a la Collioure donde vino a enterrarse en tierra ajena, se toma aquí partido "por la roja flor y de ceniza / de don Antonio Machado". Y, sin embargo, aun aceptándolo, ¿cómo dejar de intuir que lo que implica también el aparentemente desdeñado Góngora vuelve sin embargo en vivísimas riquezas de lenguaje? Como, por ejemplo: "para las ruedas con que muerde el hierro / la rosa rápida". O, también: "Explosión / expoliada / por dedos extinguidos".
Otra conmovedora verdad que vuelven a poner de manifiesto estas tocantes páginas no es sino "la miel de todos", aquel milagro misterioso (después de todo acaso orgánico, constitucional en el lenguaje humano) de que la palabra más aislada y ambiciosa, en el mejor sentido -el pájaro que tiende a lo más alto del indeleble San Juan de la Cruz- puede escapar al mismo tiempo con limpieza de la encerrona narcisista. Como lo pone magnífica, cabalmente de manifiesto ese bello, reiterado título: Lugar de reunión, adjudicado antes a un solo volumen y ahora a una vida toda de limpia, ejemplar devoción y entrega a la mejor poesía. Porque esta voz -honrada- de uno implica a todos, y no necesita para hacerlo por supuesto ni grandilocuencia ni oratoria, ni sentimentalismo ni proselitismo. Le basta la desnuda esencialidad de la palabra justa, verdadera, humanísima, que ha pagado su precio y que en la soledad más encendida, en el recogimiento más aislado, nunca deja de llamar a reunión, por su nobleza implícita, como aquel fuego esencial de los orígenes alrededor del cual se congregaron los primeros hombres, los hombres primitivos, originales. Y donde la palabra y la llama irradiaban a la vez, al unísono, sin necesidad de hacerlo explícito, contagiando de manera instintiva, incluso sanamente animal, como la poesía lo iba a intentar seguir haciendo, incesante, una y otra vez, porque está en nuestra misma condición, desde entonces hasta hoy. Y el mañana, sí, por incierto y oscuro que aparente (y hasta, incluso, precisamente por eso).
Lo que no deja de recordarme aquellas otras palabras esenciales, de un gran poeta italiano que nunca se ocupó en promocionarse, Leonardo Sinisgalli, que alumbraron mi adolescencia, que me iban a acompañar toda la vida y que ahora depongo, citando de memoria, como modesta pero sincera ofrenda ante esta otra vida ejemplar, ante esta ejemplar poesía de Alejandro Nicotra: "Tengo setenta años y sólo algunos papeles borroneados en el bolsillo. Pero esa riqueza puede crecer en el corazón de los otros".
(El autor obtuvo con esta obra, el año pasado, por unanimidad, el Premio Consagración "Letras de Córdoba", que se otorgaba por primera vez). (c) LA GACETA

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