10 Octubre 2004 Seguir en 

El "cautivo" en cuestión es Ejercicio Plástico, un mural de 123 metros cuadrados pintado entre julio y noviembre de 1933 por David Alfaro Siqueiros (asistido por los entonces jóvenes plásticos argentinos Berni, Spilimbergo y Castagnino) en el sótano de "Los Granados", residencia que el dueño de Crítica, Natalio Botana, poseía en Don Torcuato. Aunque el texto de Abós no intenta un relevamiento plástico, la obra le sirve de pretexto para tejer una trama de codicias, traiciones y vanidades basado en las duplas conyugales de Siqueiros, el "Tábano" y sendas respectivas esposas: Blanca Luz Brum, izquierdista militante, discípula de José Mariátegui y Salvadora Medina Onrubia, anarquista militante con aspiraciones artísticas. A ese cuarteto protagónico se suma un "drama en gente" urdido por nombres egregios: García Lorca, Pablo Neruda, Waldo Frank, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Victoria Ocampo, Oliverio Girondo, Ortega y Gasset y hasta la presencia espectral del citado "Amauta".
Hijo de un jerarca del dictador Porfirio Díaz, Siqueiros había nacido en Chihuahua el 29 de diciembre de 1896. Tenía 37 años cuando en 1933 recaló en puerto porteño proveniente de una temporada en la prisión mexicana y de una "sugerida" estadía posterior en California, donde su fresco Un mitin obrero despertó tan efusivos enconos que años después fue lapidado. Venía invitado por la "gestora cultural" Bebé Elizalde y su agrupación "Amigos del Arte" a dictar tres conferencias y exponer en la galería Van Riel, por cuyo auditorio habían pasado ya varios ilustres internacionales con los que aquella Buenos Aires del 30 solía coquetear con veleidades de diva: Einstein, Krishnamurti, Stravinski, Ortega y Gasset, Le Corbusier o Drieu La Rochelle, entre otros. No obstante, el pintor abjuró de todo viso glamoroso: haciendo honor a sus pergaminos de agitador profesional, transformó sus conferencias en virulentas arengas políticas, al punto que Elizalde suspendió la tercera, clausuró la muestra y retuvo los cuadros. El muralista denunció la censura de los "enemigos del arte" y estalló el revuelo mediático conocido como "el caso Siqueiros".
La mansión de don Botana en Don Torcuato ofreció al mexicano un espacio de sosiego donde apartarse de la reyerta y despuntar el vicio muralista. Ahí se plantea el mentado enigma: ¿por qué el editor le encargó un mural en el subsuelo de una casa en las afueras y no en una portentosa pared del diario Crítica, su palacio personal en el corazón porteño? Abós desanda las conjeturas; desde la más burda, que explica el hecho como una suerte de pacto erótico surgido del amorío triangular entre el editor, el pintor y su mujer, a la más plástica: que la obra se inspiró en las deformaciones y ondulaciones que el muralista vislumbró al acercar su mano a la superficie del agua de un aljibe de la quinta, lo que determinó el planteo de concavidades y convexidades.Lo cierto es que, sea aludiendo a una mujer desnuda o a una composición curvilínea abstracta, el fresco no abrevó en el decidido alegato político de su obra anterior. Siqueiros lo justificó un tanto cándidamente: "No es una obra de utilidad directa para el proletariado revolucionario en su lucha contra el régimen capitalista", aunque fuera realizada por "pintores individual y corporativamente dueños de una convicción revolucionaria".
Abós relata que Siqueiros zarpó de Buenos Aires a causa de otra polémica: enseñó a los militantes del PC el uso del aerógrafo (técnica con la que había revolucionado el arte del mural) y un día la ciudad amaneció estampada en letreros rojos: "Justo dictador", "Viva la huelga", "Buenos Aires es roja". Al mexicano se le canceló el permiso de residencia y se le dieron 10 días para abandonar el país. Seis meses le habían bastado para urdir una módica leyenda.La casa perteneció a los Botana hasta los 50, años en los cuales ya nadie reparó en el mural. Según Abós, uno de los propietarios posteriores habría sido la familia Alsogaray, que blanqueó con cal las paredes del sótano. En 1962 la compró el escribano Miguel Vadell y llamó a Castagnino para que estudie la posible restauración, pero el proyecto quedó en el olvido y en el abandono; los terrenos se lotearon y el célebre sótano llegó a ser alberque de linyeras que encendían fogatas bajo la pintura para pasar el invierno.
