Demócratas y republicanos, "unidos por el espanto"

Para LA GACETA - TUCUMAN

10 Octubre 2004
La proximidad de las elecciones en los Estados Unidos abre una serie de interrogantes y expectativas para el mundo entero. Sobre todo en materia de política exterior, la posibilidad de que sean los demócratas quienes alcancen el triunfo, genera un cúmulo de ilusiones, específicamente aquellas vinculadas al retiro de sus fuerzas en Irak. Sin embargo, es muy probable que el ascenso de Kerry a la Casa Blanca no represente más que eso: una ilusión. En otras palabras, si se produjera un cambio de gobierno, este no modificaría sustancialmente la situación, pues el terrorismo y sus derivaciones -entre ellas la cuestión iraquí- se han convertido en un problema de Estado cuya resolución excede la posición de un partido o el punto de vista de un candidato.
Nadie duda de que la posguerra en Irak es un problema para los EE.UU.; problema que -como una Hidra (1)- posee numerosas cabezas, cada una de las cuales dificulta el hallazgo de soluciones satisfactorias y adecuadas a los objetivos trazados por Washington. En realidad, la situación es sumamente compleja y los efectos de la contienda han demostrado, en principio, dos cosas: la primera es que la maquinaria bélica norteamericana puede ser importante pero no suficiente. En efecto, y como puede observarse cotidianamente, el despliegue de todo el potencial tecnológico-militar estadounidense no ha bastado para asegurar la victoria. En segundo término, esta durísima posguerra pone de manifiesto que las fuerzas a las que se enfrentan los EE.UU. pueden ser más débiles, pero están políticamente resueltas a perseverar en la violencia y a recurrir a lo que sea para lograr sus metas: secuestros, terrorismo, extorsiones, matanzas. Ante este panorama, la actitud lógica de un nuevo gobierno sería retirarse cuanto antes de la región.
Ahora bien, la cuestión iraquí, tal como ha sido planteada y ejecutada por la administración Bush, representa una acción política y militar destinada a garantizar la seguridad del pueblo norteamericano y a desarticular las fuerzas del terrorismo internacional. Por lo tanto -y para muchos estadounidenses-, el triunfo de la operación es tan necesario como relevante pues implica el uso de un instrumento eficaz para restaurar la tranquilidad de la nación y, a su vez, para contribuir a la estabilización planetaria (2). Esta percepción de la situación limita las posibilidades de maniobra para una nueva administración -establecida en el poder gracias al apoyo y a la confianza de los votantes- que no podría ordenar un retiro masivo del escenario iraquí. Las razones de este impedimento radican en que dicho repliegue podría ser percibido por muchos sectores como una derrota conclusiva y una claudicación definitiva que, no sólo echaría por tierra los esfuerzos, las muertes y los costos que se han sumado hasta hoy, sino que dejaría a la nación en una indefensión absoluta, tanto o más peligrosa que la que existía antes del 11-S.
Cada Estado-Nación posee ciertos rasgos peculiares que armonizan su convivencia y establecen parámetros a través de los cuales interpretan la realidad, se ubican en ella y operan para satisfacer lo que entienden como intereses y necesidades permanentes (3). Esos rasgos son los que orientan sus polémicas y debates internos, pero también los que determinan sus relaciones con el mundo exterior. La dirigencia política norteamericana podrá disentir en cuanto a las formas, los métodos e incluso los objetivos, pero estas diferencias no superarán las percepciones, expectativas e intereses que son considerados comunes y superiores al pensamiento y los deseos de los partidos políticos y de los diversos sectores socio-económicos.
Desde hace décadas, los EE.UU. han orientado su política exterior en la línea del Realismo y del Pragmatismo de Estado; una política fundada en el poder, en el interés nacional y que -más allá del disenso- busca garantizar la permanencia de un cúmulo de valores, principios y modos de vida, entendidos como verdaderos. El american way of life o el spirit of America, se originan en las ideas de los Padres Fundadores y, tanto republicanos como demócratas, creen profundamente en ellos. Esto no significa que no exista una capacidad de autocrítica o que no haya quienes puedan objetar y disentir con el rumbo y los medios de la política exterior. Sin embargo, este disenso se encuadrará dentro de lo que caracteriza