10 Octubre 2004 Seguir en 

El autor es licenciado en Filosofía. Narra en el Prólogo que siendo estudiante, y viajando un día en colectivo con un compañero, dialogaban sobre el texto de Heidegger que minutos después habrían de analizar en clase. Siempre estamos estudiando a pensadores como Hegel o Heidegger, dice Feinmann, y su amigo responde: por supuesto.¿Alguien hizo filosofía en nuestro país?, pregunta Feinmann. No recuerda la respuesta, pero el resultado de su pregunta es este libro, forjado en la situación de fines de los años 60, esto es, la disyuntiva "liberación o dependencia", el "Che" Guevara, el impacto de García Márquez, el "Cordobazo"...
Tiempos en que creían oír el latido visceral de Latinoamérica y tenían la vivencia de que el centro de la escena estaba en el destino de ese desgarrado corazón y en nuestra patria.El libro aparece en 1982 y hay una segunda edición de 1996, la que ahora se reimprime.El volumen se abre con Mariano Moreno y el célebre (y durante mucho tiempo secreto) Plan de Operaciones que Moreno presentó a la Junta el 30 de agosto de 1810. Quería, partiendo de la filosofía, construir una nación con el instrumento de la razón iluminista.
En los dos estudios siguientes los protagonistas son Juan Manuel de Rosas y Juan Bautista Alberdi. Feinmann ve en Rosas a un empirista y en Alberdi a un idealista que va luego girando hacia el materialismo. Alberdi ofrece a Rosas otro Plan, pero desde su posición plenamente europeísta y esto lo enfrentó definitivamente con don Juan Manuel.
Viene luego el "pensamiento del imperio", expresión que designa al Reino Unido; los adalides filosóficos de la filosofía imperial son, para Feinmann, Adam Smith y David Hume, cultores de la moral del sentimiento.Hay sendos análisis de Facundo y de Martín Fierro. La obra de Sarmiento, dice, remite a la antinomia racionalidad-irracionalidad. El gaucho y la campaña son naturaleza inmediata; la ciudad no es natural sino humana, y requiere la mediatez. Sarmiento, gran escritor, alberga una contradicción: es el teórico del coloniaje y también expresa una raíz nacional.
La lucidez de Hernández, por su parte, radica en advertir que el gaucho no muere porque no es un hombre improductivo y ajeno a una época de progreso, sino la condición que hace posible esa misma época. Y Don Segundo Sombra será, como la Fenomenología del Espíritu de Hegel, la narración de un aprendizaje. Güiraldes realiza la síntesis del gaucho improductivo con el productivo.
Feinmann, pues, milita contra el eurocentrismo de Buenos Aires; va en busca de la filosofía argentina del siglo XIX y la encuentra en pensadores y también en creaciones literarias. Se embarca en la interpretación -y a veces intenta una suerte de diálogo entre interpretaciones-, tarea que acomete con prosa ágil.
Claro que para exponer sus ideas acude a categorías filosóficas forjadas en su momento por pensadores europeos, los mismos que su amigo del colectivo daba por supuesto. (c) LA GACETA
Tiempos en que creían oír el latido visceral de Latinoamérica y tenían la vivencia de que el centro de la escena estaba en el destino de ese desgarrado corazón y en nuestra patria.El libro aparece en 1982 y hay una segunda edición de 1996, la que ahora se reimprime.El volumen se abre con Mariano Moreno y el célebre (y durante mucho tiempo secreto) Plan de Operaciones que Moreno presentó a la Junta el 30 de agosto de 1810. Quería, partiendo de la filosofía, construir una nación con el instrumento de la razón iluminista.
En los dos estudios siguientes los protagonistas son Juan Manuel de Rosas y Juan Bautista Alberdi. Feinmann ve en Rosas a un empirista y en Alberdi a un idealista que va luego girando hacia el materialismo. Alberdi ofrece a Rosas otro Plan, pero desde su posición plenamente europeísta y esto lo enfrentó definitivamente con don Juan Manuel.
Viene luego el "pensamiento del imperio", expresión que designa al Reino Unido; los adalides filosóficos de la filosofía imperial son, para Feinmann, Adam Smith y David Hume, cultores de la moral del sentimiento.Hay sendos análisis de Facundo y de Martín Fierro. La obra de Sarmiento, dice, remite a la antinomia racionalidad-irracionalidad. El gaucho y la campaña son naturaleza inmediata; la ciudad no es natural sino humana, y requiere la mediatez. Sarmiento, gran escritor, alberga una contradicción: es el teórico del coloniaje y también expresa una raíz nacional.
La lucidez de Hernández, por su parte, radica en advertir que el gaucho no muere porque no es un hombre improductivo y ajeno a una época de progreso, sino la condición que hace posible esa misma época. Y Don Segundo Sombra será, como la Fenomenología del Espíritu de Hegel, la narración de un aprendizaje. Güiraldes realiza la síntesis del gaucho improductivo con el productivo.
Feinmann, pues, milita contra el eurocentrismo de Buenos Aires; va en busca de la filosofía argentina del siglo XIX y la encuentra en pensadores y también en creaciones literarias. Se embarca en la interpretación -y a veces intenta una suerte de diálogo entre interpretaciones-, tarea que acomete con prosa ágil.
Claro que para exponer sus ideas acude a categorías filosóficas forjadas en su momento por pensadores europeos, los mismos que su amigo del colectivo daba por supuesto. (c) LA GACETA