En los 90 la casa fue adquirida por el empresario Héctor Mendizábal (sindicado como testaferro de otros inversionistas y funcionarios de la década), quien vislumbró el negocio de desmontar el mural y convertirlo en una pieza itinerante de paneles móviles. Tras seis meses de labor, los fragmentos fueron envueltos y depositados en un galpón de San Justo, pero, debido a demandas legales, un juez de Morón decretó la medida de no innovar y desde entonces los trozos de mural no pueden moverse sin orden judicial. En 2002 el Congreso aprobó una ley declarando la pintura "bien histórico nacional" que el entonces presidente Duhalde vetó. La maraña de argumentos legales y maniobras parlamentarias mantienen hasta hoy al mural en pedazos, guardado en containers. (c) LA GACETA
Hijo de un jerarca del dictador Porfirio Díaz, Siqueiros había nacido en Chihuahua el 29 de diciembre de 1896. Tenía 37 años cuando en 1933 recaló en puerto porteño proveniente de una temporada en la prisión mexicana y de una "sugerida" estadía posterior en California, donde su fresco Un mitin obrero despertó tan efusivos enconos que años después fue lapidado. Venía invitado por la "gestora cultural" Bebé Elizalde y su agrupación "Amigos del Arte" a dictar tres conferencias y exponer en la galería Van Riel, por cuyo auditorio habían pasado ya varios ilustres internacionales con los que aquella Buenos Aires del 30 solía coquetear con veleidades de diva: Einstein, Krishnamurti, Stravinski, Ortega y Gasset, Le Corbusier o Drieu La Rochelle, entre otros. No obstante, el pintor abjuró de todo viso glamoroso: haciendo honor a sus pergaminos de agitador profesional, transformó sus conferencias en virulentas arengas políticas, al punto que Elizalde suspendió la tercera, clausuró la muestra y retuvo los cuadros. El muralista denunció la censura de los "enemigos del arte" y estalló el revuelo mediático conocido como "el caso Siqueiros".
La mansión de don Botana en Don Torcuato ofreció al mexicano un espacio de sosiego donde apartarse de la reyerta y despuntar el vicio muralista. Ahí se plantea el mentado enigma: ¿por qué el editor le encargó un mural en el subsuelo de una casa en las afueras y no en una portentosa pared del diario Crítica, su palacio personal en el corazón porteño? Abós desanda las conjeturas; desde la más burda, que explica el hecho como una suerte de pacto erótico surgido del amorío triangular entre el editor, el pintor y su mujer, a la más plástica: que la obra se inspiró en las deformaciones y ondulaciones que el muralista vislumbró al acercar su mano a la superficie del agua de un aljibe de la quinta, lo que determinó el planteo de concavidades y convexidades.Lo cierto es que, sea aludiendo a una mujer desnuda o a una composición curvilínea abstracta, el fresco no abrevó en el decidido alegato político de su obra anterior. Siqueiros lo justificó un tanto cándidamente: "No es una obra de utilidad directa para el proletariado revolucionario en su lucha contra el régimen capitalista", aunque fuera realizada por "pintores individual y corporativamente dueños de una convicción revolucionaria".
Abós relata que Siqueiros zarpó de Buenos Aires a causa de otra polémica: enseñó a los militantes del PC el uso del aerógrafo (técnica con la que había revolucionado el arte del mural) y un día la ciudad amaneció estampada en letreros rojos: "Justo dictador", "Viva la huelga", "Buenos Aires es roja". Al mexicano se le canceló el permiso de residencia y se le dieron 10 días para abandonar el país. Seis meses le habían bastado para urdir una módica leyenda.La casa perteneció a los Botana hasta los 50, años en los cuales ya nadie reparó en el mural. Según Abós, uno de los propietarios posteriores habría sido la familia Alsogaray, que blanqueó con cal las paredes del sótano. En 1962 la compró el escribano Miguel Vadell y llamó a Castagnino para que estudie la posible restauración, pero el proyecto quedó en el olvido y en el abandono; los terrenos se lotearon y el célebre sótano llegó a ser alberque de linyeras que encendían fogatas bajo la pintura para pasar el invierno.
En los 90 la casa fue adquirida por el empresario Héctor Mendizábal (sindicado como testaferro de otros inversionistas y funcionarios de la década), quien vislumbró el negocio de desmontar el mural y convertirlo en una pieza itinerante de paneles móviles. Tras seis meses de labor, los fragmentos fueron envueltos y depositados en un galpón de San Justo, pero, debido a demandas legales, un juez de Morón decretó la medida de no innovar y desde entonces los trozos de mural no pueden moverse sin orden judicial. En 2002 el Congreso aprobó una ley declarando la pintura "bien histórico nacional" que el entonces presidente Duhalde vetó. La maraña de argumentos legales y maniobras parlamentarias mantienen hasta hoy al mural en pedazos, guardado en containers. (c) LA GACETA