al ser y al interés nacional norteamericano. Sobre todo si quienes conducen los destinos de la gran potencia creen que lo que está en juego es la vida, la seguridad y el bienestar de los ciudadanos. De acuerdo con estos parámetros, abandonar Irak podría significar asumir un riesgo superlativo que el candidato demócrata no está dispuesto a correr. Tal vez ello explique sus débiles y ambiguas declaraciones con respecto a este tema; declaraciones que apuntan más bien a criticar el modo en que la administración Bush ha manejado el conflicto, y no a expresar -con claridad y certeza- que si él llegara a la presidencia abandonaría la región. En otras palabras, y más allá de la equivocación que haya significado la implementación de la operación "Liberación iraquí", Kerry no querría tener que hacerse cargo de una capitulación motivada por los errores de su predecesor. Ya conoce la experiencia de Vietnam y probablemente no quiera repetirlo. No obstante, si tuviera la determinación y la fortaleza de dar un paso atrás habría que admitir que su gobierno representa un punto de inflexión y un ejemplo inédito de que, aun las grandes potencias, pueden rectificar sus errores, modificar sus decisiones y materializar cambios tan radicales como necesarios. Sin embargo, esto es poco factible.
Finalmente, los norteamericanos están -en general- profundamente convencidos de que los valores y principios que rigen su vida social son, no sólo correctos y adecuados, sino universales. Creen fervientemente que la democracia, la libertad y la igualdad ante la ley son indispensables para regir la vida de todos los miembros del sistema planetario; una certeza que los impulsa a tratar de imponérselos al resto del mundo. Desde esta perspectiva, abandonar Irak implicaría renunciar a sus convicciones, traicionar los principios de su tradición política y herir severamente el orgullo nacional. Si han de hacerlo, será forzados por las circunstancias y cuando ya no encuentren otra vía para salir de la encrucijada en la que se encuentran atrapados. Ningún presidente desea ser el que afronte este dilema. Ni siquiera John Kerry. Por lo tanto y a lo sumo, el nuevo presidente modificaría ciertas pautas, ciertos criterios y ciertas políticas operacionales, intentando morigerar los efectos nocivos de la campaña para negociar nuevas formas de intervención.
En cuanto al diseño de la política exterior con el resto del mundo, es probable que los demócratas flexibilicen sus vínculos con Latinoamérica, mostrándose mejor predispuestos con Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela. Seguramente intentarán disminuir las exigencias planteadas por las deudas y -siendo optimistas- también procurarán revisar la cuestión con Cuba. En cuanto a la situación del Medio Oriente, tal vez cambien la orientación de su política, tratando de inducir a Israel a cumplir con los acuerdos, a hacer otra hoja de ruta y a persuadir a Sharon de buscar mejores formas de entendimiento con Palestina. Con China buscarían incrementar el intercambio comercial y afirmar una línea de relaciones más maduras. Con la Rusia de Putin no habría mayores inconvenientes, pues ambos Estados han mostrado buenas intenciones para armonizar los vínculos y consolidar intereses comunes. Finalmente, se interesarán por los problemas ambientales, los derechos humanos, el multiculturalismo y las acciones humanitarias.
Pero la ilusión que tienen muchos países y ciudadanos del mundo de que John Kerry desarticulará el monstruo, son infundadas: demócratas y republicanos seguirán unidos por el espanto hasta que la fuerza de las cosas lo decida, esto es: hasta que obtengan el triunfo que buscan o hasta que las cabezas y los tentáculos de la Hidra amenacen devorar a sus propios Creadores. (c) La Gaceta

NOTAS:
1) Monstruo mitológico. Serpiente marina de piel escamosa, dotada de siete o nueve cabezas que, al ser seccionadas, se multiplicaban asfixiando y devorando a su víctima.
2) Expresión empleada por Stanley Hoffmann para referirse, durante la Guerra Fría, a la necesidad política de establecer un equilibrio sistémico relativo entre las grandes potencias. CF: Hoffmann, Stanley. Jano y Minerva, GEL, Buenos Aires, 1991, pp. 154-162.
3) Términos políticos fundamentales para los seguidores de la corriente Realista, en los estudios de las Relaciones Internacionales: Hans Morgenthau, Kenneth Waltz, Zbigniev Brzezinsky, etcétera.

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