Nuestros rasgos autodestructivos

Por Angel Anaya

10 Octubre 2004
El investigador del dilema más complejo y decepcionante que enfrenta el país no ha encontrado mejor cuadro para introducirnos en su pensamiento que el picassiano "Guernica"; ejemplo singularmente acertado pero que, al menos, nos puede permitir imaginar un futuro que, como el español, haya dejado atrás el pasado más agobiante. Imaginemos un camino largo y muy laborioso, como el que Rouvier trata de recorrer, por momentos con pasión y parecido empeño al de Mallea, aunque, por cierto, más difícil que la aventura del intelectual bahiense, pues así es la Argentina del presente. No es una disección piadosa, sino un orden de reflexiones que no deja de acumular razones para fundar las causas de una decadencia que toma como punto de partida la década de los 70, seguramente por necesidades prácticas de la investigación. Ello no es óbice para que el autor retroceda en el tiempo a las genuinas raíces históricas y trate de establecer diferencias, por ejemplo, entre nuestra colonización y la norteamericana. Y es que cada vez que se investigan las circunstancias de nuestro presente con afán de esclarecerlas, se termina fatalmente en el fondo de la historia.
La propuesta de Rouvier -un investigador que nos toma frecuentemente el pulso mediante sus encuestas- trata, nada menos, de reconstituir con urgencia el vínculo entre la sociedad y la política, los ciudadanos y el gobierno, y también con el Estado. Ya no habría tiempo para empujar el problema hacia adelante, como proponía el príncipe de Lampedusa. Un aspecto destacado de la crisis argentina y que se agravó con su evolución, se dice así, es el predominio de lo urgente sobre lo importante y necesario. Se trata de una constante que ciega la visión global y estratégica de la clase dirigente, o de los sectores que ejercen el poder. De este modo el dirigente se ve envuelto por último en la dinámica del derrape que impone la propia crisis, sin poder salir de ella. "Toda nuestra historia está cargada de falta de prudencia y cuando algún dirigente la ha tenido, ha sido para emprender el camino del exilio y evitar males mayores", señala Rouvier apelando al ejemplo sanmartiniano.
Castigat ridendo mores parece la consigna que el severo analista e investigador asume para recoger entre nuestras conductas un conjunto de actitudes donde, con sentido del humor, se manifiestan rasgos autodestructivos: somos liberales pero contradecimos esos principios; somos nacionalistas mas no aceptamos una cultura propia; somos estatistas para abusarnos de un Estado ciego y sin proyectos; somos socialistas pero no logramos construir una propuesta en la que no predominen el individualismo y el personalismo; somos rentistas pero ponderamos la cultura de la producción y el trabajo. Es decir -remata Rouvier- somos lo que no somos. Por momentos agobiantes por la carga de culpas, la investigación y el análisis, respaldados por numerosas encuestas muy puntuales, representan un trabajo del que algunas de sus conclusiones pueden no ser compartidas, pero que no debe ignorarse al momento de indagar en nuestra crisis. (c) LA GACETA

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